sábado, 3 de septiembre de 2011

La Santa Iglesia Católica, Sociedad Sobrenatural


La faz visible y humana de la Santa Iglesia Católica presenta un aspecto pobre, degradado y triste. Pobre por la enorme cantidad de católicos que la abandonan para cambiar de religión (sólo en América Latina son 10.000 por día); degradada en la moral de sus ministros, (baste considerar los casos públicos de perversiones que no han sido pocos sinó cientos y cientos); y por último triste como consecuencia de lo anterior aunque oficialmente quieran dar una imagen exitosa porque el mundo opuesto a Dios los aplaude o los que lo gobiernan se complacen en estrechar las manos eclesiásticas. Una mano que permite el bombardeo de inocentes, o los asesinatos de los abortos o el más completo libertinaje ¿Merece el apretón sólo porque es mano de gobernante o merece la recriminación que se calla, la condena que no se escucha, la claridad que no se deja ver ni en encuentros, ni en sermones, ni en discursos? “A quien me negare delante de los hombres Yo le negaré delante de mi Padre” (S. Mt. 10, 33). Callar lo que debe decirse es una manera de negar.
La consideración de la faz humana de la Iglesia desde la muerte de S.S. Pío XII en 1958 a la fecha con la hecatombe del Vaticano II, de la reforma de las Consagraciones Episcopales (1968), y de la misa nueva (1969) y de todas aquellas que se siguen de las anteriores, puede considerarse de muchas maneras y obispos y sacerdotes fieles a la Tradición Católica la han explicado muy bien. Quisiéramos nosotros mirar a la Santa Iglesia en sí misma, tal como Ella fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo, es decir, considerada como Sociedad Sobrenatural.
Hay cosas que son sobrenaturales de manera absoluta o de manera relativa según enseña el Dogma. Lo sobrenatural es, como lo dice la palabra, lo que supera las exigencias de la naturaleza, está por encima de ella, pero esto puede pasar de dos maneras, relativa cuando es algo que supera las exigencias de una determinada creatura (ej. que un pez salga caminando del mar es imposible al pez, no a un animal terrestre y con patas y locomoción) absoluta cuando aquello de lo que se habla supera las exigencias de toda creatura (ej. la vida de la Gracia, propia de Dios y sólo recibida como sobrenatural en Ángeles y Hombres). La Santa Iglesia entra aquí ya que, aunque tenga una faz visible compuesta por hombres, abstracción hecha de los mismos, lo demás de su Constitución es sobrenatural.
La Santa Iglesia, y lo aclaramos, no es Santa por la bondad accidental de sus miembros sinó por su entidad propia de Esposa de Jesucristo el cual es su Cabeza, su Rey, su Señor y su Dios. En este Orden, aún si por un absurdo todos los miembros de la Santa Iglesia estuvieran en pecado mortal a la vez, Ella no dejaría de ser Santa que es algo esencial en Ella. Esta sola afirmación basta para echar por tierra la noción del nuevo vaticano de “iglesia viviente” como si Ella fuera progresando y evolucionando con las épocas y hasta la consumación de los siglos. Todas las naturalezas son fijas e inmutables sinó dejarían de ser lo que son para ser otra cosa; así la Santa Iglesia fundada por Jesucristo no es sólo una entidad moral como si fuera un club sinó un verdadero cuerpo místico con entidad, Cabeza, Vida propia y miembros. Lo que suceda a la Iglesia durante la historia poco importa, aunque lo suframos, en su naturaleza y en su existencia Ella es intangible a la maldad de sus enemigos aunque sí puedan sufrir penas sus miembros aún vivos, por eso el Catecismo enseña aquello de la Iglesia triunfante (en el Cielo los ya salvos), la Purgante (los salvos, aún en el Purgatorio) y la Militante (en la tierra) que sufre los vaivenes de la historia.
La Santa Iglesia recibió de Jesucristo Nuestro Señor la forma de una Institución, única y peculiar, sagrada y de orden sobrenatural, es decir, que supera de suyo las exigencias de toda institución humana ya que ninguna de por si puede pretender tener la Vida Divina, sólo propia a Dios y concedida gratuitamente por Dios a quien El quisiera. “Si yo quiero ser bueno ¿Qué mal te hago?” (S. Mt., 20,13)
La Santa Iglesia, si no miramos los hombres vivos que la componen, es sobrenatural por donde la miremos:

La Santa Iglesia Sociedad esencialmente Sobrenatural

º Por su origen = Fundación ……….. “Tu es Petrus”, (S. Mt.16,18)
º Por los medios de que dispone……... Misa, Sacerdocio, Eucaristía, otros Sacramentos.
º Por los efectos que produce (todos sobrenaturales) ………. Gracia, remisión del pecado original, perdón de los pecados, infusión del Espíritu Santo, etc.
º Por el Fin al que conduce…………... La Gloria Eterna (la visión beatífica supera las exigencias de cualquier creatura).
º Por los medios que usa Dios
para con Ella ……………………. La Gracia, los Dones del Espíritu Santo, Dios mismo dándose a los hombres, toda la Corte celestial (la Santísima Virgen, los Santos Ángeles, los Santos)

No es el fin de este artículo que expliquemos cada renglón del simple esquema de las líneas anteriores; pero sí lo es que considerando a la Santa Iglesia en sí misma, en lo que la hace ser tal, Ella es completamente sobrenatural, no tiene origen humano sinó divino ya que fue fundada por Nuestro Señor, Dios verdadero de Dios verdadero; los medios principales que utiliza y que también le fueron dados por Jesucristo son del mismo orden sobrenatural: La Santa Misa, la Sagrada Eucaristía que allí se confecciona, los Sacramentos que dan la primera Gracia o la restauran si se perdió (Bautismo, Penitencia), los otros que la presuponen pero son capaces de aumentarla, de una manera especial la Sagrada Confirmación que infunde al mismo Espíritu Santo y el Sacerdocio que hace capaz de las acciones sagradas, particularmente, de absolver y consagrar.
Todos esos medios de la Santa Iglesia causan la Gracia que es un efecto sobrenatural y todos conducen a conquistar el Cielo que también es de esa condición superior, inmerecida de suyo para toda creatura.
Más aún, Dios mismo se vale Él, sea por medio de la Iglesia, sea por Si mismo de medios sobrenaturales para conservar, aumentar y sostener a la Santa Iglesia, comunicando la Gracia que es una participación creada de su vida íntima, haciendo al hombre capaz de recibirla, infundiendo al Espíritu Santo y sus Dones en él, más la ayuda que brinda a la Iglesia y a las almas por medio de la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos.
Las Instituciones se definen por su fin. La Santa Iglesia lo tiene doble, aunque uno dice el otro, cuanto a Dios su gloria, cuanto a nosotros la salvación. Si miramos bien esto encierra toda la vida de la creatura racional (“Laudate Eum omnes gentes” “Alabadle todas las gentes” Salmo 116, 1) y toda la eternidad de los salvados (“Nunc autem cognoscam sicut et cognitus sum” “Entonces conoceré como soy conocido” I. Corintios 13,12).
Hemos visto brevemente como es la Iglesia en su intimidad. Ahora bien una cosa buena debe usarse bien y si además es sagrada debe usarse santamente.
La Iglesia, Santa de suyo, está apoyada como en tres pilares: La Fe que enuncia toda la Doctrina que Ella cree y Dios reveló (“Nunca nadie vió a Dios: El Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, Él lo dio a conocer” San Juan I, 18); el Culto que es la expresión de la Religión y de dicha Fe (“Haced esto en conmemoración mía” San Lucas 22, 19); y la Moral o la conducta capaz de salvar y que se sigue necesariamente de lo que se cree y de lo que se reza (“¿Aquél que fijó el ojo no verá?” Salmo 93, 9).
Quisiéramos detenernos un poco en el primer pilar, en la Fe.
¿Qué es la Fe? La reverencia de la inteligencia. En latín diríamos “aquiescere”, la aquiescencia; más simple: La reverencia sumisa de nuestra inteligencia, la aceptación reverente de nuestra inteligencia a la verdad revelada, a toda, porque es Dios quien revela que no miente ni puede mentir. ¿Por qué a toda la Fe? Simple, porque si Dios se da a conocer, si Dios nos revela su ser, su intimidad, su Verdad, breve, lo que debo creerle, justamente, no puedo no creerle y si no le creo algo entonces no creo en Él, por eso decimos en teología que la negación de una verdad de la Fe es negación de toda Ella porque en algo ya no le creeríamos a Dios, es decir, ya no estaría esa reverencia de la inteligencia a Dios que revela y no puede mentir.
Así entonces la Fe supone aceptación (la Verdad misma se revela) y reverencia como disposición básica, necesaria y elemental delante de Dios. San Benito en su Regla, aplicando esto a la vida monacal y entendiendo que en ella se obedece a Jesucristo tanto en las órdenes cotidianas como en los horarios y disposiciones, dice “monachus non suffert mora in obedientia” (“el monje no sufre demora en la obediencia), no puede dejar esperando a Dios.
Nosotros profesamos la Fe de la Iglesia Católica, es Ella quien confiesa cree y transmite una Fe sobrenatural, para eso fue fundada por Nuestro Señor. Si la Fe era esa reverencia a lo que aludíamos, ésta no puede faltarle a la Santa Iglesia. Si es esencialmente una institución sobrenatural y sagrada para creer y transmitir la Fe y así salvar a los hombres, entonces dicha reverencia no puede faltarle, es algo exigido por su misma esencia lo que en teología diríamos “un Proprio”= algo que surge necesariamente de la esencia completa.
Entonces, y aquí queríamos llegar, la Iglesia Católica siempre tiene, debe tener, no puede no tener esa reverencia a la Verdad revelada y que por eso es enunciada con tanta seriedad, claridad, precisión y delicadeza en sus dogmas. Si no encontráramos esa reverencia no estaría allí la Santa Iglesia, si no hubiera obediencia soberana a la Verdad tendríamos delante cualquier engendro humano, nó a la Esposa de Jesucristo.
¿Cómo diríamos esto de otra manera? Diríamos y decimos que la Iglesia Católica en razón de esa necesaria obediencia a la Verdad revelada goza de la infalibilidad habitual, sea ella ordinaria o extraordinaria es tal su predisposición constitutiva ante la verdad de Dios que Ella no puede errar ni inducir a error (“El Soberano Pontífice no puede comprometer a la Iglesia en el error…” Benedicto XIV, Card. Prospero Lambertini, año 1734, ref. Dicc. Apolog. de la Fe, D’ Alés col. 1130 y ss.), lo cual es evidente porque de Ella depende toda nuestra Fe y, lógicamente, nuestra salvación. “En la Iglesia no puede haber error condenable” (Santo Tomás de Aquino, Quodlibet IX, q. 7).
Esa infalibilidad se muestra extraordinariamente en las definiciónes ex cátedra que suelen ser pocas y poco frecuentes y de manera ordinaria en la enseñanaza habitual del Soberano Pontífice y de los Obispos de todo el mundo cuando repiten y enseñan la Doctrina bastando con que quieran que lo que dicen sea entendido por los fieles como algo de nuestra Fe y que debe creerse así. (J. Salaberry S.J., Tractatus de Ecclesia Christi, III, nº 647 et s.s., BAC Sacrae Theologiae Summa, T I pág. 701, ed. 1962). Se ha de mostrar también en las prescripciones del culto si consideramos el principio teológico de la Santa Iglesia “lex orandi lex credendi”, “ la ley del orar estatuye la ley del creer”, es lógico, lo que rezamos es lo que profesamos: Entonces ¿Dónde queda el ecumenismo actual, la libertad religiosa, el indiferentismo religioso, las nuevas oraciones, el culto cambiado, la misa nueva?
No puede inducir a error. Si induce no es Ella. Vimos la imagen triste de la Iglesia visible actual, acabamos de ver la entidad sobrenatural, Santa y veraz de la Santa Iglesia en sí misma. Delante de una y de otra ¿Cuál es nuestro combate?
¿Qué debemos defender? Lo que la Iglesia es, lo que enuncia nuestra Fe y nuestra vida cristiana: La Doctrina, el Culto, la Gracia.
¿Ante quien? Delante del mundo enemigo de Dios, delante del diablo y todo el infierno, delante de la iglesia conciliar que no es hechura divina.
De acuerdo, pero ¿Cómo ha de ser nuestro combate? Una pelea se establece de dos maneras, mirando la naturaleza de la causa y la condición de los sujetos. En nuestro caso la causa es causa de la Santa Iglesia y por eso es causa nuestra, entonces es un combate sobrenatural pero no basta con eso, es combate según nuestra propia condición de hombres ya que no somos sólo espíritus. La Iglesia se debe defender como lo hicieron los Santos, por algo nos fueron propuestos como arquetipos del cristianismo.
Entonces: La oración y la penitencia, básicas y necesarias, pero no es todo ni suficiente. Falta la predicación, las misiones, (ej. S. Vicente de Paul); las obras de misericordia (S. Benito Cottolengo, en su Piccola Casa de Turín llegó a haber 3000 monjitas ocupadas en los enfermos); las escuelas (S. Juan Bosco); la importancia dada por los Soberanos Pontífices a la Realeza Social efectiva de Nuestro Señor (San Pío X, Pío XI, Pío XII); las Cruzadas y aquella lucha extraordinaria de Lepanto, procurada, predicada, impulsada por S. Pío V que salvó a Europa de ser musulmana como en España la Reconquista contra el moro; la restauración de las Órdenes Religiosas considerada que la vida religiosa es de la naturaleza de la Iglesia.
Debemos ser claros, no basta con rezar, ni con rezar y reflexionar para identificar el peligro. La advertencia no alcanza para ganar un combate. Desde “Juan XXIII” en adelante los “Pontífices” dejaron de mirar a Dios para volverse hacia el mundo, así, abandonaron al mundo a si mismo y por eso deriva convulsionado, confuso y sin paz ni gracia. Debemos volver el mundo a Dios. Volver a hacer lo que hicieron los Santos y como ellos lo hicieron. Hacerlo con la confianza que Dios merece “Ero vobiscum usque ad consummationem saeculi” “Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” (S. Mateo 28, 20); hacerlo mientras Dios nos de vida. En ningún lugar de la Sagrada Escritura dice que debamos dejar de predicar porque el enemigo es grande y poderoso, eso sabe más a herejía o a miedo. Contrariamente antes de subir a los Cielos Nuestro Señor dijo a los Apóstoles “Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas…” (S. Mateo 28, 19). El combate no es porque nos guste, es justicia respecto a Dios y a su Santa Iglesia, no podemos permitir que traten de destruirla y perder a las almas. Entonces, si es por Dios y por las almas, que sea con caridad en la intención porque ambos, Dios y las almas, cada cual a su manera, merecen nuestra caridad; que sea con caridad en los modos ya que quien quiere respeta aunque hiera si dice la verdad y con caridad en los medios ya que no peleamos con las argucias del mundo, con la mentira y el susurro sinó con los modos de Jesucristo y de los Santos.
Si bien miramos es siempre lo mismo. Si yo reverencio a mi madre no permito nada que la dañe, la ofenda o la hiera. Si reverencio a Dios Nuestro Señor y a su Santa Iglesia, Una, Santa y Católica, la Fe me exige todo por ellos.
Valga un ejemplo tomado de la historia eclesiástica de Francia en tiempos de la Revolución del siglo XVIII. La venerable María Luisa de Francia, en el mundo hija de Luis XV y tía de Luis XVI, en Religión Madre Teresa de San Agustín, Carmelita, Priora del Carmelo de Compeigne, martirizada con quince compañeras más en Agosto de 1789 y beatificada con ellas por su Santidad Pio IX, escribía lo que sigue a la superiora del Carmelo de Bruselas (Bruxelles): “Je ne consens pas aux changements qu’on veut faire, je veux vivre et mourir… (Carmelite)… Comme je l’ai promis a Dieu par voeux… Je ne puis… Je n’en veux!” “Yo no consiento a los cambios que se quiere hacer, yo quiero vivir y morir (Carmelita) como lo prometí a Dios por votos…¡Yo no puedo… Yo no quiero!” (Petits Boullandistes, Tomo XV, 23 de diciembre, edición de 1878).

Lo mismo decimos:
Porque nosotros no podemos,
porque Dios lo merece y lo prometimos,
por eso no queremos.


Quiera Dios bendecirles y enardecer sus almas en el servicio de Dios.

25 de agosto del 2011, San Luis Rey de los Francos.

+ Mons. Andrés Morello.



lunes, 25 de abril de 2011

DESDE LA CRUZ

Queridos Amigos:
Quiera Dios bendecirles.
Cada año, en las cercanías de la Pascua, tratamos de enviarles siquiera unas líneas para hacerles llegar nuestro saludo pascual. También nos ha parecido siempre que no deberíamos sólo saludar sinó que además pudieran servir nuestras líneas para que quienes nos leyeran pudieran acercarse más a Dios. Así entendido tratemos de volar juntos con nuestro pobre espíritu creado remontando la historia hasta aquél día aciago, el más triste, el más solemne y el más sublime del decurso de los hombres sobre esta tierra.
El primer día de la historia, aquél en que Dios hizo la luz y las cosas que ella pudiera iluminar marcó un asombro inexplicable en sólos los ángeles que pudieron contemplarlo al ver salir de la nada la realidad que hoy nos cautiva y nos embeleza y al ver que Dios la ponía sumisa ante ellos para que la rigieran como ministros suyos. El último día de la historia, aquél en que se cierre la última página del sucederse de las cosas, cuando Dios sereno porque siempre es justísimo, dará a cada quién según hayan sido sus obras, sus quereres, sus amores, sus vidas; ese último día tendrá algo de solemne e irreversible como nunca se habrá visto ni volverá a verse. Tendrá algo de indefinible y que no podremos expresar simplemente porque ese día será último, no tendrá ni mañana, ni nueva oportunidad. Será el umbral de la eternidad, la puerta sin retorno por donde se llega a Dios o se lo pierde para siempre.
No queremos hablar ni del comienzo ni del fin de la historia, ni del primer día suyo ni del último. Queremos ir hasta el Viernes Santo, su día más triste porque crucificaron entonces al Amor; el más aciago porque dio su vida el Hijo de Dios; el más solemne que fue el de la primera Misa; el más sublime porque sólo ese día abrió para siempre el Cielo para los que fueran capaces de amar.
Queremos subir hasta el Calvario que no es el monte más alto de la tierra pero sí el más alto de la historia y allí, hecha a un lado la turba, relegados los soldados, mirados con pena e indignación aquellos pontífices descastados de una figura que iba muriendo al instaurarse la Iglesia para siempre, acercarnos sí, reverentes y llenos de adoración a la Cruz del Salvador, locura para los paganos, escándalo para los judíos al decir de San Pablo (I Cor. 1,23).
Nada ha habido igual en la historia ni lo habrá jamás. Y en medio de ese espectáculo siniestro para el mundo, triunfal para los allí culpables de su muerte y para nosotros piadoso y conmovedor, lleno de misericordia y de amor; cerca de la Virgen Madre y del discípulo virgen levantar los ojos, mirar la mirada de Cristo y tratar de leer en sus ojos algo de todo aquello que no dijo porque lo decía su entrega, la más heroica, en medio del abandono el más espantoso.
¿Qué decían sus ojos? Sin duda infinitas cosas, algunas tan divinas que fueran insondables para nosotros; otras un poco más entendibles para estas pobres creaturas.
¿No habrán buscado sus ojos mansos, en medio de aquella muchedumbre que lo veía morir sin hacer nada, a aquellos a quienes hizo el bien? ¿No habrá susurrado en su corazón -Padre mío, dónde están los ciegos, los cojos, los leprosos, los endemoniados que sanó mi gracia? ¿Está por allí aquél que me dijo -“Te seguiré a donde quiera que vayas”? -Padre, los hombres piensan que lo que nos han dicho a Ti y a Mi sólo ellos lo han escuchado y que por eso nada vale, nada obliga.
- ¿Señor, dónde están mis Apóstoles? Los sacerdotes de mañana ¿No nos dirán igual que los del Calvario -“Bájate de la Cruz y creeremos en Ti”?
-Padre, no hay nadie que haga algo por Mi, nadie que lleve mi yugo suave ni mi carga liviana; nadie que quiera sin pedir a cambio como Yo les enseñé a querer.
-Padre, ¿Se atreverán a decirnos -“No te seguimos porque tus sacerdotes están todos peleados y ninguno es ejemplar”? Padre, aunque fuera cierto ¿A quién van a seguir, a mis sacerdotes o a Mi? La deuda es conmigo, no entre los hombres; si no hay valientes ¿Qué esperan para serlo? Si no hay ejemplares ¿Qué esperan para ser virtuosos los que se quejan? Si es temible el enemigo ¿No les dije que las puertas del infierno no habrían de prevalecer?
-Padre, aún así muero por ellos y para Ti, Tú lo mereces aunque ellos lo desprecien.
-Padre, ya habrá San Juanes junto a mi Madre y junto a Mi que quieran arriesgar por nosotros. Padre mío, valiente no es quien nos lo dice, sinó los que en medio de un combate desigual no dejan su puesto o se atreven entonces a pelear.

Nosotros no somos quienes para poder decir lo que Jesús nuestro Señor no dijo desde la Cruz o lo que pensaba en aquellos momentos sublimes. Pero aún así y mirándolo a sus ojos ¿No habrá pensado algo siquiera de lo que acabamos de escribir?

Santas Pascuas para todos y que Dios nos deje mirarle sin rubor.

Ave María Purísima.

+ Mons. Andrés Morello.

18 de abril del 2011, lunes santo.

viernes, 7 de enero de 2011

Saludo Navideño:DIOS CUMPLE







Pasados dos mil años del Nacimiento como Hombre de Nuestro Divino Salvador, todo el mundo, bueno o malo, creyente o no se ve, gustoso o forzado, a detenerse en la fiesta navideña. Aún los que sólo lucran con esta fiesta, los que hacen de ella una ocasión de comercio y de ganancia o los mismos medios masivos de difusión que tanto atacan y destruyen la vida cristiana no pueden sino recordar la Navidad y mostrarla de mil maneras haciéndola noticia y noticia prestigiosa. Los mismos enemigos de Dios, aunque sea por el mezquino afán del lucro, señalan al Pesebre como aquel tirano Herodes el Grande que señaló, y muy a su pesar, a los Santos Reyes, el Camino hacia el Rey de todos los reyes.
“El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (S. Jn.1, 14). ¿Qué es el verbo? La palabra. ¿Que es esto? La expresión de lo que pensamos. Los hombres podemos mentir, diciendo distinto de lo que pensamos, Dios nó. Dios, suma e infinita Bondad, ni miente ni puede mentir. Lo que dice, eso piensa, lo que quiere, eso hace. En Dios, su Verbo infinito, la segunda Persona de la Santísima Trinidad no es más que la expresión acabada, sincera, leal, inconmensurable y eterna de su pensamiento también eterno. ¡Fiat lux! ¡Hágase la luz! (Gen. 1, 3). La pensó y la quiso Dios y fue hecha. Así con toda la Creación. Así con nosotros, así con su designio redentor.
Lo que Dios dice es lo que dice eternamente y eso mismo lo piensa también desde toda la eternidad. ¡Hagamos! Y así lo que Dios quiere que pase, se cumple de manera fiel e inexorable.



“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen.1, 26). “Parirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (S. Lc.1, 31). “Ella aplastará tu cabeza” (Gen.3, 15),
Lo que Dios promete, en su infinita fidelidad; lo que quiere con su infinita sabiduría eso hace y eso cumple. Nadie igualará jamás a Dios en fidelidad.

Vayamos a la semejanza.
La semejanza somos nosotros, al decir del mismo Génesis (Gen.1, 26). Nos parecemos a Dios en la inteligencia y en la libertad. Pensamos, en nuestra medida, como piensa también Dios, obramos, como El, voluntariamente y por eso libremente.
Dios no hizo al hombre semejante a Si porque sí. ¡Qué absurdo en el que para todo tuvo un motivo, una razón, un designio, el que hubiera hecho al hombre sin cumplir con su Inteligencia rectora de los Ángeles, los hombres, los acontecimientos de la historia y hasta el mismo devenir del universo y la tierra que nos cobijan! Su Inteligencia nos hizo como somos, inteligentes y libres, no por un puro copiar, no para hacer gala de su omnipotencia; nos creó así para que copiáramos también su pensar, su querer y su obrar.
Un pensar que no considerase a Dios como el personaje esencial y principal de lo que existe sería en definitiva un razonamiento absurdo porque o no llega a su última conclusión o no percibe siquiera el comienzo de todos los seres, de todas las cosas y de nosotros mismos.
Un querer que no quiere lo bueno y sólo lo bueno como Dios lo dispuso al darnos libertad hace andrajos aquello que nos reviste de dignidad y grandeza entre todos los seres.
Un obrar que aleje de Dios en vez de acercarnos cada día más a Él es una quimera. A Dios llegaremos sí o sí al final de nuestros días, sea para el abrazo eterno de su amor, sea para entenderlo justo y perderlo justamente por no haberlo merecido ni correspondido. Vivir hoy sin tratar de obrar bien es ir preparando el eterno alejamiento de Dios, como quien diariamente maltratara a un amigo asentando la ruptura definitiva de esa amistad. Un amigo puede perderse pero perder a Dios es hundirnos nosotros en la confusión y en la eterna y total falta de amor.
Que esta Santa Navidad nos empuje hacia Dios, a realizar en nuestras pobres almas la humilde copia de nuestro Creador.
Cumplamos también nosotros.

Santa Navidad para todos.


Patagonia Argentina.
Navidad 2010


+ Mons. Andrés Morello.


* UN PROBLEMA DURANTE 15 DIAS EN EL SERVICIO DE INTERNET TRASLADÓ HASTA HOY ESTE SALUDO NAVIDEÑO. GRACIAS.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

“Ícaro y Dédalo”

“O la Irracionalidad de una Ley Nula, Inválida y Afrentosa”

Los miembros del Senado de la Nación y antes los Diputados de la misma aprobaron de consuno las uniones de personas del mismo sexo dándoles las prerrogativas que tiene sólo el matrimonio según las leyes de Dios y de la naturaleza. Días antes el canal oficial de TV propagandeaba a invertidos de todo tipo sin privarse de denigrar a la Iglesia Católica. De más está decir que los demás medios de prensa, especialmente visuales se regodeaban propagandeando lo mismo.
Muchas voces se alzaron, valientemente, en contra; denigradas o silenciadas por los autores de la “verdad virtual” que controlan los medios de difusión. Muchísimas voces no se oyeron, se quejaron más los evangelistas que los Obispos de la Iglesia Oficial y de estos, los que más dijeron se quejaron del proyecto de ley “sin querer herir los sentimientos” de los implicados en la ley. ¿Es valedero el sentimiento del que escupe el rostro de Dios? Si fuera así, también fueron “entendibles” los salivazos en el rostro del Redentor. Nuestro Señor hablando a aquella Samaritana junto al pozo de Jacob, mujer que ya había sido de seis hombres, ¿Qué le dijo? S. Jn. 4,17-18: “-Bien has dicho que no tienes esposo, tuviste cinco hombres y el que tienes ahora no es tu esposo. Has hablado con verdad”. ¿Qué diría Nuestro Señor de dos hombres o dos mujeres juntos?
Las voces que se alzaron y hasta alguna manifestación no tenían esperanza de triunfo, nacieron muertas, abortadas por la realidad política que se impone no por el derecho sinó por la fuerza de los hechos. ¿Por qué muertas? ¿No estamos acaso en democracia? No lo estamos porque los resortes de una democracia (o de cualquier forma de gobierno) presuponen la procuración del bien común y para procurarlo es preciso quererlo, buscarlo, abnegar lo propio y que eso que se busca sea realmente un bien. Quien lo sepa que nos indique ¿Cuál democracia contemporánea ha hecho mejor a sus pueblos, cuál los ha hecho más virtuosos, cuál disminuyó la inmoralidad, los crímenes o al menos la cantidad de pobres y desamparados?
Los dos jueces que condenaron a la casta Susana en el Antiguo Testamento eran dos viejos venales (Prof. Daniel XIII); aquellos ancianos que condenaron a Nuestro Señor Jesucristo, al hombre más justo de la historia, sabían perfectamente que no había hecho nada malo.
Ponga Usted un grupo abigarrado de sinvergüenzas en cualquier Congreso y el resultado serán leyes que destruyan a la Nación cambiando bienes por males.

Ordenemos nuestras ideas.
Cuando las civilizaciones alcanzan su mayor decadencia tienen vicios semejantes. Tertuliano, escritor eclesiástico durante las primeras persecuciones a los cristianos, describe las costumbres de aquellas épocas como si fuera hoy: El desprecio por la vida (los mismos Padres pagaban las fiestas en los circos para ver morir a sus hijos luchando contra fieras o entre ellos), las mismas diversiones y vicios en bacanales de innombrable desvergüenza con mujeres o con hombres.
Por eso dice claramente San Pablo: “Hermanos no somos deudores de la carne para que vivamos según la carne. Si viviereis según la carne moriréis. Si en cambio por el espíritu mortificareis las obras de la carne entonces viviréis. Quienesquiera obran según el espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. (Ad Rom. 8 12-17)
Si obrar según el espíritu de Dios es ser hijo de Dios, hacer lo contrario es ser hijo del diablo. No hay más que dos progenituras, o somos de Dios o no lo somos, si no lo somos, somos del diablo. Más claro aún lo dirá el mismo San Pablo en la Carta a los Gálatas: “Quienes hacen tales cosas no poseerán el Reino de Dios” (Gal. 5, 21).
Una ley aberrante no es una ley sinó una aberración.
La condena de Cristo ¿No la hizo un Congreso? ¿No fue acaso la obra más inicua de la historia, el decreto más aberrante de un Congreso?
¿Por qué decimos que esas “leyes” son aberraciones?
Porque el fundamento de las leyes es la realidad. La realidad no es lo que pasa sinó lo que es.
¿Por qué las rutas no son de un solo carril? Porque todos chocarían. ¿Por qué los buques no son de plomo macizo? Porque no flotarían nunca. ¿Por qué no exigen a las vacas que engendren solas y sin los toros o nada de los toros? ¿Por qué no dan leche sin ternero? ¿Por qué no se ordeña a los toros? Porque manda la realidad y las leyes no hacen sinó enunciar en preceptos lo que dice la realidad.
Así, “no cruce las vías porque es peligroso”, por lo mismo “no se asome desde el tren en movimiento”. Allí manda la realidad y el buen juicio, el sentido común, no hace sinó verlo y enunciarlo para que le sea claro a todos y se respete.
Por eso encabezamos estas líneas con aquellos nombres mitológicos de “Ícaro y Dédalo” aquellos dos prisioneros del laberinto de Creta, hijo y padre, que para huir de su prisión se fabricaron alas con plumas y con cera. Ícaro levantó el vuelo pero afrentó los calores del sol que derritieron sus alas ahogándose en el Mar Egeo.
Las leyes pueden dar autorizaciones, no derecho, cuando lo que se permite es algo inicuo. Es inicuo y aberrante lo que atente contra la realidad y lo que las cosas son. Las alas le sirvieron a Ícaro para huir, nó para afrentar la realidad del calor del sol. Estos “matrimonios” inicuos que se autorizan sirven para huir de la realidad, para juntar lo injuntable, para hacer producir lo improductivo, para contrariar todo orden natural.

-Señor, dirán, “son sentimientos respetables”.
No se trata de sentimientos. El odio y la venganza también son sentimientos y no es justo ni odiar ni vengarse. Alguien puede matar porque odia y no es justo hacerlo; también un hombre puede alegar que por sentimiento quiere a 20 mujeres, o a nenes, o a animales y eso no sería un derecho sinó una aberración. Si el sentimiento permite lo degenerado entonces que maten tranquilos los parricidas que ya los protegerá alguna ley.
Ícaro con sus alas huyó de la realidad, el degenerado puede huir eligiendo el vórtice de las pasiones. Lo que Ícaro no pudo fue suspender aquella ley de que el calor basta para derretir la cera; los contemporáneos no podrán evitar las lacras, las enfermedades, la degradación de unos nacidos para ser viriles pero afeminados y modosos; la de otras que de maternales y femeninas se harán hombrunas y viciosas. Cada material, cada natural tiene su ley de resistencia, no se hacen tornillos de goma blanda; no hay pueblo que soporte familias disueltas, generaciones de drogadictos, niños criándose entre dos papás o dos mamás, criminales imponiendo su ley.

¿Qué falta decir? Mucho todavía.
La ley está dictada, inicua, inválida, aberrante, pero está allí forzada por un tiempo como a veces durante la tiranía de un tirano. Todo acaba cuando es sólo de hombres. Toca entonces decir algo de la conducta práctica.

Será lo primero protestar todo lo que se pueda. Los que ahora festejan estaban hasta ayer contra la ley que no los dejaba seguir sus pasiones. Estemos nosotros y con todo derecho, contra las leyes que son inicuas. Protestemos, hablemos, escribamos, hagamos cuanto sea posible. Hagamos valer el derecho a no estar de acuerdo, a rechazar, combatir y denigrar las leyes contrarias a Dios y a la naturaleza de las cosas que hizo Dios. Sólo una Señora Jueza de Paz de la Nación se atrevió a decir esto en medio del vergonzoso silencio de los Obispos y Sacerdotes.
Son las “leyes” que votaron los que juraron sobre los Santos Evangelios.
¿No es un perjurio hacer leyes que contradicen la ley de Dios contenida en los Evangelios? Bien dijo el Profeta Isaías anunciando el castigo de las infidelidades de su pueblo: “Los afeminados los dominarán” (Is. 3,4). Es perjurio que nadie les reclama aunque lo hayan pedido al jurar: “…Y si así no lo hiciere Dios y la Patria me lo demanden” (fórmula de juramento de Diputados y Senadores).
Se preguntó Usted alguna vez ¿Por qué se jura sobre los Evangelios en la función pública? ¿Por qué lo hicieron nuestros patriotas al fundar la Nación?
Porque los fundadores de la Nación, templados en la Fe Católica y criados en ella, sabían que el hombre es capaz de cualquier cosa. Sólo Dios puede poner un límite, por eso los Evangelios que son su Ley. El mismo Juan Jacobo Rousseau afirmaba, liberal y padre del liberalismo, que el último resorte de una nación es la religión.
Dirán que somos intransigentes. Claro que sí. La intransigencia es defecto y torpeza cuando no se transige en lo juicioso, en lo justo y lo normal. Ningún cirujano opera con instrumentos oxidados, nadie le diría “intransigente” por negarse a hacerlo. No se puede aceptar lo irrealizable. Esas leyes recientemente aprobadas pretenden legalizar lo que el mismo natural no consigue, no les dan los cuerpos, no les dan los órganos, protesta la misma genética de cada célula y cada cromosoma, hasta la voz deben fingir y modificar el gesto que les imponen las hormonas; pero la “ley” quiere hacer realidad lo inexistente, lo nulo, lo neutro, lo estéril de suyo y para siempre.
Es derecho de consciencia. Sólo la verdad establece derecho. Así como no pueden obligarnos a matar a un inocente, no pueden obligarnos a que se perviertan los inocentes.
¿Por qué que se perviertan? Señor, porque nadie es maricón solo. Si la ley da derecho a eso entonces también debe darles derecho a pretender y ser pretendido, a procurar compañero y a que lo procuren en él, a buscar varones ya que eso es un homosexual, alguien que busca justamente lo que le falta que es hombría y virilidad.
Si es derecho, en mi casa mando yo. No permita que entren a su casa esos desviados a mirar a sus hijos; enseñe a los suyos que eso es horroroso, que es pecado, que Dios lo maldice. Más aún, en mi casa se dan normas de conducta para adentro y para afuera. ¿Por qué para afuera? Porque mi alma es siempre la misma, no puedo se hipócrita con Dios, su Ley me vale siempre. La consciencia no es un altillo cerrado que vale sólo puertas adentro.
En el fondo son leyes contra la Religión Católica. Lo dijo claramente un diputado al votar: “-No me importa el fuego del infierno”.
Una nación fundada a los pies de la Cruz del Salvador y formada por una mayoría absoluta de católicos, aunque los haya de otras religiones, tiene derecho a ser gobernada de manera católica. ¿O no valdría aquí la mayoría para esta llamada “democracia”?

Una última pregunta. ¿Qué ganan con estas leyes?
Ganan el aumento general de los vicios. Afloje las leyes que castigan a los criminales y habrá más criminales; deje robar al gobernante y los habrá ladrones; libere el uso de la droga y será necesario que alguien la venda, la produzca, la comercialice y la transporte; deje que pululen los invertidos y sus hijos tarde o temprano se menearán o serán víctimas de los inmorales, o vivirán acosados por ellos como aquellos de Sodoma (Gen. 19,5).
Los vicios llevan a un aflojamiento general y el aflojamiento a la indefensión, todo lo suficiente para ser víctimas seguras o de la envidia extranjera o de la ambición de los nacionales ambiciosos. Como sea, es la misma existencia de la Nación, es la salvaguarda de su identidad propia, la honestidad de sus casas y la hombría de sus hijos y la femineidad de sus hijas lo que está en juego.

Quiera Dios ayudarnos, aguerrirnos y tener piedad de nosotros.

Agosto del 2010.

+ Mons. Andrés Morello.

miércoles, 23 de junio de 2010

Fotos y video de la Mision en Monroe

Mision del R.P. Adán Rodriguez en la Capilla de
Monseñor Mackenna en Monroe






fotografias de la coronacion de la Santísima Virgen en su fiesta.

















Fotografias de los Niños de Santo Domingo y video del Primer partido de Futbol

























martes, 13 de abril de 2010

San Hermenegildo, Mártir de la Ortodoxia

13 de Abril.
Hoy a través de la palma de un mártir se nos muestran los misterios de Pascua. Hermenegildo, príncipe visigodo inmolado por un padre obcecado en la herejía. La causa de su muerte fue la constancia con que rechazó la comunión pascual que un obispo arriano quería obligarle a recibir de sus manos. El mártir sabía que la sagrada Eucaristía es señal de la unidad católica y que está prohibido participar de la carne del cordero pascual con aquellos que no pertenecen a la verdadera Iglesia. Una consagración sacrílega puede poner en manos de los herejes los Misterios Eucarísticos, si existe el carácter sacerdotal en quien ha tenido la osadía de traspasar la barrera del altar del Dios de quien blasfema; pero el católico consciente de que no está permitido orar con los herejes, se horroriza al ver el misterio profanado y permanece apartado de él para no ultrajar al Redentor en el misterio mismo que estableció para unirse con sus fieles. La sangre del mártir fue fecunda. España, cautiva por el error, rompió sus cadenas; un Concilio de Toledo consumó la reconciliación a la que había dado principio tan santa víctima. Espectáculo sublime y raro en la historia del mundo el ver a toda una nación abjurar de la herejía; pero esta nación fue bendecida por el cielo. Sometida a la dura prueba de la invasión sarracena triunfó de ella por las armas, y su Fe, después siempre pura, la mereció el mas noble de los títulos de un pueblo: el de Católica.

Vida:
Hermenegildo fue hijo de Leovigildo, rey de los visigodos de España, y de Teodosia. Asociado al reino, como su hermano Recaredo, en 573, fijó su residencia en Sevilla. Allí su esposa Ingonda y el Obispo San Leandro le determinaron a abandonar la herejía arriana y a abrazar el catolicismo. Al perseguirle su padre, que permanecía siendo arriano, Hermenegildo llamó en su ayuda a los bizantinos: pero creyó conveniente acceder a una entrevista que le propuso su padre, y éste, habiéndole hecho encarcelar, probó todos los medios de hacerle volver a la herejía. El día de Pascua del año 586 el rey le envió un obispo arriano para que le llevase la comunión. El joven la rechazó: Entonces su padre mandó decapitarle. San Hermenegildo es patrón de la ciudad de Sevilla. Urbano VIII extendió su culto a toda la Iglesia.
Plegaria:
¡Oh Hermenegildo! Tu valerosa muerte mostró el amor que tenías a Cristo y tu desprecio de los bienes terrenos nos enseña a menospreciarlos. Nacido para el trono, un calabozo te sirve aquí de mansión y de él partes para el cielo, ceñida la frente con la palma del martirio, corona mil veces más preciosa que la que se te ofrecía como precio de una vergonzosa apostasía. Haznos firmes en nuestras creencias, dóciles a las enseñanzas de la Iglesia, enemigos de todo error y de toda novedad. (Dom Prospero Gueranger)
Dios perdone las apostasias modernas y permita que la sangre derramada de sus mártires lleve nuevamente la Fe y la Verdad a las almas.

lunes, 5 de abril de 2010

Lo Natural, lo Digno, lo Degenerado

Se sienten ya las campanadas de la Pascua rompiendo el silencio sepulcral de la Pasión Cristo. La Sangre del Calvario y de la Sagrada Víctima alcanzó, en aquél supremo acto de amor y de dolor, la Redención posible de toda alma. La Redención posible, ese es el terreno en que se pasa toda la vida, en que los hombres le disputan a Dios o nó el señorío sobre sí mismos.
Todo hombre fue creado para el Cielo, teniendo de Dios cuanto le pueda ser necesario para salvarse. En la vida de cada hombre, de las naciones, de las civilizaciones y del mundo queda plasmada la agradecida y serena aceptación de aquella Sangre redentora o su orgulloso rechazo. A eso queda reducida toda la historia humana, a besar las huellas del Cordero de Dios o a escupir su rostro como aquellos que quisieron su muerte.
Estamos en cercanías del Calvario redentor y de la Pascua verdadera. En esas cercanías se enrarece el ambiente de las noticias con casos escandalosos de sacerdotes, en varias partes del mundo, de moral degenerada.
La prensa disfruta del espectáculo de ver por tierra a quienes habrían de vivir y defender la virtud, de quienes personal e institucionalmente deberían atacar siempre los postulados del mundo.
¡Asombrosa es la rareza! Se queja indignado el mundo de que esos sacerdotes hagan los pecados que hace el mundo y que el mundo defiende. El mundo pide las libertades más amplias para las inmoralidades más degradantes que puedan concebirse a la vez que denigra a los sacerdotes inmorales y degradados porque hicieron esas inmoralidades.
Arrinconada por lo penoso y vergonzoso del espectáculo y por la burla social ¿Qué hace la Iglesia Oficial? Le pide perdón al mundo. Perdón al mundo en vez de pedirlo a Dios. Le pide perdón al mundo que propugna, defiende y propaga esos vicios, porque sus sacerdotes hicieron lo que el mundo hace.
¿Qué le ha pasado a ese Clero? Los siglos de la historia han enseñado siempre la misma verdad: Cada vez que disminuyó la marca en el termómetro de la Fe y del fervor religioso, inversamente creció el del paganismo y sus lacras. Esa es la realidad contemporánea.
Pero ¿Y el Clero? ¿No habrá de ser distinto en él? Claro que sí, a no ser que las órdenes fueran otras y sí lo fueron.
Desde Vaticano II (1964) la cantinela es la de la apertura al mundo. Esa es la diferencia. La Santa Iglesia siempre combatió los postulados del mundo y sus malas costumbres, siempre quiso convertirlo pero no en la pista de baile. Desde Vaticano II se implantó la costumbre de mundanizar al Clero para que el mundo no lo rechazara. “-Dejen la sotana y con ella la modestia religiosa; ya no haya distancias en el trato; ablanden las Reglas que les hacían llevar una vida más sufrida como sufrida fue la de Cristo; diarios, televisión, cine e internet porque hay que estar informado (aunque diga la Sagrada Escritura: “No hay nada nuevo bajo el sol”, Ecles. I, 10) y aunque el saber lo malo muchas veces induzca a hacerlo. Decía San Bernardo que saber lo malo no es saber sinó ignorar.
Pusieron al Clero en el pantano y a dar brazadas; ahora huele, apesta y descompone.
Vayamos a los principios.
Todo está encerrado en la aceptación o en la negación del Pecado Original. Si no lo hubo todo es bueno, nada es malo, nada peligroso, no hay pasiones en desorden ni inclinaciones que haya que corregir; si en cambio sí lo hubo razón de más tuvo la Santa Iglesia de formar las virtudes en su Clero y mantenerlas en él con las prácticas y la disciplina de la vida sacerdotal y religiosa.
Aquí llegamos al título de este artículo: Lo Natural, lo Digno, lo Degenerado.
Lo Natural. Ya no hay natural en el hombre como salió de las manos de Dios. El Pecado Original no destruyó nuestra naturaleza como lo quiso Lutero pero sí la hirió, la degradó, le dejó inclinaciones que no son las de Dios (“Siento en mis miembros una ley contraria a la Ley de Cristo”, Rom. VII, 23); la privó de aquellos Dones gratuitos del Paraíso Terrenal (la inmortalidad, la ciencia infusa, el control de las pasiones) y la dejó herida en sus capacidades naturales (la ignorancia en la inteligencia, el desorden en las pasiones, la enfermedad y el cansancio en las fuerzas físicas, la voluntad debilitada para el bien).
Desde el pecado original ser bueno no es imposible pero supone lucha y esfuerzo (“Yo reduzco mi cuerpo a servidumbre”, I Cor. IX, 27; “Si alguien quiere venir en pos de Mi niéguese a si mismo”, S. Mt. XVI, 24). De allí que si la sociedad en la cual se mueve el hombre le ofrece un ambiente insalubre en su moral y lleno de malas ocasiones tanto más difícil será ser bueno aún valiéndose de los medios de la Gracia y del esfuerzo del combate cristiano.
¿Qué sucedería si quitáramos importancia a ese combate y la eficacia a los medios sobrenaturales?
No se vería la inmoralidad como un peligro, ni la ocasión como un riesgo, ni las armas servirían aún en el caso de usarlas.
Esto no es más que una foto del panorama actual de la Iglesia Oficial. Le dijeron al hombre y a su Clero: “- Tus inclinaciones son naturales, el mundo es bueno no le temas ni te apartes, tienes que estar informado, válete de los medios modernos que te ofrecen, tu también eres del mundo, vive como él, la maldad no está en la cosa, ni en la moda, ni en la costumbre sinó en la intención que tu pongas”.
Han hecho con el cristiano y sobremanera con los sacerdotes y los religiosos, y esto durante los últimos cincuenta años, lo mismo que han hecho en ciertas democracias contemporáneas que parecen hacer todo lo posible para sucumbir: La destrucción y reducción sistemática de sus ejércitos. ¿Por qué decimos esto? ¿Por afán militarista? No señor, por sentido común. Todo cuerpo tiene anticuerpos que le defienden de los agentes patógenos y enfermantes que pueden atacarle. No atacar es ser pacífico, pero no defenderse o no estar preparado para hacerlo es suma imprudencia. No se trata de defenderse de la maldad del vecino, quien puede ser bueno, sinó de aquél que eventualmente puede ser malo como toda la historia de los hombres lo enseña. Los países menos beligerantes de la tierra, como Suiza, tienen ejércitos eficaces, suficientes y bien pertrechados. ¿Qué buscamos decir? Buscamos poner un ejemplo entendible que podamos aplicar a nuestro tema. Vayamos a él.
¿Qué cualidades debe reunir un buen soldado?: Instrucción (en su inteligencia para saber su oficio); Ejercicio (saber ejecutar eficazmente lo aprendido); Vigilancia (de nada serviría lo anterior si el ataque le sorprendiera sin estar en guardia “cuando el hombre fuerte armado cuida su casa entonces están en paz las cosas que posee, si alguien más fuerte llegare y le venciere y le quitare las armas en las cuales confiaba entonces repartiría sus despojos”, S. Lc. XI, 21.22); Carácter (las virtudes que lo hacen recio y que rigen el uso de las armas).
Las mismas cualidades valen para el varón cristiano y sobretodo para el Clero, nó por nada dijo el Patriarca Job “la vida del hombre sobre la tierra es milicia”, Job VII, 1: Instrucción en la Fe y Doctrina verdaderas que por oficio debe saber y enseñar (“Id y enseñad a todas las gentes”, S. Mt. XXVIII, 19); Ejercicio de las Virtudes que hacen y mantienen cristiano al hombre no permitiéndose nada que pudiera apartarlo de Dios (“no queráis amar al mundo ni nada de lo que hay en él” I S. Juan II, 15; Vigilancia, estar en guardia contra el error y las ocasiones malas “vigilad no entréis en tentación…porque la carne es flaca” S. Mc. XIV, 38); considerar que entre los hombres los hay buenos, frágiles y malos. No hay nada cristiano en las costumbres que enseña el cine y la televisión, nada modesto en las modas que inundan las ciudades, los solteros se portan como esposos y los esposos como solteros, los gobiernos dejan matar niños y olvidarse de los mayores, la única moral es la moral impositiva aunque los impuestos provengan de los lugares indecentes; ya no hay lugares indecentes si el Estado puso su sello de aprobación, no importa cual sea el sujeto o el objeto del placer aunque sea el mas aberrante; Carácter que es la reciedumbre necesaria para defender el bien de Dios, de su Iglesia y de las almas y sobreponerse a sí mismo ya que todo hombre carga el lastre del Pecado Original que juega a hacerle traición. Todo esto resumido hace lo Digno que es ser según Dios o lo Degenerado que es despreciar su Ley. Cuando el hombre no busca ser bueno ya no cae en las faltas de los hombres sanos sinó en la corrupción de los degenerados.
Los escándalos actuales de tantos sacerdotes malos no son algo insólito entre los hombres del mundo sinó la moneda corriente. ¿Qué podemos esperar de ciudades en las que los hombres se casan con los hombres? Peor, ciudades en las que dicen que eso es un derecho tan grande como casarse como Dios manda. Las ciudades contemporáneas pululan de vicios que hasta da pudor nombrarlos.
El mundo odia a los sacerdotes de sotana y de vida austera, reniega de los que le señalan sus desvíos y de los que le enseñan una vida casta.
Ese mismo mundo se rasga las vestiduras ante la conducta degradada de sacerdotes caídos en los desvíos a los que el mundo quiere dar derecho, como si les dijera: “¡Inmundos, hacéis lo mismo que nosotros!”.
No es al mundo a quien hay que pedir perdón sinó a Dios por haber permitido e inducido tamaña degradación en los sacerdotes y religiosos. Les quitaron la instrucción, las virtudes, el celo y las armas y lloran ahora sus derrotas.
El Clero contemporáneo, sus sacerdotes y obispos no son más que un efecto natural de la destrucción sistemática y voluntaria de nuestra religión que ellos mismos hicieron, unos por indolencia y comodidad, otros por diabólica maldad.
Sólo el regreso inapelable a la verdadera Doctrina, a la Misa y Sacramentos de siempre, a la conducta intachable y virtuosa, a la vida de oración y a la oposición diametral a lo que el mundo quiere puede permitir que haya sacerdotes buenos y confiables (“porque no sois del mundo”, S. Juan XV, 19).
Esto es imposible de suyo dentro del ámbito de la misa nueva, de Vaticano II y sus reformas, ellos mismos no quieren las armas del Clero que ellos mismos destrozaron.
La corrupción cesa cuando cesan sus causas. Esto no es enfermedad de algunas células sinó una infección generalizada de un organismo débil que no quiere usar los remedios adecuados.
En las cercanías de la Pascua no pidamos imposibles. No pidamos que se comporte bien el Clero modernista. No podría hacerlo con males y sin remedios. Pidamos que cese el modernismo que como virus infeccioso todo lo que toca lo contagia. Sólo los medios que mantuvieron en pié dos mil años al sacerdocio pueden seguir haciéndolo, el resto es ilusión.
Santas Pascuas.

Patagonia Argentina, abril 2 del 2010.
+ Mons. Andrés Morello.

domingo, 7 de febrero de 2010

LA VERDADERA MISA EN EL CONFÍN DEL MUNDO


En la localidad de El Bolsón, situada en la Patagonia Argentina, en la Provincia de Río Negro se encuentra el seminario de la Compañía de Jesús y de María. Esta congregación se rige por la Regla y las Constituciones de San Ignacio, queriendo ser una restauración de la Compañía. Mantienen el oficio en coro, aceptan vocaciones religiosas de sacerdotes y hermanos. La formación supone dos años de noviciado y para los sacerdotes, se extiende ocho años más. Se puede ingresar a los 16 años.
Los sacerdotes, ya ordenados, aún los destinados al apostolado, mantienen la vida común, la Regla, la clausura dentro de sus casas religiosas y no viven solos, ni acompañados por sacerdotes ajenos a la Congregación.
Para pedir más informes:


Mons. Andrés Morello

C. C. 165 8430

El Bolsón Pcia. de Río Negro

Argentina

Seminario: Como llegar...

Esta localidad de la Provincia de Río Negro, debe su nombre a su peculiar forma geográfica: un valle abrazado por montañas que se asemeja a un bolso muy grande.
Desde Bariloche, se llega por la ruta 125 (hacia El Bolsón), en el km. 98 hay un cruce de caminos. Allí, tomar a la derecha, hacia "Mallín Ahogado". Por camino de ripio, a unos 11 km., se llega a la puerta del convento.
EL BOLSÓN
El Bolsón está situado en el extremo sur de la Provincia de Río Negro (casi en su límite con Chubut), a 7 km del límite con Chile. Se ubica a 125 kms al sur de Bariloche (Río Negro) y 170 kms al norte de Esquel (Chubut), sobre la Ruta Nacional 258, totalmente asfaltada.
Como llegar a El Bolsón
En auto
Desde el norte: por cualquier ruta hasta Bariloche (el camino más corto desde Buenos Aires es el que va por ruta 5 pasando por Santa Rosa), desde Bariloche por ruta 258 hacia el sur, son 125 km por ruta totalmente asfaltada y en excelentes condiciones.
Desde el sur: por cualquier ruta hasta Esquel. Llegando a Esquel por ruta 40, 10 km antes se dobla a la derecha (el cartel dice "a El Maitén"), a la izquierda se entra en Esquel. Continuamos por ruta 40 hasta el cruce con la ruta 258, por la que se llega a El Bolsón pasando por Epuyén y El Hoyo..Son 170 km por ruta totalmente asfaltada.
En micro o avión
Desde el norte: por cualquier empresa hasta Bariloche, desde la terminal salen micros a El Bolsón Desde el sur: por cualquier empresa hasta Esquel, desde la terminal salen micros a El Bolsón.
Aeropuertos más cercanos:
BARILOCHE - opera vuelos internacionales y de cabotaje. Existen frecuencias diarias desde los principales puntos del país. ESQUEL – opera vuelos de cabotaje de las líneas aéreas: LADE y Aerolíneas Argentinas.
En Tren:
BARILOCHE – En temporada alta existen 2 frecuencias semanales que comunican Bariloche con Viedma reduciéndose a 1 en temporada baja.