martes, 15 de mayo de 2012

Al Pan Vino y al Vino Pan


Al Pan Vino y al Vino Pan
“Sit autem sermo vester: Est, est; non, non; ut non sub juicio decidatis”
“Que vuestro hablar sea: Si, si; no, no; para que no caigáis bajo el juicio” (Epístola del Ap. Santiago cap. 5, v. 12; San Mateo cap. 5, v. 37)
       

1. Introducción.
            Empeñar la pluma es como abrir la boca, debe uno medir lo que dice y más lo que escribe porque ambas cosas comprometen al hombre delante de Dios ya que de las dos maneras, hablando o escribiendo, se puede decir verdad o error, se puede ejercer la caridad o faltar contra ella.
            El día lunes de la octava de Pascua, en el rezo del Oficio Divino (el Breviario), al comienzo de la tercera lección de Maitines que la Santa Iglesia toma de las Homilías del Papa San Gregorio Magno se lee esta frase en la que el Santo Papa comenta el encuentro de los discípulos de Emaús con Nuestro Señor y al cual invitan a pasar a la posada, ya que atardecía y se sentía el cansancio del día y de la marcha: “Sed quia extranei a caritate non poterant hi, cum quibus Veritas gradiebatur “; “No podían ser ajenos a la caridad aquellos con quienes caminaba la Verdad”. (San Ggregorio, Hom. 23 in Evang. Maitines de Feria secunda, infra octava Paschae, lectio 3, in ppio.). La afirmación es tajante, es de un Santo y de uno de los más grandes Papas de la historia de la Iglesia: No puede faltar a la caridad quien afirma la Verdad.
            Obligados por lo dicho trataremos de escribir acerca de la realidad que nos rodea y que de alguna manera nos atañe. Será necesario escribir de otros ya que la realidad humana siempre la conforman otros, a Dios de juzgar lo inocente o lo culpable de cada quien y, naturalmente, de dar el merecido premio o castigo; pero las cosas son como son y la Verdad es como es y de eso hablaremos en las líneas que siguen.
            Queremos indicar qué sucede y qué es eso que sucede, qué tiene de malo y por qué, qué comportamiento exige de nosotros.
2. Un preámbulo necesario.
            La realidad es como es. La misma historia, hecha de realidades, es como es y sucede como sucede o sucedió, independientemente de que yo la lea de alguien mentiroso o de alguien veraz.
            Las cosas son como son, tienen su realidad y su ser propio que nosotros conocemos con nuestros sentidos. Si las cosas pudieran hablar gritarían lo que son para que los que las pudieran conocer y entender supieran de ellas. Por eso quizás dice el Génesis que Dios mostró a Adán todo lo creado para que le pusiera nombre, es decir, para que viendo conociera y entendiera, y entendiendo nombrara  a las cosas (Génesis 2, 20).
            Hay allí todo un compendio de nuestra naturaleza cognoscitiva: Conocemos por los sentidos, formamos conceptos o ideas que son en nuestro interior la expresión misma de lo que percibimos y esto lo enunciamos en los términos o palabras. Decimos lo pensado y hemos pensado lo conocido que es lo que es. Breve, la idea corresponde a la realidad y las palabras expresan esas ideas de lo real.
            Si Usted reflexiona un momento se dará cuenta sin dificultad que si las palabras se falsean ya no dicen lo que la inteligencia conoció de la realidad.
            La palabra es esclava de la idea y ésta de la realidad.
            Tergiversar las palabras, vaciarlas de contenido o cambiarlas es afirmar distinto de lo que se conoce y decir algo que no corresponde con la realidad.
            Si lo decimos más difícil: La realidad tiene la verdad del ser, la inteligencia alcanza la verdad del conocer y la palabra enuncia la verdad del decir. Todo está en que lo que es, lo que se piensa y dice de eso, digan y sean la misma realidad.
            Si no pienso la realidad como ella es me equivoco, pienso mal.
            Si digo lo que me equivoco como verdadero, digo falso.
            Si digo que esto pienso pero en realidad no digo lo que pienso, entonces miento.
            Si se que digo falso, que digo mal, pero digo eso igual, miento más todavía.
3. Un ambiente general.
            Si Adán naciera de nuevo estaría completamente mareado. ¿Por qué? Porque los hombres piensan cualquier cosa de la realidad y dicen de ella lo que quieren y nó lo que es. Basten unos ejemplos de la sociedad contemporánea: La hombría o la femineidad ya no son una realidad biológica sinó una opción; un niño que los papás que le engendraron no lo quieren no es la víctima de un asesinato inminente sinó un embarazo no querido; si la mamá fue violentada, lo cual es soberanamente injusto, es preciso condenar a muerte al que quiere nacer sin culpa de su parte y sólo mandar a la cárcel por un rato al bruto apasionado.
            ¿Qué intentamos decir? Nó que la realidad está cambiada, la realidad es lo que es y no puede cambiarse con sólo cambiarle el nombre. Un aborto será siempre el asesinato de un inocente por más leyes humanas que lo llamen “embarazo no deseado”; Sodoma recibiría hoy de Dios el mismo castigo que recibió ayer; por eso dice San Pablo enumerando ciertos pecados que impiden la entrada al Cielo y entre los cuales nombra el de los homosexuales: “No poseerán el Reino de Dios” (I Carta a los Corintios cap. 6, vs. 9 y 10).
            Los que están cambiados son los nombres, están vaciados de contenido, están forzando para tener otro concepto atrás de la palabra tratando de modificar la realidad. A esto en filosofía le llamaríamos “nominalismo”, es decir que el nombre que le damos a la cosa no representa ya a la cosa, lo que decimos ya no correspondería ni a la idea ni a la realidad.
            Va de suyo que si yo le busco un nombre a esto en moral no le cuadran más que el de engaño o mentira. Vale el adagio popular “la mona aunque se vista de seda, mona queda”.
4. Lo mismo en el ámbito religioso y entre los mismos católicos tradicionalistas.
            La Religión no puede escapar a un ambiente apestado de irreligión a no ser que le oponga una doctrina esclarecida e inamovible y una virtud aún mayor. Baste el recuerdo de la conducta y doctrina admirables de San Atanasio, fidelísimo aún en medio de las persecuciones y destierros y hasta de las excomuniones de los otros obispos.
            Este nominalismo religioso, por llamarle de alguna manera, se ha insinuado, se ha filtrado dentro de la Doctrina Católica hasta presentarse como doctrina oficial de la Iglesia visible. Rodeados de ese ambiente de un catolicismo falseado, y al amparo de báculos y de mitras, los fieles aún católicos creen ver, a veces, religión donde sólo hay apostasía.
            Pondremos un sólo ejemplo. Cuando murió Juan Pablo II, la misa de exequias fue dicha por el entonces Decano del Colegio Cardenalicio, en su momento, el Cardenal Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI); al momento de dar la comunión, el primero que comulgó  fue un monje en silla de ruedas, era el Hermano Roger de la Comunidad Protestante de Taizé; el primero en comulgar fue un nó católico, un protestante bien conocido del Cardenal. En la moral católica de siempre esto se llama un “sacrilegio real” en materia gravísima, la más grave que puede darse. ¿Qué es para la iglesia nueva? ¿Es para algunos tradicionalistas algo gravísimo hecho por el Cardenal Ratzinger, o es algo que se olvida fácilmente para decir que él está a favor de la Tradición? ¿No están cambiadas las palabras? ¿No están vaciados los conceptos? ¿No es decir que es muy bueno el que hace muy mal?
            El ambiente general del mundo y de la iglesia oficial es un ambiente relativista, los contornos están desdibujados, ya lo malo no parece tan malo ni lo bueno tan importante. Todos hablan de San Pío X, este Papa grandioso ¿Habría dado la comunión al monje protestante? San Pio V ¿Qué diría de la conducta del Cardenal? No diga usted que era otra época; sí era otra Fe la de esos hombres y sabían respetarla.
5. ¿Cómo se llega a este ambiente en que todo es relativo?
            Por el derrumbe progresivo y constante de aquellas cosas que forman la estructura de la sociedad y de la religión.
            Tres cosas son las que caen bajo la picota: Los conceptos, las personas, las instituciones. Los conceptos se diluyen como ya dijimos, variando el contenido y dejando que los maestritos de la nueva fe digan lo que quieran, así la gente poco a poco va pensando completamente distinto. Las personas y las instituciones se diluyen y caen a pedazos gracias a los escándalos de ambas. El sacerdote, el religioso, eran antes hombres virtuosos que aún en medio de la inmoralidad generalizada brillaban como faros en un puerto seguro y allí podían confiarse niños y jóvenes para su formación. ¿Qué queda en pié después de los últimos escándalos conocidos? Pensará Usted que no todos son así, claro que nó, pero queda la duda o cabe la posibilidad. Los escándalos personales repetidos y multiplicados van minando las instituciones y creando o la desconfianza hacia ellas o la falsa necesidad de cambiarlas. No es el celibato lo que debe suprimirse sinó lo que debe vivirse y para eso tener y usar los medios que siempre usó la Iglesia y evitar los riesgos, los peligros, las ocasiones en las que cualquier virtud se vería puesta a prueba.
            Poco a poco va pasando y se va sintiendo en las sociedades lo que al final de las grandes guerras e invasiones, nada parece grave o no tanto.
            Recuerda esto aquellas palabras horrorosas, citadas por Cretineau Joly en “La Iglesia faz a la Revolución”, del famoso Carbonario de las Altas Ventas, Nubius, en carta a Víndice del 9 de agosto de 1838: “Popularicemos el vicio en las multitudes. Que éstas lo respiren por los cinco sentidos, que lo beban, que de él se saturen… Haced corazones viciosos y dejará de haber católicos… El mejor puñal para herir a la Iglesia es la corrupción”.
6. “Hágase su idea para sobrevivir”.
            Es la peor solución, pero sin embargo la que la gente elige. Si la correntada viene fuerte puedo seguirla, o puedo seguirla tratando de que no me ahogue, o puedo apartarme. La mayor parte de los hombres en la correntada social se deja llevar, es claro, parece más fácil disfrutar de las pasiones pensando que el buque no se hunde. Es pensar que la propia inmoralidad se desdibuja en el montón de los inmorales.
            Otros piensan que “se puede pelear desde adentro” sea en la política, sea en la vida social, sea en la religión. “Adentrotengo que admitir a los que me rodean y lo que hacen si quiero seguir quedándome adentro. Si dejo a los inmorales tarde o temprano ganan ellos porque la inmoralidad siempre es más barata y más fácil. Si es materia de religión o de moral será preciso admitir lo inadmisible o ser expulsado. Un ejemplo está sobrado: ¿Podré callar ante los sacerdotes que admiten la limitación de la natalidad? ¿O ante los sacerdotes inmorales? ¿Cuando el sacerdote que ayude a dar la comunión la de en la mano? ¿Cuándo celebre la misa nueva en el mismo altar en que se dijo la de siempre? ¿Habrá que acompañarlos a las mezquitas, a las sinagogas, a los encuentros ecuménicos o simplemente no podremos decir que todo eso está mal y que no es católico y que es odioso a los ojos de Dios?
            El pantano pudre hasta la mejor barcaza si no se la saca de él.
            Si alguien consiente a estar con ellos consiente a no hablar mal de ellos.
            Es una ilusión torpe pensar que la Misa de siempre basta por sí misma para impedir el mal. Si fuera así, cuando la única Misa era la de siempre ¿Por qué no alcanzó para impedir el modernismo o a Lutero o a Calvino? ¿Por qué si alcanzaba, la Santa Iglesia instituyó a la Sagrada Inquisición? La presencia de Cristo Nuestro Señor en el Templo bastaba para evitar y destruir a los mercaderes pero empuñó el látigo para darnos un ejemplo (San Mateo 21, 12).
7. Dos aplicaciones tomadas de la realidad.
            Metamos más el dedo en la llaga para que quede en claro la infección que aqueja a la realidad y la urgencia de limpiarla.
            a. El lenguaje de la iglesia oficial.
            b. El lenguaje y la conducta en la Tradición de la Iglesia.
           
a. El lenguaje de la iglesia oficial.
            Los que maniobraron durante Vaticano II no eran sacerdotes recién ordenados.  La discusión sobre la Libertad Religiosa en las reuniones preparatorias que se desarrollaron durante dos años antes del Vaticano II, no fue una discusión entre dos jóvenes teólogos sinó entre el Cardenal Ottaviani, Secretario del Santo Oficio, quien afirmaba la tolerancia religiosa y el Cardenal Bea quien propugnaba la Libertad Religiosa. Ambos eran ya hombres mayores. ¿Qué intentamos decir? Decimos que los que comenzaron y continuaron defendiendo la nueva doctrina opuesta a la de siempre no eran ignorantes de lo que siempre enseñó la Iglesia. No lo ignoraban sinó que simplemente pensaban y piensan distinto. Parece algo de poca monta pero las líneas siguientes mostrarán su gravedad.
            No se puede pensar distinto que la Santa Iglesia en materia de Doctrina o de Moral y ni siquiera en las Leyes Litúrgicas cuando son promulgadas con la intención de obligar a los católicos a su cumplimiento.
            Los maestros de la nueva doctrina son los profesores de los seminarios de la misa nueva, los obispos y cardenales, Benedicto XVI. Esa nueva doctrina distorsiona los conceptos cambiándolos de contenido o admite la validez de lo contrario a la vez que afirma lo de siempre. Es exactamente lo denunciado por el Papa San Pío X en la Encíclica Pascendi al hablar de la técnica de los modernistas: “Y como una táctica, a la verdad, insidiosísima, de los modernistas (así se los llama vulgarmente y con mucha razón), consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sinó dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes” (Pascendi, Encíclicas Pontificias, Editorial Guadalupe, Tomo I, pág. 782, nº 3).
            El Osservatore Romano en su edición Digital (Internet) del 27 de octubre del 2011 trae un artículo llamado “De Asis 1986 a Asis 2011, el significado de un camino”. Este artículo está firmado por el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano y trae citaciones tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI. Sabido está que estos encuentros de Asís reunieron allí, para rezar por la paz, a más de un centenar de líderes de otras tantas religiones y, en el del 2011, inclusive representantes agnósticos, es decir, que no creen en ningún dios y que enseñan que no puede creerse.
            Dice  en su artículo el Cardenal Bertone (párrafo 8), comentando a Juan Pablo II: “El relativismo o el sincretismo, en efecto, terminan destruyendo, en vez de valorizar la especificidad de la experiencia religiosa.”
            Digamos brevemente qué significan los términos para entender qué dice el Cardenal.
Relativismo: Doctrina según la cual el conocimiento humano sólo conoce relaciones sin llegar nunca a lo absoluto.
Sincretismo: Doctrina religiosa que procura conciliar religiones diferentes. (Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana, Sopena, t. 3, 1956).
            Entonces ¿Qué dice el Cardenal? El relativismo es que toda religión vale. El relativismo al aceptar todas niega a todas, en vez de valorizar a todas, como hacemos en Asís, y eso es relativismo. Es decir afirma y niega lo contrario pero de tal manera que mucha gente no lo ve.
            Pongamos la misma doctrina expresada por Benedicto XVI en el mismo párrafo del Cardenal: “Es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que son propios de las diversas religiones. Esta fue la opción que se hizo en 1986 (1er. Encuentro de Asís con Juan Pablo II) que sigue siendo válida también hoy”
            Si bien entendemos es válida la opción de que cada quien rece según su propia religión.
            Comparemos esto con la enseñanza de S. S. Pio IX: “De esta torpísima forma de indiferentismo no dista mucho aquél sistema salido de las tinieblas, de la indiferencia acerca de las religiones, porque los hombres ajenos a la verdad y adversarios de la verdadera confesión, olvidados de la salvación, enseñando cosas contrarias entre si y no teniendo nunca una sentencia firme, no admiten ninguna diferencia entre las diversas profesiones de fe y hacen la paz indistintamente con todos y pretenden que a todos, cualquiera sea su religión, les está abierto el puerto de la Vida Eterna… Bien véis, amados hijos nuestros y Venerables Hermanos, cuanta vigilancia tenéis que emplear para que el contagio de tan cruel peste no inficione y pierda nuestras ovejas” (Encíclica Singulari quídam del 17 de marzo de 1856, ob. Cit. T. 1, pág. 124, nº 1).
            Las reuniones de Asís han sido actos de indiferentismo religioso, cada quien rezó a su manera y a su dios; y actos propiciados y patrocinados por el Vaticano. Fue la invitación expresa de que cada uno fuera a rezar con sus oraciones a su propio dios por la paz.
            El Syllabus de S. S. Pio IX condena el siguiente error: “Es efectivamente falso que la libertad civil de todos los cultos y el pleno poder otorgado a todos, de manifestar abierta y públicamente todas sus opiniones y todos sus pensamientos, precipite más fácilmente a los pueblos en la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propague la peste del indiferentismo” (Syllabus, proposición condenada nº 79, ob. Cit, pág. 168 y alocución Numquam fore del 15 de diciembre de 1856.
             Es decir que justamente la libertad de culto precipita más fácilmente a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaga la peste del indiferentismo.
            Benedicto XVI en el Mensaje a Mons. Doménico Sorrentino del 2 de septiembre del 2006, Osservatore Romano en lengua española del 15 de septiembre del 2006, en su página 6, respecto al encuentro de Asís dice: “La convergencia de personas diversas no debe dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de la verdad y la posibilidad de alcanzarla”.
            Es exactamente lo contrario a lo enseñado por S.S. Pio XI en la Encíclica Mortalium Animos del 6 de enero de 1928 en su nº 2: “(Algunos) Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello la esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes, e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, a cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión”… Nº 3: “Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables… Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sinó también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y al ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.” (Enc. Pont., ob. Cit. T. 1, pág. 1114, num. 2 y 3).
            ¿Qué buscamos decir? Que los que afirman estas doctrinas contrarias a lo que siempre enseñó la Iglesia sabían y saben bien que dicen algo contrario aunque disfrazado bajo la afirmación de una verdad que o la niegan con los hechos o torciendo los argumentos como vimos en los párrafos anteriores.
b. El lenguaje y la conducta en la Tradición de la Iglesia.
            Claro está que no queremos meter a todos en el mismo renglón, sinó hablar solamente de aquellos que defienden lo indefendible bajo una apariencia de integridad doctrinal. Si la doctrina es íntegra exige entonces el rechazo del error y del que yerra en la medida en que éste es maestro del error.
            Poco a poco los distintos grupos tradicionalistas que defienden la ortodoxia católica van siendo incluidos y anulados dentro del aparato de la iglesia oficial. Esta inclusión es posible por dos razones:
            - Cuando los modernistas de la iglesia oficial afirman cosas contrarias dichos tradicionalistas consideran solamente lo que está de acuerdo a la doctrina de siempre y no lo nuevo y lo opuesto, como si hablaran con dos personas distintas.
            Pongamos un ejemplo: “Ratzinger autorizó al misa de siempre” pero no dicen que a condición de aceptar como legítima a la nueva misa y teniendo la tradicional sólo como rito extraordinaro.
            -Porque se cree siempre en la buena intención de los demás, aunque sea manifiesta su intención contraria. Abundarían las afirmaciones de su Excia. Mons. Bernard Fellay o del Padre Franz Schmidberger acerca de las buenas intenciones de Benedicto XVI. Traigamos a colación nó las de ellos sinó una del Padre Alain Nely asistente de la Fraternidad San Pio X y otro de un periódico tradicionalista de Argentina.
            El domingo 17 de marzo del 2012 el Padre Alain Nely, de regreso de Roma y de paso por  Toulouse (Francia) afirmaba respecto a la inminencia de los posibles acuerdos: “Las puertas nos están abiertas de par en par… Será una proposición óptima… Será un gran acontecimiento para toda la Iglesia”. En cambio el Cardenal Ratzinger escribía en 1982, hace treinta  años, refiriéndose a los tradicionalistas: “Tenemos que cuidarnos de minimizar estos movimientos. Sin lugar a dudas, ellos representan un celo sectario que es la antítesis de la catolicidad. No podemos resistirlos de forma suficientemente firme” (Principes of catholic theology, Ignatius Press, 1987, pág. 389- 390).
            Por otro lado en la Lista Roma Aeterna, se cita al columnista de Panorama Católico  Sr. Marcelo González (Roma Aeterna, martes 8 de mayo del 2012, 18:43 hrs) quien, haciendo referencia a posibles reacciones dentro del clero conciliar acerca de un posible arreglo entre el Vaticano y la Fraternidad San Pio X dice (nº 1 párrafo 4): “Y de esta tarea de aguar el vino, se encargarán los capataces y administradores regionales de la bodega (monseñores y autoridades eclesiásticas), porque el gerente general, el Papa Benedicto, es evidente que quiere y necesita este vino de alta calidad para salvar la bodega. Ya se, no se apresuren, él también es uno de los responsables de haber bajado la calidad del vino, hasta casi agriarlo y hacerlo no apto para el consumo humano, pero rescatemos, aún dentro de la contradicción que es un buen hombre que siente el peso y la gravedad de la hora y asume el tremendo riesgo, incluso al punto que tal vez los capataces lo tiren dentro de la vasija y lo ahoguen”.
            Es la expresión acabada de un estado de espíritu que se llama Liberalismo y para el cual el malo siempre es bueno y bien intencionado, es como una debilidad psicológica en la cual el sentimiento gana sobre la inteligencia y la subordina.
            Benedicto XVI es un “buen hombre” que quiere el bien de la tradición. No es cuestión de bodegueros y de vinos más o menos aguados, la Doctrina y la Moral no son un artefacto de goma que puede estirarse y retorcerse hasta perder su entidad. Es juzgar algo sobrenatural y sagrado con medidas humanas y naturales.
            - Benedicto XVI ejerció en Asís el más profundo indiferentismo religioso.
            - Llama a la Gaudium et Spes de Vaticano II “una especie de anti-Syllabus” (Teoría de los ppios. Teológicos, wewel verlag, Munich 1982, Herder, Barcelona 1985, pág. 457.
            - Dice de Jesucristo: “Jesucristo pudo ser revelador precisamente porque Dios se le reveló” (Idem, ob. Cit., pág. 141). Si Dios se le reveló ¿Él era Dios?
            Otra vez, ¿Qué queremos decir? ¿Es realmente Benedicto XVI “un buen hombre que siente el peso de la hora”? ¿No es forzar las palabras y llamar oveja al lobo?
8. Afirmemos algunos principios.
            La inteligencia es como todas las cosas, tiene ella una naturaleza propia. No es un ser independiente de nosotros sinó una facultad nuestra que es lo que es y funciona en consecuencia. Todos tenemos inteligencia, en todos es igual y en todos funciona de la misma manera, con el mismo objeto y con los mismos medios. Ser más o menos inteligente es accidental, como dos autos que funcionan y que no les falta nada pero uno es más caro q            ue otro, más rápido o elegante; auto al fin.
            La inteligencia es la facultad de la verdad, con ella alcanzamos la verdad de las cosas, lo que ellas son. De alguna manera es la que nos permite vivir porque no nos bastan los sentidos. Está hecha para la verdad, porque por ella conocemos el ser de las cosas, lo que son y eso es la verdad.
            Entonces lo natural para la inteligencia es moverse en la verdad.
            Siendo así, es más fácil defender la verdad que el error ya que la verdad es connatural a mi inteligencia y a la ajena y el error es justamente antinatural. Dirá Usted que es natural “equivocarse”. Nó Señor, no es natural sinó frecuente, como el auto bueno que se rompe por el mal uso. Si nos equivocamos es o porque nos apresuramos, o porque los datos aportados  a la inteligencia no fueron correctos. Ella siempre funciona bien, depende del combustible que le dan o de la imprudencia en su uso. La imprudencia no es una falla estructural de la inteligencia sinó una virtud faltante y eso es del orden moral o el material suministrado para que ella pensara fue erróneo o falso
            Ahora bien, si yo percibo que no tengo razón pero quiero tenerla por un prejuicio o por el orgullo herido que no quiere sufrir la humillación de la derrota o del equívoco o simplemente porque soy malo y quiero llevar a los demás al error, entonces para conseguirlo debo forzar y torcer los argumentos.
            Si me equivoco es error. Nadie se equivoca a sabiendas. Si me equivoco a sabiendas entonces sé cuál es la verdad y sin embargo digo, escribo o enseño otra cosa y ya no estoy equivocado sinó mintiendo. Esto supone una perversión especial, una maldad singular, una efectiva perversión.
            No es la pasión que arrastra como el orgulloso a quien cuesta reconocer el error; es la conclusión forzada, forzosa, que contraría los términos, que no aguarda réplica ni la espera ni la quiere, que hace caso omiso de ella cuando se queda sin razones, que aprovecha que nadie le contraría.
            Apartarse de la verdad sabiendo que uno lo hace es además apartarse del Bien, y el error cuando se hace falso y engañoso escapa a la pura esfera de la inteligencia y trasciende a la voluntad de manera que la falsedad intelectual se hace mentira en la voluntad, en la lengua o en la letra.
            Volvamos al principio, al pan vino y al vino pan. No estamos en un ambiente cristiano, tratamos de no hundirnos en el pantano general, por la Gracia de Dios, pero estamos tan rodeados de pantano que nos acostumbramos a él. El ambiente inmoral o mentiroso acostumbra  a la mentira y al pecado, no hace necesariamente pecar, pero es tanto y tan repetido que ya no parece malo o tan malo.
            Es natural que esto cause, entonces, en los buenos o en los que quieren serlo, el error, o la confusión, o al menos el escepticismo y la inactividad. Me quedo encerrado, rezando, esperando al Apocalipsis y que nadie más se salve. ¿Quién salvará a los que no tienen ayuda de nadie? Eso no es ser cristiano sinó víctima de una personalidad pesimista, es lo más opuesto al querer de los Papas de siempre.
            En la Encíclica Sapientiae Christianae del 10 de enero de 1890 dice el Papa León XIII: “Cuando la necesidad apremia, no sólo deben guardar incólume la Fe los que mandan, sinó  que cada uno está obligado a propagar su Fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2, cuestión 3, art. 2, ad 2). Ceder el puesto al enemigo o callar cuando por todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombres cobardes, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Uno y otro es vergonzoso e injurioso a Dios; uno y otro contrario a la salvación del individuo y de la sociedad; provechoso únicamente para los enemigos del nombre cristiano porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos… Fuera de que el cristiano ha nacido para la lucha, y cuanto ésta es más encarnizada, tanto con el auxilio de Dios es más segura la victoria. Confiad Yo vencí al mundo (San Juan 16, 33). Y no oponga nadie que Jesucristo, conservador y defensor de la Iglesia, de ningún modo necesita el auxilio humano; porque, nó por falta de fuerza, sinó por la grandeza de su bondad, quiere que pongamos alguna cooperación para obtener y alcanzar los frutos de salvación que Él nos ha granjeado” (Enc. Pont. Ob. Cit., t. 1, pág. 400, num. 12y 13).
            El Ambiente general desdibuja al crimen y a los criminales, al error y a sus maestros, al engaño y a los mentirosos.
            Leamos al Padre Faber, aquél santo religioso del Oratorio  de San Felipe Neri: “El colmo de la deslealtad a Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, la cosa más abominable que haya a los ojos de Dios en este mundo maligno. ¡Pero qué poco comprendemos su odiosidad excesiva!... La miramos y estamos tranquilos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella, y no tenemos miedo. La vemos tocar las cosas sagradas, y no tenemos sentido de sacrilegio… Por no ser severa, nuestra caridad deja de ser veraz, y por no ser veraz deja de convencer… Donde no hay odio a la herejía no hay santidad”.
            Completemos la idea citando al gran teólogo dominico R.P. Fray Reginaldo Garrigou Lagrange: “El respeto de todas las religiones sean lo falsas o perversas que sean no es más que la orgullosa negación del respeto debido a la Verdad. Para amar sinceramente lo verdadero y el bien, es necesario no tener ninguna simpatía hacia el error y el mal. Para amar verdaderamente al pecador y contribuir a su salvación es preciso detestar al mal que está en él.” (Dios, su Ser, su Naturaleza, pág. 757).
            Finalmente aquél texto esclarecido de Menéndez y Pelayo en su Historia de los Heterodoxos: “La llamada tolerancia, es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas, de escepticismo o de Fe nula. El que nada cree ni espera en nada ni se afana y acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sinó de una debilidad o eunuquismo de entendimiento… No conozco en el mundo moderno papel más triste que el de esos teólogos conciliadores (mucho más triste cuando su persona queda autorizada y realzada por la mitra y el roquete), que cuando más empeñada arde la lucha entre Cristo y las potestades del infierno, en vez de ponerse resueltamente al lado de Cristo se colocan en medio, con la pretensión imposible de sosegar los dos bandos contrarios, de casar lo blanco con lo negro y de llegar a una avenencia imposible con la revolución, que, anticristiana por su índole, acaba por mofarse de tales auxiliares después de haber aprovechado y mal pagado sus servicios.”
           
            No creamos ni llamemos buenos a los que respetan a todas las religiones que no puede hacerse sin negar a Jesucristo.
            No creamos ni llamemos honrado al que nos dice que es bueno el que nos invita a un redil en donde todos han abdicado por tener que callar.
            No deja de ser mentiroso el que llama Cristo a Cristo y religión a la de todos los dioses. No deja de ser mentiroso el reza en latín pero llama bien intencionado al que excomulgó a los que defendían la Fe. San Pablo les decía: “Errantes y que llevan al error” (Segunda Carta a San Timoteo, 3, 13-14).

            Quiera Dios bendecirles y salvarles del veneno que se insinúa como elixir de bondades.
                                              Patagonia Argentina, 8 de mayo del 2012.
                                              Fiesta de Nuestra Señora de Luján.

                                                            + Mons. Andrés Morello.

domingo, 8 de abril de 2012

La Realidad y sus figuras

“Muchos pastores han destrozado mi Viña; pisotearon mi propiedad, transformaron mi porción en una espantosa soledad” (Libro del Profeta Jeremías cap. 12., v. 10).

Hace tiempo que la pluma estaba quieta, al menos en estos rubros, pero nó porque ella no quisiera devorar al papel y hacer brotar en él los conceptos, las ideas, las verdades. Si uno considera el panorama visible, audible y legible de la iglesia oficial, si uno escucha la cadencia de sus actos, su orientación y sus efectos no puede dejar de concebir una multitud de ideas, o de escribir cientos de hojas; pero todas parecerían atrasadas ya que los cambios no dejan de sucederse día a día.
Aún en su realidad pasajera y temporal la Santa Iglesia Católica tuvo siempre algo de estable, de sólido y eterno en sus acciones, en sus palabras, en sus fines, en sus ritos y aún en el obrar sucesivo de sus jerarquías.
A diferencia de esa serenidad de siglos, serenidad que no fue absurda inmovilidad porque consiguió hacer al mundo cristiano, contrasta en la iglesia oficial de este último medio siglo una realidad cambiante, una variable incesante. La iglesia oficial se mueve como un alma tentada que no sabe reaccionar bien, sin paz, sin reflexión, sin hacer pié, de tumbo en tumbo.



¿Que no es tanto el cambio? Cambiaron las consagraciones de obispos, las ordenaciones sacerdotales, redujeron el número de las órdenes sagradas, cambiaron la misa, el ritual y el breviario; modificaron los procesos de canonización y beatificación; las horas del ayuno eclesiástico; alteraron el santoral, y de algunos santos conocidos se atrevieron a decir que no existieron; cambiaron reglas y constituciones de las órdenes religiosas; cambiaron palabras esenciales del Credo de Nicea por palabras arrianas que fueron condenadas en Nicea; aceptaron a los anglicanos en la iglesia sin reordenar sus sacerdotes que eran inválidos según definición de S.S. León XIII y manteniéndoles su libro de oraciones del obispo hereje Crammer.



Hemos señalado solo algunos cambios, todos los obrados necesitarían toda una colección con el riesgo de olvidar algunos. Aún así, en medio de esa catarata de cambios que merece centenares de artículos y que ya tuvo muchos, curiosamente, hay algo permanente, estable, inamovible: La dirección invariable que rige esos cambios. No creo que podamos decir que todos los tripulantes de esa nave sepan que buscan un torbellino, ciertamente nó, pero los que hacen los cambios, los que los organizan y ejecutan no pueden no saberlo. Hay puestos que no admiten torpeza.



- Pero, “¡Roma ha hecho gestos a favor de la Tradición, reconoció por fin que la Misa de siempre, la de San Pio V, nunca estuvo prohibida. Usted exagera!”
Es cierto que reconocieron el derecho a no ser mala ni prohibida de la Misa Católica de siempre, la que la Santa Iglesia celebró durante 17 siglos o más. ¿No le parece a Usted casi un absurdo que se reconozca lo evidente? ¿Peor aún, que se reconozca que lo evidente es sólo evidente de manera extraordinaria?



-“Bueno, dirá Usted, pero, algo es algo, bastante que nos dan la Misa que, en definitiva, es por lo que peleábamos”.
Nó Señor, la Iglesia no peleaba sólo por tener y mantener la Misa de siempre, la instaurada por Jesucristo mismo; la Iglesia pelea por sobrevivir a los cambios generalizados que están haciendo y que conducen a la destrucción de la Fe, a la instauración de una nueva iglesia, de una religión cómoda para todo hombre menos para los católicos. Es la instauración de una iglesia saducea, como aquél partido religioso de los tiempos de Cristo, los acomodaticios al gobierno de turno en el mundo, que no creían en la resurrección, cuya vida se vivía aquí en la tierra y nada más. Es necesario un microscopio para llegar a ver en las encíclicas y discursos emanados de la Roma actual una referencia siquiera a la vida eterna, a la Gracia, a la vida sobrenatural, a la necesidad del Bautismo y de la Fe para poder salvarse. “Id y bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, quien creyere y se bautizare se salvará, quien no creyere y no se bautizare se condenará” (S. Mateo 28, 19).
Tener sólo la Misa y de forma extraordinaria, tener la misa nueva y de manera ordinaria, habitual y permanente es aceptar algo que se aleja de manera impresionante de la teología católica de la Misa (Breve examen crítico).
Es evidente que la Misa de siempre tiene derecho. La que no tiene derecho a la existencia es la misa nueva, la nueva teología, la nueva religión que quieren instaurar. Nos dejan decir la Misa de Jesucristo sólo si aceptamos la misa de Bugnini; la de siempre tiene derecho si Usted admite la de ahora que tiene para ellos más derecho que la de siempre.


-“Pero, Usted no entiende, si la Misa tiene libertad, si la Tradición entra en la Iglesia, la iglesia oficial se convertirá”.
No sólo no es cierto sinó que la afirmación es engañosa y mentirosa. Es engañosa porque ignora el concepto católico de la Iglesia. La Iglesia es Tradición, es Ella la que siempre y en todo lugar enseñó la misma Verdad y Doctrina ¿Cómo podemos decir que la Tradición podría así entrar en la Iglesia? La Iglesia no puede carecer de la Tradición, es su sangre, su entidad propia y permanente. Si no la tiene, si le falta, entonces eso no es la Iglesia de Jesucristo sinó el engendro conciliar que nos quieren hacer reconocer. Más todavía, aquella afirmación es mentirosa. La Misa católica por santa que es o que fuere no tiene porqué destruir por si sola el error, la herejía o el modernismo. Vaticano II fue el comienzo de los males y durante todo Vaticano II se celebró la Misa de siempre. Si la Misa basta y sobra para convertirlos ¿Por qué no impidió el mal durante Vaticano II? Porque no es suficiente. Misa, Doctrina, Validez de Sacramentos como medios eficaces de la Gracia y vida cristiana, todo eso y todo junto sí pueden contra el modernismo. Nó que la Misa no importe, pero nó sin lo otro. El diablo no tiene ni la Fe ni la Gracia pero sabe qué creemos los cristianos, qué necesitamos y qué nos hace mal. Un musulmán no necesita tener la Fe para odiar a la Santísima Trinidad. Roma modernista sabe qué puede hacerle mal y qué no por eso acepta al bien si nosotros aceptamos el mal; perdona a los que no pecaron por ser fieles si perdonamos a los que quieren seguir infieles, nos deja doblar a Dios la rodilla en la Misa de siempre si también la doblamos en la Misa nueva y si les damos más derechos que los nuestros. San Gregorio VII dijo antes de morir “Amé la justicia y odié la iniquidad”, aquí quieren que digamos “Amé a las dos y más a la iniquidad”.


Nos hemos alejado voluntariamente del cometido inicial porque parecía necesaria la explicación dada.
Volvamos al punto que nos importaba: La dirección invariable que rige los cambios.
No estamos sólo ante una Misa cambiada, estamos ante otra religión, una religión indiscriminada en donde todo tiene cabida, aún la Tradición pero en pié de igualdad con todo lo otro y aún un escalón más abajo.
Todo tiene lugar allí y quizás peor. Poco a poco la iglesia nueva va girando su realidad hacia la figura. ¿Qué queremos decir? Para la Fe católica todo el Antiguo Testamento no es más que figura del Nuevo Testamento, sus Santos, Profetas, Patriarcas hallan toda su santidad, sus anuncios sobrenaturales y su autoridad en la realidad del Mesías por venir. Jesucristo vive latente en las páginas del Antiguo Testamento desde la promesa del Redentor en el Génesis (Génesis 3, 15). Nada tiene sentido en el Antiguo Testamento sin Jesucristo Mesías y Redentor.
Las actitudes y discursos de los pontífices de la misa nueva remarcan la figura como si ella fuera la realidad y nuestra Fe solamente su eco y resonancia. Paulo VI vistiendo el efod del Sumo Sacerdote judío; las visitas a las sinagogas; la absolución inválida del deicidio que desde San Pedro todos los Papas y los Santos consideraron el crimen más grave de la historia “Vos autem interfecistis Auctorem vitae” “Vosotros empero matasteis al Autor de la vida” (Actas 3, 15); las oraciones de los nuevos pontífices ante el muro de los lamentos. Se agrega ahora la explicación de los gestos sobrenaturales de Jesucristo como enmarcados en la religión judía y sin la cual sus obras no tendrían sentido.
El 25 de enero del 2012 Benedicto XVI en su catequesis de la Audiencia General afirmó que para entender la oración sacerdotal de Jesucristo en la Última Cena es necesario situarla en la fiesta hebraica del Yom Kippur (Día del Perdón). A continuación el texto oficial del Vaticano (VIS 120125, jueves 26/1/2012)
El texto contiene dos errores que aquí señalamos:
1º “Para comprender esta oración en su extrema riqueza es preciso situarla en el contexto de la fiesta hebraica de la expiación del Yom Kippur”.
2º La glorificación que Jesús pide para si, como Sumo Sacerdote es el ingreso en la plena obediencia al Padre una obediencia que lo conduce a su plena condición filial”.
Vayamos por partes para bien entender.


1º No se entiende la oración sacerdotal de Cristo sin situarla en el marco o contexto del día de la expiación o perdón (Yom Kippur) de los hebreos.


¿Qué es esa fiesta hebraica? Dejemos hablar al rabino Philip S. Berstein en su opúsculo “Lo que los judíos creen”, editado en Buenos Aires con traducción de Miriam S. de Varon e introducción de su esposo el Ingeniero Jaime Varon Modiano en su pág. 23 y siguientes:
“El Año Nuevo judío principia en el temprano otoño. Sus observanzas difieren mucho en espíritu, de las celebraciones alrededor del primero de enero, porque es precedido de un periodo de diez días de penitencia que culminan en el ayuno del día del Yom Kippur (pág. 23)… El interés espiritual de Yom Kippur es nuestra maldad humana, pero ¿qué es pecado? Para contestar esta pregunta hemos de voltear a ver la balanceada interpretación judaica de la naturaleza del Hombre. En una mano, en la tradición judía no hay santos perfectos. Aún a Moisés el judío más grande de todos los tiempos, le fue negada la entrada a la tierra prometida porque desobedeció a Dios. Jacob en las etapas tempranas de su vida era egoísta y astuto, y aún así su nombre fue cambiado por el de Israel y se convirtió en el progenitor de su grey (pág 24)… El judaísmo en la otra mano no ve al hombre como pecador innato y depravado. Nuestras inclinaciones son consideradas buenas porque Dios nos las dio. El matrimonio no es considerado como una especia de concesión limitada a la naturaleza malvada, sino como la satisfacción de los maravillosos sentidos que Dios nos ha dado. Así es que el ascetismo es raro. No hay ermitas, ni retiros a monasterios. El celibato no es requerimiento de los rabinos. No solamente las necesidades humanas sino la Ley Divina, dice el poeta medieval, Gabirol, insisten en que se dé cumplimiento a cada facultad humanamente hablando. Uno de los más nobles documentos éticos del judaísmo, el Bachya del siglo once, “Deberes del Corazón” dice, “En el día del Juicio cada hombre va a ser llamado para dar cuenta de todo placer y diversión inocente que se ha negado o privado”. Dice que el sexo ha producido el amor, el matrimonio, la familia y la perpetuación de la especie. Sin instinto posesivo, ellos claman, no se hubieran construido casas, ni los campos se hubieran arado (pág. 25)… En Yom Kippur Dios perdona nuestros pecados contra El, pero no los males que les hemos hecho a nuestros hermanos. Actos de penitencia restitutiva pueden solos limpiar el camino hacia la gracia Divina… En el ritual de Pascua, la cabeza de la casa levanta el pan sin levadura y recita: Este es el pan de aflicción, que comieron nuestros padres en tierra de Egipto. Que todo el que esté hambriento entre que coma. Que todo el que no tenga entre y pascue (pág. 26)… El judío no tiene explicación teológica y general para el pecado tal como la ofrece el cristianismo en la doctrina de la caída del hombre. Llegar a cometer pecado es en la religión judía algo para lo cual el hombre no está destinado, a causa de su destino preordenado” (pág. 29).

Queda Claro que no son esos los sentimientos de Nuestro Señor en la Última Cena.
Aún cuando fuera la expresión de sentimientos piadosos verdaderos, las festividades que figuraban lo que vendría no son las que dan sentido a lo anunciado sinó que en eso alcanzan plenitud. Así entonces la Pascua judía es símbolo de la cristiana y no viceversa.

2º La glorificación que Jesús pide para Si
es el ingreso a la plena obediencia al Padre
que lo conduce a su plena condición filial.

Brevemente pide:
-su ingreso a la plena obediencia al Padre
-que lo conduce a su plena condición filial


Entonces, según esto, Jesucristo está pidiendo algo que no tiene o nó plenamente:
-La plena obediencia
-Su plena condición de Hijo



Dicho así y así entendido es esto un grave error teológico opuesto a la entidad misma de Nuestro Salvador.
Para hablar justamente de Nuestro Señor es preciso hacerlo respetando siempre su condición de Verbo Encarnado. Ante Jesucristo Nuestro Señor no estamos sinó delante de un ser único e inigualable, una única persona, la del Verbo de Dios, unida substancialmente a la naturaleza humana de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre pero sólo Persona divina en El y nó persona humana. Por eso, hablando desde su divinidad dirá “Yo y el Padre somos una misma cosa” (S. Juan 10,30).
Delante de Jesucristo estamos delante de algo infinito a no ser en lo que tiene de humano, cuerpo y alma humanos con todos sus atributos, sin ninguna imperfección pero sólo una Persona y esta infinita.
La Persona infinita de Jesucristo lleva necesariamente consigo todos sus atributos y consecuencias de una manera especial lo que en teología llamamos la gracia de unión que, por unir la Persona del Verbo a la naturaleza humana de Cristo (cuerpo y alma) le comunica la santidad misma del Verbo, santidad infinita, irrevocable, permanente, eterna y que lo hace intrínseca y absolutamente impecable.
Se llama “Hijo” a la persona y en Jesucristo no hay más que una por eso de ninguna manera es hijo adoptivo de Dios (Suma Teol. III, 23, 4).
La unión con el Verbo de Dios en una única Persona divina no hace a Jesucristo en su humanidad hijo adoptivo de Dios, Jesucristo es Hijo natural de Dios ya que tiene una sola Persona que es divina por eso la gracia santificante en Jesucristo no lo hace hijo adoptivo de Dios (como a nosotros) sinó que ya siendo Hijo por la filiación divina ésta redunda en el alma de Jesucristo hombre (Suma Teol. III, 23, 4 ad 2).
Además Jesucristo no es viador sinó Comprensor= es decir que tuvo la visión beatífica desde el primer instante de su encarnación, por lo mismo tuvo todas las virtudes que pudo tener desde el comienzo y no de manera paulatina (Hugon, de Verbo Incarnato, París 1920, págs. 155-156).
Esto hace que Jesucristo no se “distraiga” ni pueda distraerse de la Divinidad ya que es tan Dios como el Padre y el Espíritu Santo, por eso nos dirá: “Hablo de lo que he visto” (S. Juan 8, 38).
Jesucristo entonces no puede jamás “entrar” en la plena obediencia al Padre ya que Él mismo es Dios queriendo lo que quiere la Trinidad y su Voluntad humana no pudiendo querer de otra manera ya que hay en El sólo una Persona que quiere lo mismo tanto con su Voluntad divina como con su Voluntad humana. Por eso al encarnarse dice S. Pablo que dijo: “He aquí Padre que vengo a cumplir tu Voluntad” (Hebreos 10,9). (En Jesucristo no hay conflictos ni puede haberlos).
Jesucristo entonces no puede pedir la plena condición de Hijo de Dios siendo como lo es el mismo Hijo de Dios encarnado.
Lo que Jesucristo pide en el Sermón Sacerdotal de la Última Cena es simplemente que se realice en su naturaleza humana la glorificación externa que Él como Hijo de Dios posee ya desde toda la eternidad y que la gloria que ya tiene por la unión hipostática (o substancial entre su Persona divina y su naturaleza humana) trasunte ante nosotros por triunfo de la Cruz y la Resurrección.

Quizás estas pocas líneas hagan ver qué es lo que queremos decir al indicar que la iglesia nueva va girando la realidad hacia la figura, con todas las consecuencias que eso supone para la Iglesia Católica y la vida cristiana.
Las frases que hemos comentado y comparado con la Doctrina Católica de siempre son enseñanza dada al pueblo cristiano, desde Roma, en una Audiencia General en el Vaticano. Si somos honrados en la consideración que hagamos de las mismas, se enmarcan ellas en los cambios a los que asistimos desde hace 50 años, son expresión de un pensamiento distinto al anterior; expresión y pensamiento que no pueden compaginarse con la liturgia de siempre y con la teología de siglos. Un cambio exige al otro.

Fe y Liturgia, Misa y Doctrina van juntas. La Misa es lo que Jesucristo hizo “hoc facite in meam commemorationem” “haced esto en memoria mía” (S. Lucas 22, 19) y la Doctrina no es más que lo que Él enseñó y confirmó con su Sacrificio; su Doctrina no es más que la Verdad revelada por la Santísima Trinidad “mea doctrina non est mea sed… qui misit me” “ mi doctrina no es mía sinó de Aquel que me envió”(S. Juan 7,16), dicho de otra manera, no es cosa que tenga origen en mi santísima humanidad sinó en lo que hace santísima a mi humanidad, en mi Persona del Verbo de Dios. Misa y Doctrina son una cosa así como en Jesucristo es uno solo y a la vez el Verbo encarnado y la humanidad santa.
Alterar la Misa o tocar la Doctrina no es más que contrariar a Jesucristo, su Sacrificio y su enseñanza.

No es cosa de poca monta, no es sólo una manera de rezar, es la esencia misma de toda nuestra religión.
¿No saben los timoneles que eso lleva al torbellino?
¿Pueden argüir ignorancia? ¿Pueden no saber? ¿O simplemente piensan y quieren distinto? ¿Puede eso ser católico?

Coinciden estas líneas con nuestro saludo pascual.

¿Podemos decir felices Pascuas en medio de este panorama tristísimo y sombrío? No hay alegría comparable a la de tener la verdadera Fe y a recibir el amor infinito de Jesucristo en nuestras pobres almas. Pena es no verlo en tantas almas a la deriva. Compromiso es entonces ante Nuestro Señor de seguir su Voluntad y procurar que los hombres lleguen a Dios como Dios quiere que lleguen a Él.

Así entonces,

¡Felices y Santas Pascuas!
La Fe Católica no admite matices.

Sábado Santo 2012.

+ Mons. Andrés Morello.

sábado, 3 de septiembre de 2011

La Santa Iglesia Católica, Sociedad Sobrenatural


La faz visible y humana de la Santa Iglesia Católica presenta un aspecto pobre, degradado y triste. Pobre por la enorme cantidad de católicos que la abandonan para cambiar de religión (sólo en América Latina son 10.000 por día); degradada en la moral de sus ministros, (baste considerar los casos públicos de perversiones que no han sido pocos sinó cientos y cientos); y por último triste como consecuencia de lo anterior aunque oficialmente quieran dar una imagen exitosa porque el mundo opuesto a Dios los aplaude o los que lo gobiernan se complacen en estrechar las manos eclesiásticas. Una mano que permite el bombardeo de inocentes, o los asesinatos de los abortos o el más completo libertinaje ¿Merece el apretón sólo porque es mano de gobernante o merece la recriminación que se calla, la condena que no se escucha, la claridad que no se deja ver ni en encuentros, ni en sermones, ni en discursos? “A quien me negare delante de los hombres Yo le negaré delante de mi Padre” (S. Mt. 10, 33). Callar lo que debe decirse es una manera de negar.
La consideración de la faz humana de la Iglesia desde la muerte de S.S. Pío XII en 1958 a la fecha con la hecatombe del Vaticano II, de la reforma de las Consagraciones Episcopales (1968), y de la misa nueva (1969) y de todas aquellas que se siguen de las anteriores, puede considerarse de muchas maneras y obispos y sacerdotes fieles a la Tradición Católica la han explicado muy bien. Quisiéramos nosotros mirar a la Santa Iglesia en sí misma, tal como Ella fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo, es decir, considerada como Sociedad Sobrenatural.
Hay cosas que son sobrenaturales de manera absoluta o de manera relativa según enseña el Dogma. Lo sobrenatural es, como lo dice la palabra, lo que supera las exigencias de la naturaleza, está por encima de ella, pero esto puede pasar de dos maneras, relativa cuando es algo que supera las exigencias de una determinada creatura (ej. que un pez salga caminando del mar es imposible al pez, no a un animal terrestre y con patas y locomoción) absoluta cuando aquello de lo que se habla supera las exigencias de toda creatura (ej. la vida de la Gracia, propia de Dios y sólo recibida como sobrenatural en Ángeles y Hombres). La Santa Iglesia entra aquí ya que, aunque tenga una faz visible compuesta por hombres, abstracción hecha de los mismos, lo demás de su Constitución es sobrenatural.
La Santa Iglesia, y lo aclaramos, no es Santa por la bondad accidental de sus miembros sinó por su entidad propia de Esposa de Jesucristo el cual es su Cabeza, su Rey, su Señor y su Dios. En este Orden, aún si por un absurdo todos los miembros de la Santa Iglesia estuvieran en pecado mortal a la vez, Ella no dejaría de ser Santa que es algo esencial en Ella. Esta sola afirmación basta para echar por tierra la noción del nuevo vaticano de “iglesia viviente” como si Ella fuera progresando y evolucionando con las épocas y hasta la consumación de los siglos. Todas las naturalezas son fijas e inmutables sinó dejarían de ser lo que son para ser otra cosa; así la Santa Iglesia fundada por Jesucristo no es sólo una entidad moral como si fuera un club sinó un verdadero cuerpo místico con entidad, Cabeza, Vida propia y miembros. Lo que suceda a la Iglesia durante la historia poco importa, aunque lo suframos, en su naturaleza y en su existencia Ella es intangible a la maldad de sus enemigos aunque sí puedan sufrir penas sus miembros aún vivos, por eso el Catecismo enseña aquello de la Iglesia triunfante (en el Cielo los ya salvos), la Purgante (los salvos, aún en el Purgatorio) y la Militante (en la tierra) que sufre los vaivenes de la historia.
La Santa Iglesia recibió de Jesucristo Nuestro Señor la forma de una Institución, única y peculiar, sagrada y de orden sobrenatural, es decir, que supera de suyo las exigencias de toda institución humana ya que ninguna de por si puede pretender tener la Vida Divina, sólo propia a Dios y concedida gratuitamente por Dios a quien El quisiera. “Si yo quiero ser bueno ¿Qué mal te hago?” (S. Mt., 20,13)
La Santa Iglesia, si no miramos los hombres vivos que la componen, es sobrenatural por donde la miremos:

La Santa Iglesia Sociedad esencialmente Sobrenatural

º Por su origen = Fundación ……….. “Tu es Petrus”, (S. Mt.16,18)
º Por los medios de que dispone……... Misa, Sacerdocio, Eucaristía, otros Sacramentos.
º Por los efectos que produce (todos sobrenaturales) ………. Gracia, remisión del pecado original, perdón de los pecados, infusión del Espíritu Santo, etc.
º Por el Fin al que conduce…………... La Gloria Eterna (la visión beatífica supera las exigencias de cualquier creatura).
º Por los medios que usa Dios
para con Ella ……………………. La Gracia, los Dones del Espíritu Santo, Dios mismo dándose a los hombres, toda la Corte celestial (la Santísima Virgen, los Santos Ángeles, los Santos)

No es el fin de este artículo que expliquemos cada renglón del simple esquema de las líneas anteriores; pero sí lo es que considerando a la Santa Iglesia en sí misma, en lo que la hace ser tal, Ella es completamente sobrenatural, no tiene origen humano sinó divino ya que fue fundada por Nuestro Señor, Dios verdadero de Dios verdadero; los medios principales que utiliza y que también le fueron dados por Jesucristo son del mismo orden sobrenatural: La Santa Misa, la Sagrada Eucaristía que allí se confecciona, los Sacramentos que dan la primera Gracia o la restauran si se perdió (Bautismo, Penitencia), los otros que la presuponen pero son capaces de aumentarla, de una manera especial la Sagrada Confirmación que infunde al mismo Espíritu Santo y el Sacerdocio que hace capaz de las acciones sagradas, particularmente, de absolver y consagrar.
Todos esos medios de la Santa Iglesia causan la Gracia que es un efecto sobrenatural y todos conducen a conquistar el Cielo que también es de esa condición superior, inmerecida de suyo para toda creatura.
Más aún, Dios mismo se vale Él, sea por medio de la Iglesia, sea por Si mismo de medios sobrenaturales para conservar, aumentar y sostener a la Santa Iglesia, comunicando la Gracia que es una participación creada de su vida íntima, haciendo al hombre capaz de recibirla, infundiendo al Espíritu Santo y sus Dones en él, más la ayuda que brinda a la Iglesia y a las almas por medio de la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos.
Las Instituciones se definen por su fin. La Santa Iglesia lo tiene doble, aunque uno dice el otro, cuanto a Dios su gloria, cuanto a nosotros la salvación. Si miramos bien esto encierra toda la vida de la creatura racional (“Laudate Eum omnes gentes” “Alabadle todas las gentes” Salmo 116, 1) y toda la eternidad de los salvados (“Nunc autem cognoscam sicut et cognitus sum” “Entonces conoceré como soy conocido” I. Corintios 13,12).
Hemos visto brevemente como es la Iglesia en su intimidad. Ahora bien una cosa buena debe usarse bien y si además es sagrada debe usarse santamente.
La Iglesia, Santa de suyo, está apoyada como en tres pilares: La Fe que enuncia toda la Doctrina que Ella cree y Dios reveló (“Nunca nadie vió a Dios: El Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, Él lo dio a conocer” San Juan I, 18); el Culto que es la expresión de la Religión y de dicha Fe (“Haced esto en conmemoración mía” San Lucas 22, 19); y la Moral o la conducta capaz de salvar y que se sigue necesariamente de lo que se cree y de lo que se reza (“¿Aquél que fijó el ojo no verá?” Salmo 93, 9).
Quisiéramos detenernos un poco en el primer pilar, en la Fe.
¿Qué es la Fe? La reverencia de la inteligencia. En latín diríamos “aquiescere”, la aquiescencia; más simple: La reverencia sumisa de nuestra inteligencia, la aceptación reverente de nuestra inteligencia a la verdad revelada, a toda, porque es Dios quien revela que no miente ni puede mentir. ¿Por qué a toda la Fe? Simple, porque si Dios se da a conocer, si Dios nos revela su ser, su intimidad, su Verdad, breve, lo que debo creerle, justamente, no puedo no creerle y si no le creo algo entonces no creo en Él, por eso decimos en teología que la negación de una verdad de la Fe es negación de toda Ella porque en algo ya no le creeríamos a Dios, es decir, ya no estaría esa reverencia de la inteligencia a Dios que revela y no puede mentir.
Así entonces la Fe supone aceptación (la Verdad misma se revela) y reverencia como disposición básica, necesaria y elemental delante de Dios. San Benito en su Regla, aplicando esto a la vida monacal y entendiendo que en ella se obedece a Jesucristo tanto en las órdenes cotidianas como en los horarios y disposiciones, dice “monachus non suffert mora in obedientia” (“el monje no sufre demora en la obediencia), no puede dejar esperando a Dios.
Nosotros profesamos la Fe de la Iglesia Católica, es Ella quien confiesa cree y transmite una Fe sobrenatural, para eso fue fundada por Nuestro Señor. Si la Fe era esa reverencia a lo que aludíamos, ésta no puede faltarle a la Santa Iglesia. Si es esencialmente una institución sobrenatural y sagrada para creer y transmitir la Fe y así salvar a los hombres, entonces dicha reverencia no puede faltarle, es algo exigido por su misma esencia lo que en teología diríamos “un Proprio”= algo que surge necesariamente de la esencia completa.
Entonces, y aquí queríamos llegar, la Iglesia Católica siempre tiene, debe tener, no puede no tener esa reverencia a la Verdad revelada y que por eso es enunciada con tanta seriedad, claridad, precisión y delicadeza en sus dogmas. Si no encontráramos esa reverencia no estaría allí la Santa Iglesia, si no hubiera obediencia soberana a la Verdad tendríamos delante cualquier engendro humano, nó a la Esposa de Jesucristo.
¿Cómo diríamos esto de otra manera? Diríamos y decimos que la Iglesia Católica en razón de esa necesaria obediencia a la Verdad revelada goza de la infalibilidad habitual, sea ella ordinaria o extraordinaria es tal su predisposición constitutiva ante la verdad de Dios que Ella no puede errar ni inducir a error (“El Soberano Pontífice no puede comprometer a la Iglesia en el error…” Benedicto XIV, Card. Prospero Lambertini, año 1734, ref. Dicc. Apolog. de la Fe, D’ Alés col. 1130 y ss.), lo cual es evidente porque de Ella depende toda nuestra Fe y, lógicamente, nuestra salvación. “En la Iglesia no puede haber error condenable” (Santo Tomás de Aquino, Quodlibet IX, q. 7).
Esa infalibilidad se muestra extraordinariamente en las definiciónes ex cátedra que suelen ser pocas y poco frecuentes y de manera ordinaria en la enseñanaza habitual del Soberano Pontífice y de los Obispos de todo el mundo cuando repiten y enseñan la Doctrina bastando con que quieran que lo que dicen sea entendido por los fieles como algo de nuestra Fe y que debe creerse así. (J. Salaberry S.J., Tractatus de Ecclesia Christi, III, nº 647 et s.s., BAC Sacrae Theologiae Summa, T I pág. 701, ed. 1962). Se ha de mostrar también en las prescripciones del culto si consideramos el principio teológico de la Santa Iglesia “lex orandi lex credendi”, “ la ley del orar estatuye la ley del creer”, es lógico, lo que rezamos es lo que profesamos: Entonces ¿Dónde queda el ecumenismo actual, la libertad religiosa, el indiferentismo religioso, las nuevas oraciones, el culto cambiado, la misa nueva?
No puede inducir a error. Si induce no es Ella. Vimos la imagen triste de la Iglesia visible actual, acabamos de ver la entidad sobrenatural, Santa y veraz de la Santa Iglesia en sí misma. Delante de una y de otra ¿Cuál es nuestro combate?
¿Qué debemos defender? Lo que la Iglesia es, lo que enuncia nuestra Fe y nuestra vida cristiana: La Doctrina, el Culto, la Gracia.
¿Ante quien? Delante del mundo enemigo de Dios, delante del diablo y todo el infierno, delante de la iglesia conciliar que no es hechura divina.
De acuerdo, pero ¿Cómo ha de ser nuestro combate? Una pelea se establece de dos maneras, mirando la naturaleza de la causa y la condición de los sujetos. En nuestro caso la causa es causa de la Santa Iglesia y por eso es causa nuestra, entonces es un combate sobrenatural pero no basta con eso, es combate según nuestra propia condición de hombres ya que no somos sólo espíritus. La Iglesia se debe defender como lo hicieron los Santos, por algo nos fueron propuestos como arquetipos del cristianismo.
Entonces: La oración y la penitencia, básicas y necesarias, pero no es todo ni suficiente. Falta la predicación, las misiones, (ej. S. Vicente de Paul); las obras de misericordia (S. Benito Cottolengo, en su Piccola Casa de Turín llegó a haber 3000 monjitas ocupadas en los enfermos); las escuelas (S. Juan Bosco); la importancia dada por los Soberanos Pontífices a la Realeza Social efectiva de Nuestro Señor (San Pío X, Pío XI, Pío XII); las Cruzadas y aquella lucha extraordinaria de Lepanto, procurada, predicada, impulsada por S. Pío V que salvó a Europa de ser musulmana como en España la Reconquista contra el moro; la restauración de las Órdenes Religiosas considerada que la vida religiosa es de la naturaleza de la Iglesia.
Debemos ser claros, no basta con rezar, ni con rezar y reflexionar para identificar el peligro. La advertencia no alcanza para ganar un combate. Desde “Juan XXIII” en adelante los “Pontífices” dejaron de mirar a Dios para volverse hacia el mundo, así, abandonaron al mundo a si mismo y por eso deriva convulsionado, confuso y sin paz ni gracia. Debemos volver el mundo a Dios. Volver a hacer lo que hicieron los Santos y como ellos lo hicieron. Hacerlo con la confianza que Dios merece “Ero vobiscum usque ad consummationem saeculi” “Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” (S. Mateo 28, 20); hacerlo mientras Dios nos de vida. En ningún lugar de la Sagrada Escritura dice que debamos dejar de predicar porque el enemigo es grande y poderoso, eso sabe más a herejía o a miedo. Contrariamente antes de subir a los Cielos Nuestro Señor dijo a los Apóstoles “Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas…” (S. Mateo 28, 19). El combate no es porque nos guste, es justicia respecto a Dios y a su Santa Iglesia, no podemos permitir que traten de destruirla y perder a las almas. Entonces, si es por Dios y por las almas, que sea con caridad en la intención porque ambos, Dios y las almas, cada cual a su manera, merecen nuestra caridad; que sea con caridad en los modos ya que quien quiere respeta aunque hiera si dice la verdad y con caridad en los medios ya que no peleamos con las argucias del mundo, con la mentira y el susurro sinó con los modos de Jesucristo y de los Santos.
Si bien miramos es siempre lo mismo. Si yo reverencio a mi madre no permito nada que la dañe, la ofenda o la hiera. Si reverencio a Dios Nuestro Señor y a su Santa Iglesia, Una, Santa y Católica, la Fe me exige todo por ellos.
Valga un ejemplo tomado de la historia eclesiástica de Francia en tiempos de la Revolución del siglo XVIII. La venerable María Luisa de Francia, en el mundo hija de Luis XV y tía de Luis XVI, en Religión Madre Teresa de San Agustín, Carmelita, Priora del Carmelo de Compeigne, martirizada con quince compañeras más en Agosto de 1789 y beatificada con ellas por su Santidad Pio IX, escribía lo que sigue a la superiora del Carmelo de Bruselas (Bruxelles): “Je ne consens pas aux changements qu’on veut faire, je veux vivre et mourir… (Carmelite)… Comme je l’ai promis a Dieu par voeux… Je ne puis… Je n’en veux!” “Yo no consiento a los cambios que se quiere hacer, yo quiero vivir y morir (Carmelita) como lo prometí a Dios por votos…¡Yo no puedo… Yo no quiero!” (Petits Boullandistes, Tomo XV, 23 de diciembre, edición de 1878).

Lo mismo decimos:
Porque nosotros no podemos,
porque Dios lo merece y lo prometimos,
por eso no queremos.


Quiera Dios bendecirles y enardecer sus almas en el servicio de Dios.

25 de agosto del 2011, San Luis Rey de los Francos.

+ Mons. Andrés Morello.



lunes, 25 de abril de 2011

DESDE LA CRUZ

Queridos Amigos:
Quiera Dios bendecirles.
Cada año, en las cercanías de la Pascua, tratamos de enviarles siquiera unas líneas para hacerles llegar nuestro saludo pascual. También nos ha parecido siempre que no deberíamos sólo saludar sinó que además pudieran servir nuestras líneas para que quienes nos leyeran pudieran acercarse más a Dios. Así entendido tratemos de volar juntos con nuestro pobre espíritu creado remontando la historia hasta aquél día aciago, el más triste, el más solemne y el más sublime del decurso de los hombres sobre esta tierra.
El primer día de la historia, aquél en que Dios hizo la luz y las cosas que ella pudiera iluminar marcó un asombro inexplicable en sólos los ángeles que pudieron contemplarlo al ver salir de la nada la realidad que hoy nos cautiva y nos embeleza y al ver que Dios la ponía sumisa ante ellos para que la rigieran como ministros suyos. El último día de la historia, aquél en que se cierre la última página del sucederse de las cosas, cuando Dios sereno porque siempre es justísimo, dará a cada quién según hayan sido sus obras, sus quereres, sus amores, sus vidas; ese último día tendrá algo de solemne e irreversible como nunca se habrá visto ni volverá a verse. Tendrá algo de indefinible y que no podremos expresar simplemente porque ese día será último, no tendrá ni mañana, ni nueva oportunidad. Será el umbral de la eternidad, la puerta sin retorno por donde se llega a Dios o se lo pierde para siempre.
No queremos hablar ni del comienzo ni del fin de la historia, ni del primer día suyo ni del último. Queremos ir hasta el Viernes Santo, su día más triste porque crucificaron entonces al Amor; el más aciago porque dio su vida el Hijo de Dios; el más solemne que fue el de la primera Misa; el más sublime porque sólo ese día abrió para siempre el Cielo para los que fueran capaces de amar.
Queremos subir hasta el Calvario que no es el monte más alto de la tierra pero sí el más alto de la historia y allí, hecha a un lado la turba, relegados los soldados, mirados con pena e indignación aquellos pontífices descastados de una figura que iba muriendo al instaurarse la Iglesia para siempre, acercarnos sí, reverentes y llenos de adoración a la Cruz del Salvador, locura para los paganos, escándalo para los judíos al decir de San Pablo (I Cor. 1,23).
Nada ha habido igual en la historia ni lo habrá jamás. Y en medio de ese espectáculo siniestro para el mundo, triunfal para los allí culpables de su muerte y para nosotros piadoso y conmovedor, lleno de misericordia y de amor; cerca de la Virgen Madre y del discípulo virgen levantar los ojos, mirar la mirada de Cristo y tratar de leer en sus ojos algo de todo aquello que no dijo porque lo decía su entrega, la más heroica, en medio del abandono el más espantoso.
¿Qué decían sus ojos? Sin duda infinitas cosas, algunas tan divinas que fueran insondables para nosotros; otras un poco más entendibles para estas pobres creaturas.
¿No habrán buscado sus ojos mansos, en medio de aquella muchedumbre que lo veía morir sin hacer nada, a aquellos a quienes hizo el bien? ¿No habrá susurrado en su corazón -Padre mío, dónde están los ciegos, los cojos, los leprosos, los endemoniados que sanó mi gracia? ¿Está por allí aquél que me dijo -“Te seguiré a donde quiera que vayas”? -Padre, los hombres piensan que lo que nos han dicho a Ti y a Mi sólo ellos lo han escuchado y que por eso nada vale, nada obliga.
- ¿Señor, dónde están mis Apóstoles? Los sacerdotes de mañana ¿No nos dirán igual que los del Calvario -“Bájate de la Cruz y creeremos en Ti”?
-Padre, no hay nadie que haga algo por Mi, nadie que lleve mi yugo suave ni mi carga liviana; nadie que quiera sin pedir a cambio como Yo les enseñé a querer.
-Padre, ¿Se atreverán a decirnos -“No te seguimos porque tus sacerdotes están todos peleados y ninguno es ejemplar”? Padre, aunque fuera cierto ¿A quién van a seguir, a mis sacerdotes o a Mi? La deuda es conmigo, no entre los hombres; si no hay valientes ¿Qué esperan para serlo? Si no hay ejemplares ¿Qué esperan para ser virtuosos los que se quejan? Si es temible el enemigo ¿No les dije que las puertas del infierno no habrían de prevalecer?
-Padre, aún así muero por ellos y para Ti, Tú lo mereces aunque ellos lo desprecien.
-Padre, ya habrá San Juanes junto a mi Madre y junto a Mi que quieran arriesgar por nosotros. Padre mío, valiente no es quien nos lo dice, sinó los que en medio de un combate desigual no dejan su puesto o se atreven entonces a pelear.

Nosotros no somos quienes para poder decir lo que Jesús nuestro Señor no dijo desde la Cruz o lo que pensaba en aquellos momentos sublimes. Pero aún así y mirándolo a sus ojos ¿No habrá pensado algo siquiera de lo que acabamos de escribir?

Santas Pascuas para todos y que Dios nos deje mirarle sin rubor.

Ave María Purísima.

+ Mons. Andrés Morello.

18 de abril del 2011, lunes santo.

viernes, 7 de enero de 2011

Saludo Navideño:DIOS CUMPLE







Pasados dos mil años del Nacimiento como Hombre de Nuestro Divino Salvador, todo el mundo, bueno o malo, creyente o no se ve, gustoso o forzado, a detenerse en la fiesta navideña. Aún los que sólo lucran con esta fiesta, los que hacen de ella una ocasión de comercio y de ganancia o los mismos medios masivos de difusión que tanto atacan y destruyen la vida cristiana no pueden sino recordar la Navidad y mostrarla de mil maneras haciéndola noticia y noticia prestigiosa. Los mismos enemigos de Dios, aunque sea por el mezquino afán del lucro, señalan al Pesebre como aquel tirano Herodes el Grande que señaló, y muy a su pesar, a los Santos Reyes, el Camino hacia el Rey de todos los reyes.
“El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (S. Jn.1, 14). ¿Qué es el verbo? La palabra. ¿Que es esto? La expresión de lo que pensamos. Los hombres podemos mentir, diciendo distinto de lo que pensamos, Dios nó. Dios, suma e infinita Bondad, ni miente ni puede mentir. Lo que dice, eso piensa, lo que quiere, eso hace. En Dios, su Verbo infinito, la segunda Persona de la Santísima Trinidad no es más que la expresión acabada, sincera, leal, inconmensurable y eterna de su pensamiento también eterno. ¡Fiat lux! ¡Hágase la luz! (Gen. 1, 3). La pensó y la quiso Dios y fue hecha. Así con toda la Creación. Así con nosotros, así con su designio redentor.
Lo que Dios dice es lo que dice eternamente y eso mismo lo piensa también desde toda la eternidad. ¡Hagamos! Y así lo que Dios quiere que pase, se cumple de manera fiel e inexorable.



“Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gen.1, 26). “Parirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (S. Lc.1, 31). “Ella aplastará tu cabeza” (Gen.3, 15),
Lo que Dios promete, en su infinita fidelidad; lo que quiere con su infinita sabiduría eso hace y eso cumple. Nadie igualará jamás a Dios en fidelidad.

Vayamos a la semejanza.
La semejanza somos nosotros, al decir del mismo Génesis (Gen.1, 26). Nos parecemos a Dios en la inteligencia y en la libertad. Pensamos, en nuestra medida, como piensa también Dios, obramos, como El, voluntariamente y por eso libremente.
Dios no hizo al hombre semejante a Si porque sí. ¡Qué absurdo en el que para todo tuvo un motivo, una razón, un designio, el que hubiera hecho al hombre sin cumplir con su Inteligencia rectora de los Ángeles, los hombres, los acontecimientos de la historia y hasta el mismo devenir del universo y la tierra que nos cobijan! Su Inteligencia nos hizo como somos, inteligentes y libres, no por un puro copiar, no para hacer gala de su omnipotencia; nos creó así para que copiáramos también su pensar, su querer y su obrar.
Un pensar que no considerase a Dios como el personaje esencial y principal de lo que existe sería en definitiva un razonamiento absurdo porque o no llega a su última conclusión o no percibe siquiera el comienzo de todos los seres, de todas las cosas y de nosotros mismos.
Un querer que no quiere lo bueno y sólo lo bueno como Dios lo dispuso al darnos libertad hace andrajos aquello que nos reviste de dignidad y grandeza entre todos los seres.
Un obrar que aleje de Dios en vez de acercarnos cada día más a Él es una quimera. A Dios llegaremos sí o sí al final de nuestros días, sea para el abrazo eterno de su amor, sea para entenderlo justo y perderlo justamente por no haberlo merecido ni correspondido. Vivir hoy sin tratar de obrar bien es ir preparando el eterno alejamiento de Dios, como quien diariamente maltratara a un amigo asentando la ruptura definitiva de esa amistad. Un amigo puede perderse pero perder a Dios es hundirnos nosotros en la confusión y en la eterna y total falta de amor.
Que esta Santa Navidad nos empuje hacia Dios, a realizar en nuestras pobres almas la humilde copia de nuestro Creador.
Cumplamos también nosotros.

Santa Navidad para todos.


Patagonia Argentina.
Navidad 2010


+ Mons. Andrés Morello.


* UN PROBLEMA DURANTE 15 DIAS EN EL SERVICIO DE INTERNET TRASLADÓ HASTA HOY ESTE SALUDO NAVIDEÑO. GRACIAS.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

“Ícaro y Dédalo”

“O la Irracionalidad de una Ley Nula, Inválida y Afrentosa”

Los miembros del Senado de la Nación y antes los Diputados de la misma aprobaron de consuno las uniones de personas del mismo sexo dándoles las prerrogativas que tiene sólo el matrimonio según las leyes de Dios y de la naturaleza. Días antes el canal oficial de TV propagandeaba a invertidos de todo tipo sin privarse de denigrar a la Iglesia Católica. De más está decir que los demás medios de prensa, especialmente visuales se regodeaban propagandeando lo mismo.
Muchas voces se alzaron, valientemente, en contra; denigradas o silenciadas por los autores de la “verdad virtual” que controlan los medios de difusión. Muchísimas voces no se oyeron, se quejaron más los evangelistas que los Obispos de la Iglesia Oficial y de estos, los que más dijeron se quejaron del proyecto de ley “sin querer herir los sentimientos” de los implicados en la ley. ¿Es valedero el sentimiento del que escupe el rostro de Dios? Si fuera así, también fueron “entendibles” los salivazos en el rostro del Redentor. Nuestro Señor hablando a aquella Samaritana junto al pozo de Jacob, mujer que ya había sido de seis hombres, ¿Qué le dijo? S. Jn. 4,17-18: “-Bien has dicho que no tienes esposo, tuviste cinco hombres y el que tienes ahora no es tu esposo. Has hablado con verdad”. ¿Qué diría Nuestro Señor de dos hombres o dos mujeres juntos?
Las voces que se alzaron y hasta alguna manifestación no tenían esperanza de triunfo, nacieron muertas, abortadas por la realidad política que se impone no por el derecho sinó por la fuerza de los hechos. ¿Por qué muertas? ¿No estamos acaso en democracia? No lo estamos porque los resortes de una democracia (o de cualquier forma de gobierno) presuponen la procuración del bien común y para procurarlo es preciso quererlo, buscarlo, abnegar lo propio y que eso que se busca sea realmente un bien. Quien lo sepa que nos indique ¿Cuál democracia contemporánea ha hecho mejor a sus pueblos, cuál los ha hecho más virtuosos, cuál disminuyó la inmoralidad, los crímenes o al menos la cantidad de pobres y desamparados?
Los dos jueces que condenaron a la casta Susana en el Antiguo Testamento eran dos viejos venales (Prof. Daniel XIII); aquellos ancianos que condenaron a Nuestro Señor Jesucristo, al hombre más justo de la historia, sabían perfectamente que no había hecho nada malo.
Ponga Usted un grupo abigarrado de sinvergüenzas en cualquier Congreso y el resultado serán leyes que destruyan a la Nación cambiando bienes por males.

Ordenemos nuestras ideas.
Cuando las civilizaciones alcanzan su mayor decadencia tienen vicios semejantes. Tertuliano, escritor eclesiástico durante las primeras persecuciones a los cristianos, describe las costumbres de aquellas épocas como si fuera hoy: El desprecio por la vida (los mismos Padres pagaban las fiestas en los circos para ver morir a sus hijos luchando contra fieras o entre ellos), las mismas diversiones y vicios en bacanales de innombrable desvergüenza con mujeres o con hombres.
Por eso dice claramente San Pablo: “Hermanos no somos deudores de la carne para que vivamos según la carne. Si viviereis según la carne moriréis. Si en cambio por el espíritu mortificareis las obras de la carne entonces viviréis. Quienesquiera obran según el espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. (Ad Rom. 8 12-17)
Si obrar según el espíritu de Dios es ser hijo de Dios, hacer lo contrario es ser hijo del diablo. No hay más que dos progenituras, o somos de Dios o no lo somos, si no lo somos, somos del diablo. Más claro aún lo dirá el mismo San Pablo en la Carta a los Gálatas: “Quienes hacen tales cosas no poseerán el Reino de Dios” (Gal. 5, 21).
Una ley aberrante no es una ley sinó una aberración.
La condena de Cristo ¿No la hizo un Congreso? ¿No fue acaso la obra más inicua de la historia, el decreto más aberrante de un Congreso?
¿Por qué decimos que esas “leyes” son aberraciones?
Porque el fundamento de las leyes es la realidad. La realidad no es lo que pasa sinó lo que es.
¿Por qué las rutas no son de un solo carril? Porque todos chocarían. ¿Por qué los buques no son de plomo macizo? Porque no flotarían nunca. ¿Por qué no exigen a las vacas que engendren solas y sin los toros o nada de los toros? ¿Por qué no dan leche sin ternero? ¿Por qué no se ordeña a los toros? Porque manda la realidad y las leyes no hacen sinó enunciar en preceptos lo que dice la realidad.
Así, “no cruce las vías porque es peligroso”, por lo mismo “no se asome desde el tren en movimiento”. Allí manda la realidad y el buen juicio, el sentido común, no hace sinó verlo y enunciarlo para que le sea claro a todos y se respete.
Por eso encabezamos estas líneas con aquellos nombres mitológicos de “Ícaro y Dédalo” aquellos dos prisioneros del laberinto de Creta, hijo y padre, que para huir de su prisión se fabricaron alas con plumas y con cera. Ícaro levantó el vuelo pero afrentó los calores del sol que derritieron sus alas ahogándose en el Mar Egeo.
Las leyes pueden dar autorizaciones, no derecho, cuando lo que se permite es algo inicuo. Es inicuo y aberrante lo que atente contra la realidad y lo que las cosas son. Las alas le sirvieron a Ícaro para huir, nó para afrentar la realidad del calor del sol. Estos “matrimonios” inicuos que se autorizan sirven para huir de la realidad, para juntar lo injuntable, para hacer producir lo improductivo, para contrariar todo orden natural.

-Señor, dirán, “son sentimientos respetables”.
No se trata de sentimientos. El odio y la venganza también son sentimientos y no es justo ni odiar ni vengarse. Alguien puede matar porque odia y no es justo hacerlo; también un hombre puede alegar que por sentimiento quiere a 20 mujeres, o a nenes, o a animales y eso no sería un derecho sinó una aberración. Si el sentimiento permite lo degenerado entonces que maten tranquilos los parricidas que ya los protegerá alguna ley.
Ícaro con sus alas huyó de la realidad, el degenerado puede huir eligiendo el vórtice de las pasiones. Lo que Ícaro no pudo fue suspender aquella ley de que el calor basta para derretir la cera; los contemporáneos no podrán evitar las lacras, las enfermedades, la degradación de unos nacidos para ser viriles pero afeminados y modosos; la de otras que de maternales y femeninas se harán hombrunas y viciosas. Cada material, cada natural tiene su ley de resistencia, no se hacen tornillos de goma blanda; no hay pueblo que soporte familias disueltas, generaciones de drogadictos, niños criándose entre dos papás o dos mamás, criminales imponiendo su ley.

¿Qué falta decir? Mucho todavía.
La ley está dictada, inicua, inválida, aberrante, pero está allí forzada por un tiempo como a veces durante la tiranía de un tirano. Todo acaba cuando es sólo de hombres. Toca entonces decir algo de la conducta práctica.

Será lo primero protestar todo lo que se pueda. Los que ahora festejan estaban hasta ayer contra la ley que no los dejaba seguir sus pasiones. Estemos nosotros y con todo derecho, contra las leyes que son inicuas. Protestemos, hablemos, escribamos, hagamos cuanto sea posible. Hagamos valer el derecho a no estar de acuerdo, a rechazar, combatir y denigrar las leyes contrarias a Dios y a la naturaleza de las cosas que hizo Dios. Sólo una Señora Jueza de Paz de la Nación se atrevió a decir esto en medio del vergonzoso silencio de los Obispos y Sacerdotes.
Son las “leyes” que votaron los que juraron sobre los Santos Evangelios.
¿No es un perjurio hacer leyes que contradicen la ley de Dios contenida en los Evangelios? Bien dijo el Profeta Isaías anunciando el castigo de las infidelidades de su pueblo: “Los afeminados los dominarán” (Is. 3,4). Es perjurio que nadie les reclama aunque lo hayan pedido al jurar: “…Y si así no lo hiciere Dios y la Patria me lo demanden” (fórmula de juramento de Diputados y Senadores).
Se preguntó Usted alguna vez ¿Por qué se jura sobre los Evangelios en la función pública? ¿Por qué lo hicieron nuestros patriotas al fundar la Nación?
Porque los fundadores de la Nación, templados en la Fe Católica y criados en ella, sabían que el hombre es capaz de cualquier cosa. Sólo Dios puede poner un límite, por eso los Evangelios que son su Ley. El mismo Juan Jacobo Rousseau afirmaba, liberal y padre del liberalismo, que el último resorte de una nación es la religión.
Dirán que somos intransigentes. Claro que sí. La intransigencia es defecto y torpeza cuando no se transige en lo juicioso, en lo justo y lo normal. Ningún cirujano opera con instrumentos oxidados, nadie le diría “intransigente” por negarse a hacerlo. No se puede aceptar lo irrealizable. Esas leyes recientemente aprobadas pretenden legalizar lo que el mismo natural no consigue, no les dan los cuerpos, no les dan los órganos, protesta la misma genética de cada célula y cada cromosoma, hasta la voz deben fingir y modificar el gesto que les imponen las hormonas; pero la “ley” quiere hacer realidad lo inexistente, lo nulo, lo neutro, lo estéril de suyo y para siempre.
Es derecho de consciencia. Sólo la verdad establece derecho. Así como no pueden obligarnos a matar a un inocente, no pueden obligarnos a que se perviertan los inocentes.
¿Por qué que se perviertan? Señor, porque nadie es maricón solo. Si la ley da derecho a eso entonces también debe darles derecho a pretender y ser pretendido, a procurar compañero y a que lo procuren en él, a buscar varones ya que eso es un homosexual, alguien que busca justamente lo que le falta que es hombría y virilidad.
Si es derecho, en mi casa mando yo. No permita que entren a su casa esos desviados a mirar a sus hijos; enseñe a los suyos que eso es horroroso, que es pecado, que Dios lo maldice. Más aún, en mi casa se dan normas de conducta para adentro y para afuera. ¿Por qué para afuera? Porque mi alma es siempre la misma, no puedo se hipócrita con Dios, su Ley me vale siempre. La consciencia no es un altillo cerrado que vale sólo puertas adentro.
En el fondo son leyes contra la Religión Católica. Lo dijo claramente un diputado al votar: “-No me importa el fuego del infierno”.
Una nación fundada a los pies de la Cruz del Salvador y formada por una mayoría absoluta de católicos, aunque los haya de otras religiones, tiene derecho a ser gobernada de manera católica. ¿O no valdría aquí la mayoría para esta llamada “democracia”?

Una última pregunta. ¿Qué ganan con estas leyes?
Ganan el aumento general de los vicios. Afloje las leyes que castigan a los criminales y habrá más criminales; deje robar al gobernante y los habrá ladrones; libere el uso de la droga y será necesario que alguien la venda, la produzca, la comercialice y la transporte; deje que pululen los invertidos y sus hijos tarde o temprano se menearán o serán víctimas de los inmorales, o vivirán acosados por ellos como aquellos de Sodoma (Gen. 19,5).
Los vicios llevan a un aflojamiento general y el aflojamiento a la indefensión, todo lo suficiente para ser víctimas seguras o de la envidia extranjera o de la ambición de los nacionales ambiciosos. Como sea, es la misma existencia de la Nación, es la salvaguarda de su identidad propia, la honestidad de sus casas y la hombría de sus hijos y la femineidad de sus hijas lo que está en juego.

Quiera Dios ayudarnos, aguerrirnos y tener piedad de nosotros.

Agosto del 2010.

+ Mons. Andrés Morello.