martes, 15 de mayo de 2012
Al Pan Vino y al Vino Pan
domingo, 8 de abril de 2012
La Realidad y sus figuras
“Muchos pastores han destrozado mi Viña; pisotearon mi propiedad, transformaron mi porción en una espantosa soledad” (Libro del Profeta Jeremías cap. 12., v. 10).Hace tiempo que la pluma estaba quieta, al menos en estos rubros, pero nó porque ella no quisiera devorar al papel y hacer brotar en él los conceptos, las ideas, las verdades. Si uno considera el panorama visible, audible y legible de la iglesia oficial, si uno escucha la cadencia de sus actos, su orientación y sus efectos no puede dejar de concebir una multitud de ideas, o de escribir cientos de hojas; pero todas parecerían atrasadas ya que los cambios no dejan de sucederse día a día.
Aún en su realidad pasajera y temporal la Santa Iglesia Católica tuvo siempre algo de estable, de sólido y eterno en sus acciones, en sus palabras, en sus fines, en sus ritos y aún en el obrar sucesivo de sus jerarquías.
A diferencia de esa serenidad de siglos, serenidad que no fue absurda inmovilidad porque consiguió hacer al mundo cristiano, contrasta en la iglesia oficial de este último medio siglo una realidad cambiante, una variable incesante. La iglesia oficial se mueve como un alma tentada que no sabe reaccionar bien, sin paz, sin reflexión, sin hacer pié, de tumbo en tumbo.
¿Que no es tanto el cambio? Cambiaron las consagraciones de obispos, las ordenaciones sacerdotales, redujeron el número de las órdenes sagradas, cambiaron la misa, el ritual y el breviario; modificaron los procesos de canonización y beatificación; las horas del ayuno eclesiástico; alteraron el santoral, y de algunos santos conocidos se atrevieron a decir que no existieron; cambiaron reglas y constituciones de las órdenes religiosas; cambiaron palabras esenciales del Credo de Nicea por palabras arrianas que fueron condenadas en Nicea; aceptaron a los anglicanos en la iglesia sin reordenar sus sacerdotes que eran inválidos según definición de S.S. León XIII y manteniéndoles su libro de oraciones del obispo hereje Crammer.
Hemos señalado solo algunos cambios, todos los obrados necesitarían toda una colección con el riesgo de olvidar algunos. Aún así, en medio de esa catarata de cambios que merece centenares de artículos y que ya tuvo muchos, curiosamente, hay algo permanente, estable, inamovible: La dirección invariable que rige esos cambios. No creo que podamos decir que todos los tripulantes de esa nave sepan que buscan un torbellino, ciertamente nó, pero los que hacen los cambios, los que los organizan y ejecutan no pueden no saberlo. Hay puestos que no admiten torpeza.
- Pero, “¡Roma ha hecho gestos a favor de la Tradición, reconoció por fin que la Misa de siempre, la de San Pio V, nunca estuvo prohibida. Usted exagera!”
Es cierto que reconocieron el derecho a no ser mala ni prohibida de la Misa Católica de siempre, la que la Santa Iglesia celebró durante 17 siglos o más. ¿No le parece a Usted casi un absurdo que se reconozca lo evidente? ¿Peor aún, que se reconozca que lo evidente es sólo evidente de manera extraordinaria?-“Bueno, dirá Usted, pero, algo es algo, bastante que nos dan la Misa que, en definitiva, es por lo que peleábamos”.
Nó Señor, la Iglesia no peleaba sólo por tener y mantener la Misa de siempre, la instaurada por Jesucristo mismo; la Iglesia pelea por sobrevivir a los cambios generalizados que están haciendo y que conducen a la destrucción de la Fe, a la instauración de una nueva iglesia, de una religión cómoda para todo hombre menos para los católicos. Es la instauración de una iglesia saducea, como aquél partido religioso de los tiempos de Cristo, los acomodaticios al gobierno de turno en el mundo, que no creían en la resurrección, cuya vida se vivía aquí en la tierra y nada más. Es necesario un microscopio para llegar a ver en las encíclicas y discursos emanados de la Roma actual una referencia siquiera a la vida eterna, a la Gracia, a la vida sobrenatural, a la necesidad del Bautismo y de la Fe para poder salvarse. “Id y bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, quien creyere y se bautizare se salvará, quien no creyere y no se bautizare se condenará” (S. Mateo 28, 19).
Tener sólo la Misa y de forma extraordinaria, tener la misa nueva y de manera ordinaria, habitual y permanente es aceptar algo que se aleja de manera impresionante de la teología católica de la Misa (Breve examen crítico).
Es evidente que la Misa de siempre tiene derecho. La que no tiene derecho a la existencia es la misa nueva, la nueva teología, la nueva religión que quieren instaurar. Nos dejan decir la Misa de Jesucristo sólo si aceptamos la misa de Bugnini; la de siempre tiene derecho si Usted admite la de ahora que tiene para ellos más derecho que la de siempre.-“Pero, Usted no entiende, si la Misa tiene libertad, si la Tradición entra en la Iglesia, la iglesia oficial se convertirá”.
No sólo no es cierto sinó que la afirmación es engañosa y mentirosa. Es engañosa porque ignora el concepto católico de la Iglesia. La Iglesia es Tradición, es Ella la que siempre y en todo lugar enseñó la misma Verdad y Doctrina ¿Cómo podemos decir que la Tradición podría así entrar en la Iglesia? La Iglesia no puede carecer de la Tradición, es su sangre, su entidad propia y permanente. Si no la tiene, si le falta, entonces eso no es la Iglesia de Jesucristo sinó el engendro conciliar que nos quieren hacer reconocer. Más todavía, aquella afirmación es mentirosa. La Misa católica por santa que es o que fuere no tiene porqué destruir por si sola el error, la herejía o el modernismo. Vaticano II fue el comienzo de los males y durante todo Vaticano II se celebró la Misa de siempre. Si la Misa basta y sobra para convertirlos ¿Por qué no impidió el mal durante Vaticano II? Porque no es suficiente. Misa, Doctrina, Validez de Sacramentos como medios eficaces de la Gracia y vida cristiana, todo eso y todo junto sí pueden contra el modernismo. Nó que la Misa no importe, pero nó sin lo otro. El diablo no tiene ni la Fe ni la Gracia pero sabe qué creemos los cristianos, qué necesitamos y qué nos hace mal. Un musulmán no necesita tener la Fe para odiar a la Santísima Trinidad. Roma modernista sabe qué puede hacerle mal y qué no por eso acepta al bien si nosotros aceptamos el mal; perdona a los que no pecaron por ser fieles si perdonamos a los que quieren seguir infieles, nos deja doblar a Dios la rodilla en la Misa de siempre si también la doblamos en la Misa nueva y si les damos más derechos que los nuestros. San Gregorio VII dijo antes de morir “Amé la justicia y odié la iniquidad”, aquí quieren que digamos “Amé a las dos y más a la iniquidad”.Nos hemos alejado voluntariamente del cometido inicial porque parecía necesaria la explicación dada.
Volvamos al punto que nos importaba: La dirección invariable que rige los cambios.
No estamos sólo ante una Misa cambiada, estamos ante otra religión, una religión indiscriminada en donde todo tiene cabida, aún la Tradición pero en pié de igualdad con todo lo otro y aún un escalón más abajo.
Todo tiene lugar allí y quizás peor. Poco a poco la iglesia nueva va girando su realidad hacia la figura. ¿Qué queremos decir? Para la Fe católica todo el Antiguo Testamento no es más que figura del Nuevo Testamento, sus Santos, Profetas, Patriarcas hallan toda su santidad, sus anuncios sobrenaturales y su autoridad en la realidad del Mesías por venir. Jesucristo vive latente en las páginas del Antiguo Testamento desde la promesa del Redentor en el Génesis (Génesis 3, 15). Nada tiene sentido en el Antiguo Testamento sin Jesucristo Mesías y Redentor.
Las actitudes y discursos de los pontífices de la misa nueva remarcan la figura como si ella fuera la realidad y nuestra Fe solamente su eco y resonancia. Paulo VI vistiendo el efod del Sumo Sacerdote judío; las visitas a las sinagogas; la absolución inválida del deicidio que desde San Pedro todos los Papas y los Santos consideraron el crimen más grave de la historia “Vos autem interfecistis Auctorem vitae” “Vosotros empero matasteis al Autor de la vida” (Actas 3, 15); las oraciones de los nuevos pontífices ante el muro de los lamentos. Se agrega ahora la explicación de los gestos sobrenaturales de Jesucristo como enmarcados en la religión judía y sin la cual sus obras no tendrían sentido.
El 25 de enero del 2012 Benedicto XVI en su catequesis de la Audiencia General afirmó que para entender la oración sacerdotal de Jesucristo en la Última Cena es necesario situarla en la fiesta hebraica del Yom Kippur (Día del Perdón). A continuación el texto oficial del Vaticano (VIS 120125, jueves 26/1/2012)
El texto contiene dos errores que aquí señalamos:
1º “Para comprender esta oración en su extrema riqueza es preciso situarla en el contexto de la fiesta hebraica de la expiación del Yom Kippur”.
2º La glorificación que Jesús pide para si, como Sumo Sacerdote es el ingreso en la plena obediencia al Padre una obediencia que lo conduce a su plena condición filial”.
Vayamos por partes para bien entender.1º No se entiende la oración sacerdotal de Cristo sin situarla en el marco o contexto del día de la expiación o perdón (Yom Kippur) de los hebreos.
¿Qué es esa fiesta hebraica? Dejemos hablar al rabino Philip S. Berstein en su opúsculo “Lo que los judíos creen”, editado en Buenos Aires con traducción de Miriam S. de Varon e introducción de su esposo el Ingeniero Jaime Varon Modiano en su pág. 23 y siguientes:
“El Año Nuevo judío principia en el temprano otoño. Sus observanzas difieren mucho en espíritu, de las celebraciones alrededor del primero de enero, porque es precedido de un periodo de diez días de penitencia que culminan en el ayuno del día del Yom Kippur (pág. 23)… El interés espiritual de Yom Kippur es nuestra maldad humana, pero ¿qué es pecado? Para contestar esta pregunta hemos de voltear a ver la balanceada interpretación judaica de la naturaleza del Hombre. En una mano, en la tradición judía no hay santos perfectos. Aún a Moisés el judío más grande de todos los tiempos, le fue negada la entrada a la tierra prometida porque desobedeció a Dios. Jacob en las etapas tempranas de su vida era egoísta y astuto, y aún así su nombre fue cambiado por el de Israel y se convirtió en el progenitor de su grey (pág 24)… El judaísmo en la otra mano no ve al hombre como pecador innato y depravado. Nuestras inclinaciones son consideradas buenas porque Dios nos las dio. El matrimonio no es considerado como una especia de concesión limitada a la naturaleza malvada, sino como la satisfacción de los maravillosos sentidos que Dios nos ha dado. Así es que el ascetismo es raro. No hay ermitas, ni retiros a monasterios. El celibato no es requerimiento de los rabinos. No solamente las necesidades humanas sino la Ley Divina, dice el poeta medieval, Gabirol, insisten en que se dé cumplimiento a cada facultad humanamente hablando. Uno de los más nobles documentos éticos del judaísmo, el Bachya del siglo once, “Deberes del Corazón” dice, “En el día del Juicio cada hombre va a ser llamado para dar cuenta de todo placer y diversión inocente que se ha negado o privado”. Dice que el sexo ha producido el amor, el matrimonio, la familia y la perpetuación de la especie. Sin instinto posesivo, ellos claman, no se hubieran construido casas, ni los campos se hubieran arado (pág. 25)… En Yom Kippur Dios perdona nuestros pecados contra El, pero no los males que les hemos hecho a nuestros hermanos. Actos de penitencia restitutiva pueden solos limpiar el camino hacia la gracia Divina… En el ritual de Pascua, la cabeza de la casa levanta el pan sin levadura y recita: Este es el pan de aflicción, que comieron nuestros padres en tierra de Egipto. Que todo el que esté hambriento entre que coma. Que todo el que no tenga entre y pascue (pág. 26)… El judío no tiene explicación teológica y general para el pecado tal como la ofrece el cristianismo en la doctrina de la caída del hombre. Llegar a cometer pecado es en la religión judía algo para lo cual el hombre no está destinado, a causa de su destino preordenado” (pág. 29).
Queda Claro que no son esos los sentimientos de Nuestro Señor en la Última Cena.
Aún cuando fuera la expresión de sentimientos piadosos verdaderos, las festividades que figuraban lo que vendría no son las que dan sentido a lo anunciado sinó que en eso alcanzan plenitud. Así entonces la Pascua judía es símbolo de la cristiana y no viceversa.
2º La glorificación que Jesús pide para Si
es el ingreso a la plena obediencia al Padre
que lo conduce a su plena condición filial.
Brevemente pide:
-su ingreso a la plena obediencia al Padre
-que lo conduce a su plena condición filialEntonces, según esto, Jesucristo está pidiendo algo que no tiene o nó plenamente:
-La plena obediencia
-Su plena condición de HijoDicho así y así entendido es esto un grave error teológico opuesto a la entidad misma de Nuestro Salvador.
Para hablar justamente de Nuestro Señor es preciso hacerlo respetando siempre su condición de Verbo Encarnado. Ante Jesucristo Nuestro Señor no estamos sinó delante de un ser único e inigualable, una única persona, la del Verbo de Dios, unida substancialmente a la naturaleza humana de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre pero sólo Persona divina en El y nó persona humana. Por eso, hablando desde su divinidad dirá “Yo y el Padre somos una misma cosa” (S. Juan 10,30).
Delante de Jesucristo estamos delante de algo infinito a no ser en lo que tiene de humano, cuerpo y alma humanos con todos sus atributos, sin ninguna imperfección pero sólo una Persona y esta infinita.
La Persona infinita de Jesucristo lleva necesariamente consigo todos sus atributos y consecuencias de una manera especial lo que en teología llamamos la gracia de unión que, por unir la Persona del Verbo a la naturaleza humana de Cristo (cuerpo y alma) le comunica la santidad misma del Verbo, santidad infinita, irrevocable, permanente, eterna y que lo hace intrínseca y absolutamente impecable.
Se llama “Hijo” a la persona y en Jesucristo no hay más que una por eso de ninguna manera es hijo adoptivo de Dios (Suma Teol. III, 23, 4).
La unión con el Verbo de Dios en una única Persona divina no hace a Jesucristo en su humanidad hijo adoptivo de Dios, Jesucristo es Hijo natural de Dios ya que tiene una sola Persona que es divina por eso la gracia santificante en Jesucristo no lo hace hijo adoptivo de Dios (como a nosotros) sinó que ya siendo Hijo por la filiación divina ésta redunda en el alma de Jesucristo hombre (Suma Teol. III, 23, 4 ad 2).
Además Jesucristo no es viador sinó Comprensor= es decir que tuvo la visión beatífica desde el primer instante de su encarnación, por lo mismo tuvo todas las virtudes que pudo tener desde el comienzo y no de manera paulatina (Hugon, de Verbo Incarnato, París 1920, págs. 155-156).
Esto hace que Jesucristo no se “distraiga” ni pueda distraerse de la Divinidad ya que es tan Dios como el Padre y el Espíritu Santo, por eso nos dirá: “Hablo de lo que he visto” (S. Juan 8, 38).
Jesucristo entonces no puede jamás “entrar” en la plena obediencia al Padre ya que Él mismo es Dios queriendo lo que quiere la Trinidad y su Voluntad humana no pudiendo querer de otra manera ya que hay en El sólo una Persona que quiere lo mismo tanto con su Voluntad divina como con su Voluntad humana. Por eso al encarnarse dice S. Pablo que dijo: “He aquí Padre que vengo a cumplir tu Voluntad” (Hebreos 10,9). (En Jesucristo no hay conflictos ni puede haberlos).
Jesucristo entonces no puede pedir la plena condición de Hijo de Dios siendo como lo es el mismo Hijo de Dios encarnado.
Lo que Jesucristo pide en el Sermón Sacerdotal de la Última Cena es simplemente que se realice en su naturaleza humana la glorificación externa que Él como Hijo de Dios posee ya desde toda la eternidad y que la gloria que ya tiene por la unión hipostática (o substancial entre su Persona divina y su naturaleza humana) trasunte ante nosotros por triunfo de la Cruz y la Resurrección.
Quizás estas pocas líneas hagan ver qué es lo que queremos decir al indicar que la iglesia nueva va girando la realidad hacia la figura, con todas las consecuencias que eso supone para la Iglesia Católica y la vida cristiana.
Las frases que hemos comentado y comparado con la Doctrina Católica de siempre son enseñanza dada al pueblo cristiano, desde Roma, en una Audiencia General en el Vaticano. Si somos honrados en la consideración que hagamos de las mismas, se enmarcan ellas en los cambios a los que asistimos desde hace 50 años, son expresión de un pensamiento distinto al anterior; expresión y pensamiento que no pueden compaginarse con la liturgia de siempre y con la teología de siglos. Un cambio exige al otro.
Fe y Liturgia, Misa y Doctrina van juntas. La Misa es lo que Jesucristo hizo “hoc facite in meam commemorationem” “haced esto en memoria mía” (S. Lucas 22, 19) y la Doctrina no es más que lo que Él enseñó y confirmó con su Sacrificio; su Doctrina no es más que la Verdad revelada por la Santísima Trinidad “mea doctrina non est mea sed… qui misit me” “ mi doctrina no es mía sinó de Aquel que me envió”(S. Juan 7,16), dicho de otra manera, no es cosa que tenga origen en mi santísima humanidad sinó en lo que hace santísima a mi humanidad, en mi Persona del Verbo de Dios. Misa y Doctrina son una cosa así como en Jesucristo es uno solo y a la vez el Verbo encarnado y la humanidad santa.
Alterar la Misa o tocar la Doctrina no es más que contrariar a Jesucristo, su Sacrificio y su enseñanza.
No es cosa de poca monta, no es sólo una manera de rezar, es la esencia misma de toda nuestra religión.
¿No saben los timoneles que eso lleva al torbellino?
¿Pueden argüir ignorancia? ¿Pueden no saber? ¿O simplemente piensan y quieren distinto? ¿Puede eso ser católico?
Coinciden estas líneas con nuestro saludo pascual.
¿Podemos decir felices Pascuas en medio de este panorama tristísimo y sombrío? No hay alegría comparable a la de tener la verdadera Fe y a recibir el amor infinito de Jesucristo en nuestras pobres almas. Pena es no verlo en tantas almas a la deriva. Compromiso es entonces ante Nuestro Señor de seguir su Voluntad y procurar que los hombres lleguen a Dios como Dios quiere que lleguen a Él.
Así entonces,
¡Felices y Santas Pascuas!
La Fe Católica no admite matices.
Sábado Santo 2012.
+ Mons. Andrés Morello.
sábado, 3 de septiembre de 2011
La Santa Iglesia Católica, Sociedad Sobrenatural
La faz visible y humana de la Santa Iglesia Católica presenta un aspecto pobre, degradado y triste. Pobre por la enorme cantidad de católicos que la abandonan para cambiar de religión (sólo en América Latina son 10.000 por día); degradada en la moral de sus ministros, (baste considerar los casos públicos de perversiones que no han sido pocos sinó cientos y cientos); y por último triste como consecuencia de lo anterior aunque oficialmente quieran dar una imagen exitosa porque el mundo opuesto a Dios los aplaude o los que lo gobiernan se complacen en estrechar las manos eclesiásticas. Una mano que permite el bombardeo de inocentes, o los asesinatos de los abortos o el más completo libertinaje ¿Merece el apretón sólo porque es mano de gobernante o merece la recriminación que se calla, la condena que no se escucha, la claridad que no se deja ver ni en encuentros, ni en sermones, ni en discursos? “A quien me negare delante de los hombres Yo le negaré delante de mi Padre” (S. Mt. 10, 33). Callar lo que debe decirse es una manera de negar.
La consideración de la faz humana de la Iglesia desde la muerte de S.S. Pío XII en 1958 a la fecha con la hecatombe del Vaticano II, de la reforma de las Consagraciones Episcopales (1968), y de la misa nueva (1969) y de todas aquellas que se siguen de las anteriores, puede considerarse de muchas maneras y obispos y sacerdotes fieles a la Tradición Católica la han explicado muy bien. Quisiéramos nosotros mirar a la Santa Iglesia en sí misma, tal como Ella fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo, es decir, considerada como Sociedad Sobrenatural.
Hay cosas que son sobrenaturales de manera absoluta o de manera relativa según enseña el Dogma. Lo sobrenatural es, como lo dice la palabra, lo que supera las exigencias de la naturaleza, está por encima de ella, pero esto puede pasar de dos maneras, relativa cuando es algo que supera las exigencias de una determinada creatura (ej. que un pez salga caminando del mar es imposible al pez, no a un animal terrestre y con patas y locomoción) absoluta cuando aquello de lo que se habla supera las exigencias de toda creatura (ej. la vida de la Gracia, propia de Dios y sólo recibida como sobrenatural en Ángeles y Hombres). La Santa Iglesia entra aquí ya que, aunque tenga una faz visible compuesta por hombres, abstracción hecha de los mismos, lo demás de su Constitución es sobrenatural.
La Santa Iglesia, y lo aclaramos, no es Santa por la bondad accidental de sus miembros sinó por su entidad propia de Esposa de Jesucristo el cual es su Cabeza, su Rey, su Señor y su Dios. En este Orden, aún si por un absurdo todos los miembros de la Santa Iglesia estuvieran en pecado mortal a la vez, Ella no dejaría de ser Santa que es algo esencial en Ella. Esta sola afirmación basta para echar por tierra la noción del nuevo vaticano de “iglesia viviente” como si Ella fuera progresando y evolucionando con las épocas y hasta la consumación de los siglos. Todas las naturalezas son fijas e inmutables sinó dejarían de ser lo que son para ser otra cosa; así la Santa Iglesia fundada por Jesucristo no es sólo una entidad moral como si fuera un club sinó un verdadero cuerpo místico con entidad, Cabeza, Vida propia y miembros. Lo que suceda a la Iglesia durante la historia poco importa, aunque lo suframos, en su naturaleza y en su existencia Ella es intangible a la maldad de sus enemigos aunque sí puedan sufrir penas sus miembros aún vivos, por eso el Catecismo enseña aquello de la Iglesia triunfante (en el Cielo los ya salvos), la Purgante (los salvos, aún en el Purgatorio) y la Militante (en la tierra) que sufre los vaivenes de la historia.
La Santa Iglesia recibió de Jesucristo Nuestro Señor la forma de una Institución, única y peculiar, sagrada y de orden sobrenatural, es decir, que supera de suyo las exigencias de toda institución humana ya que ninguna de por si puede pretender tener la Vida Divina, sólo propia a Dios y concedida gratuitamente por Dios a quien El quisiera. “Si yo quiero ser bueno ¿Qué mal te hago?” (S. Mt., 20,13)
La Santa Iglesia, si no miramos los hombres vivos que la componen, es sobrenatural por donde la miremos:
La Santa Iglesia Sociedad esencialmente Sobrenatural
º Por su origen = Fundación ……….. “Tu es Petrus”, (S. Mt.16,18)
º Por los medios de que dispone……... Misa, Sacerdocio, Eucaristía, otros Sacramentos.
º Por los efectos que produce (todos sobrenaturales) ………. Gracia, remisión del pecado original, perdón de los pecados, infusión del Espíritu Santo, etc.
º Por el Fin al que conduce…………... La Gloria Eterna (la visión beatífica supera las exigencias de cualquier creatura).
º Por los medios que usa Dios
para con Ella ……………………. La Gracia, los Dones del Espíritu Santo, Dios mismo dándose a los hombres, toda la Corte celestial (la Santísima Virgen, los Santos Ángeles, los Santos)
No es el fin de este artículo que expliquemos cada renglón del simple esquema de las líneas anteriores; pero sí lo es que considerando a la Santa Iglesia en sí misma, en lo que la hace ser tal, Ella es completamente sobrenatural, no tiene origen humano sinó divino ya que fue fundada por Nuestro Señor, Dios verdadero de Dios verdadero; los medios principales que utiliza y que también le fueron dados por Jesucristo son del mismo orden sobrenatural: La Santa Misa, la Sagrada Eucaristía que allí se confecciona, los Sacramentos que dan la primera Gracia o la restauran si se perdió (Bautismo, Penitencia), los otros que la presuponen pero son capaces de aumentarla, de una manera especial la Sagrada Confirmación que infunde al mismo Espíritu Santo y el Sacerdocio que hace capaz de las acciones sagradas, particularmente, de absolver y consagrar.
Todos esos medios de la Santa Iglesia causan la Gracia que es un efecto sobrenatural y todos conducen a conquistar el Cielo que también es de esa condición superior, inmerecida de suyo para toda creatura.
Más aún, Dios mismo se vale Él, sea por medio de la Iglesia, sea por Si mismo de medios sobrenaturales para conservar, aumentar y sostener a la Santa Iglesia, comunicando la Gracia que es una participación creada de su vida íntima, haciendo al hombre capaz de recibirla, infundiendo al Espíritu Santo y sus Dones en él, más la ayuda que brinda a la Iglesia y a las almas por medio de la Santísima Virgen, los Ángeles y los Santos.
Las Instituciones se definen por su fin. La Santa Iglesia lo tiene doble, aunque uno dice el otro, cuanto a Dios su gloria, cuanto a nosotros la salvación. Si miramos bien esto encierra toda la vida de la creatura racional (“Laudate Eum omnes gentes” “Alabadle todas las gentes” Salmo 116, 1) y toda la eternidad de los salvados (“Nunc autem cognoscam sicut et cognitus sum” “Entonces conoceré como soy conocido” I. Corintios 13,12).
Hemos visto brevemente como es la Iglesia en su intimidad. Ahora bien una cosa buena debe usarse bien y si además es sagrada debe usarse santamente.
La Iglesia, Santa de suyo, está apoyada como en tres pilares: La Fe que enuncia toda la Doctrina que Ella cree y Dios reveló (“Nunca nadie vió a Dios: El Unigénito Hijo que está en el seno del Padre, Él lo dio a conocer” San Juan I, 18); el Culto que es la expresión de la Religión y de dicha Fe (“Haced esto en conmemoración mía” San Lucas 22, 19); y la Moral o la conducta capaz de salvar y que se sigue necesariamente de lo que se cree y de lo que se reza (“¿Aquél que fijó el ojo no verá?” Salmo 93, 9).
Quisiéramos detenernos un poco en el primer pilar, en la Fe.
¿Qué es la Fe? La reverencia de la inteligencia. En latín diríamos “aquiescere”, la aquiescencia; más simple: La reverencia sumisa de nuestra inteligencia, la aceptación reverente de nuestra inteligencia a la verdad revelada, a toda, porque es Dios quien revela que no miente ni puede mentir. ¿Por qué a toda la Fe? Simple, porque si Dios se da a conocer, si Dios nos revela su ser, su intimidad, su Verdad, breve, lo que debo creerle, justamente, no puedo no creerle y si no le creo algo entonces no creo en Él, por eso decimos en teología que la negación de una verdad de la Fe es negación de toda Ella porque en algo ya no le creeríamos a Dios, es decir, ya no estaría esa reverencia de la inteligencia a Dios que revela y no puede mentir.
Así entonces la Fe supone aceptación (la Verdad misma se revela) y reverencia como disposición básica, necesaria y elemental delante de Dios. San Benito en su Regla, aplicando esto a la vida monacal y entendiendo que en ella se obedece a Jesucristo tanto en las órdenes cotidianas como en los horarios y disposiciones, dice “monachus non suffert mora in obedientia” (“el monje no sufre demora en la obediencia), no puede dejar esperando a Dios.
Nosotros profesamos la Fe de la Iglesia Católica, es Ella quien confiesa cree y transmite una Fe sobrenatural, para eso fue fundada por Nuestro Señor. Si la Fe era esa reverencia a lo que aludíamos, ésta no puede faltarle a la Santa Iglesia. Si es esencialmente una institución sobrenatural y sagrada para creer y transmitir la Fe y así salvar a los hombres, entonces dicha reverencia no puede faltarle, es algo exigido por su misma esencia lo que en teología diríamos “un Proprio”= algo que surge necesariamente de la esencia completa.
Entonces, y aquí queríamos llegar, la Iglesia Católica siempre tiene, debe tener, no puede no tener esa reverencia a la Verdad revelada y que por eso es enunciada con tanta seriedad, claridad, precisión y delicadeza en sus dogmas. Si no encontráramos esa reverencia no estaría allí la Santa Iglesia, si no hubiera obediencia soberana a la Verdad tendríamos delante cualquier engendro humano, nó a la Esposa de Jesucristo.
¿Cómo diríamos esto de otra manera? Diríamos y decimos que la Iglesia Católica en razón de esa necesaria obediencia a la Verdad revelada goza de la infalibilidad habitual, sea ella ordinaria o extraordinaria es tal su predisposición constitutiva ante la verdad de Dios que Ella no puede errar ni inducir a error (“El Soberano Pontífice no puede comprometer a la Iglesia en el error…” Benedicto XIV, Card. Prospero Lambertini, año 1734, ref. Dicc. Apolog. de la Fe, D’ Alés col. 1130 y ss.), lo cual es evidente porque de Ella depende toda nuestra Fe y, lógicamente, nuestra salvación. “En la Iglesia no puede haber error condenable” (Santo Tomás de Aquino, Quodlibet IX, q. 7).
Esa infalibilidad se muestra extraordinariamente en las definiciónes ex cátedra que suelen ser pocas y poco frecuentes y de manera ordinaria en la enseñanaza habitual del Soberano Pontífice y de los Obispos de todo el mundo cuando repiten y enseñan la Doctrina bastando con que quieran que lo que dicen sea entendido por los fieles como algo de nuestra Fe y que debe creerse así. (J. Salaberry S.J., Tractatus de Ecclesia Christi, III, nº 647 et s.s., BAC Sacrae Theologiae Summa, T I pág. 701, ed. 1962). Se ha de mostrar también en las prescripciones del culto si consideramos el principio teológico de la Santa Iglesia “lex orandi lex credendi”, “ la ley del orar estatuye la ley del creer”, es lógico, lo que rezamos es lo que profesamos: Entonces ¿Dónde queda el ecumenismo actual, la libertad religiosa, el indiferentismo religioso, las nuevas oraciones, el culto cambiado, la misa nueva?
No puede inducir a error. Si induce no es Ella. Vimos la imagen triste de la Iglesia visible actual, acabamos de ver la entidad sobrenatural, Santa y veraz de la Santa Iglesia en sí misma. Delante de una y de otra ¿Cuál es nuestro combate?
¿Qué debemos defender? Lo que la Iglesia es, lo que enuncia nuestra Fe y nuestra vida cristiana: La Doctrina, el Culto, la Gracia.
¿Ante quien? Delante del mundo enemigo de Dios, delante del diablo y todo el infierno, delante de la iglesia conciliar que no es hechura divina.
De acuerdo, pero ¿Cómo ha de ser nuestro combate? Una pelea se establece de dos maneras, mirando la naturaleza de la causa y la condición de los sujetos. En nuestro caso la causa es causa de la Santa Iglesia y por eso es causa nuestra, entonces es un combate sobrenatural pero no basta con eso, es combate según nuestra propia condición de hombres ya que no somos sólo espíritus. La Iglesia se debe defender como lo hicieron los Santos, por algo nos fueron propuestos como arquetipos del cristianismo.
Entonces: La oración y la penitencia, básicas y necesarias, pero no es todo ni suficiente. Falta la predicación, las misiones, (ej. S. Vicente de Paul); las obras de misericordia (S. Benito Cottolengo, en su Piccola Casa de Turín llegó a haber 3000 monjitas ocupadas en los enfermos); las escuelas (S. Juan Bosco); la importancia dada por los Soberanos Pontífices a la Realeza Social efectiva de Nuestro Señor (San Pío X, Pío XI, Pío XII); las Cruzadas y aquella lucha extraordinaria de Lepanto, procurada, predicada, impulsada por S. Pío V que salvó a Europa de ser musulmana como en España la Reconquista contra el moro; la restauración de las Órdenes Religiosas considerada que la vida religiosa es de la naturaleza de la Iglesia.
Debemos ser claros, no basta con rezar, ni con rezar y reflexionar para identificar el peligro. La advertencia no alcanza para ganar un combate. Desde “Juan XXIII” en adelante los “Pontífices” dejaron de mirar a Dios para volverse hacia el mundo, así, abandonaron al mundo a si mismo y por eso deriva convulsionado, confuso y sin paz ni gracia. Debemos volver el mundo a Dios. Volver a hacer lo que hicieron los Santos y como ellos lo hicieron. Hacerlo con la confianza que Dios merece “Ero vobiscum usque ad consummationem saeculi” “Estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos” (S. Mateo 28, 20); hacerlo mientras Dios nos de vida. En ningún lugar de la Sagrada Escritura dice que debamos dejar de predicar porque el enemigo es grande y poderoso, eso sabe más a herejía o a miedo. Contrariamente antes de subir a los Cielos Nuestro Señor dijo a los Apóstoles “Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas…” (S. Mateo 28, 19). El combate no es porque nos guste, es justicia respecto a Dios y a su Santa Iglesia, no podemos permitir que traten de destruirla y perder a las almas. Entonces, si es por Dios y por las almas, que sea con caridad en la intención porque ambos, Dios y las almas, cada cual a su manera, merecen nuestra caridad; que sea con caridad en los modos ya que quien quiere respeta aunque hiera si dice la verdad y con caridad en los medios ya que no peleamos con las argucias del mundo, con la mentira y el susurro sinó con los modos de Jesucristo y de los Santos.
Si bien miramos es siempre lo mismo. Si yo reverencio a mi madre no permito nada que la dañe, la ofenda o la hiera. Si reverencio a Dios Nuestro Señor y a su Santa Iglesia, Una, Santa y Católica, la Fe me exige todo por ellos.
Valga un ejemplo tomado de la historia eclesiástica de Francia en tiempos de la Revolución del siglo XVIII. La venerable María Luisa de Francia, en el mundo hija de Luis XV y tía de Luis XVI, en Religión Madre Teresa de San Agustín, Carmelita, Priora del Carmelo de Compeigne, martirizada con quince compañeras más en Agosto de 1789 y beatificada con ellas por su Santidad Pio IX, escribía lo que sigue a la superiora del Carmelo de Bruselas (Bruxelles): “Je ne consens pas aux changements qu’on veut faire, je veux vivre et mourir… (Carmelite)… Comme je l’ai promis a Dieu par voeux… Je ne puis… Je n’en veux!” “Yo no consiento a los cambios que se quiere hacer, yo quiero vivir y morir (Carmelita) como lo prometí a Dios por votos…¡Yo no puedo… Yo no quiero!” (Petits Boullandistes, Tomo XV, 23 de diciembre, edición de 1878).
Lo mismo decimos:
Porque nosotros no podemos,
porque Dios lo merece y lo prometimos,
por eso no queremos.
Quiera Dios bendecirles y enardecer sus almas en el servicio de Dios.
25 de agosto del 2011, San Luis Rey de los Francos.
+ Mons. Andrés Morello.
lunes, 25 de abril de 2011
DESDE LA CRUZ
Queridos Amigos:Quiera Dios bendecirles.
Cada año, en las cercanías de la Pascua, tratamos de enviarles siquiera unas líneas para hacerles llegar nuestro saludo pascual. También nos ha parecido siempre que no deberíamos sólo saludar sinó que además pudieran servir nuestras líneas para que quienes nos leyeran pudieran acercarse más a Dios. Así entendido tratemos de volar juntos con nuestro pobre espíritu creado remontando la historia hasta aquél día aciago, el más triste, el más solemne y el más sublime del decurso de los hombres sobre esta tierra.
El primer día de la historia, aquél en que Dios hizo la luz y las cosas que ella pudiera iluminar marcó un asombro inexplicable en sólos los ángeles que pudieron contemplarlo al ver salir de la nada la realidad que hoy nos cautiva y nos embeleza y al ver que Dios la ponía sumisa ante ellos para que la rigieran como ministros suyos. El último día de la historia, aquél en que se cierre la última página del sucederse de las cosas, cuando Dios sereno porque siempre es justísimo, dará a cada quién según hayan sido sus obras, sus quereres, sus amores, sus vidas; ese último día tendrá algo de solemne e irreversible como nunca se habrá visto ni volverá a verse. Tendrá algo de indefinible y que no podremos expresar simplemente porque ese día será último, no tendrá ni mañana, ni nueva oportunidad. Será el umbral de la eternidad, la puerta sin retorno por donde se llega a Dios o se lo pierde para siempre.
No queremos hablar ni del comienzo ni del fin de la historia, ni del primer día suyo ni del último. Queremos ir hasta el Viernes Santo, su día más triste porque crucificaron entonces al Amor; el más aciago porque dio su vida el Hijo de Dios; el más solemne que fue el de la primera Misa; el más sublime porque sólo ese día abrió para siempre el Cielo para los que fueran capaces de amar.
Queremos subir hasta el Calvario que no es el monte más alto de la tierra pero sí el más alto de la historia y allí, hecha a un lado la turba, relegados los soldados, mirados con pena e indignación aquellos pontífices descastados de una figura que iba muriendo al instaurarse la Iglesia para siempre, acercarnos sí, reverentes y llenos de adoración a la Cruz del Salvador, locura para los paganos, escándalo para los judíos al decir de San Pablo (I Cor. 1,23).
Nada ha habido igual en la historia ni lo habrá jamás. Y en medio de ese espectáculo siniestro para el mundo, triunfal para los allí culpables de su muerte y para nosotros piadoso y conmovedor, lleno de misericordia y de amor; cerca de la Virgen Madre y del discípulo virgen levantar los ojos, mirar la mirada de Cristo y tratar de leer en sus ojos algo de todo aquello que no dijo porque lo decía su entrega, la más heroica, en medio del abandono el más espantoso.
¿Qué decían sus ojos? Sin duda infinitas cosas, algunas tan divinas que fueran insondables para nosotros; otras un poco más entendibles para estas pobres creaturas.
¿No habrán buscado sus ojos mansos, en medio de aquella muchedumbre que lo veía morir sin hacer nada, a aquellos a quienes hizo el bien? ¿No habrá susurrado en su corazón -Padre mío, dónde están los ciegos, los cojos, los leprosos, los endemoniados que sanó mi gracia? ¿Está por allí aquél que me dijo -“Te seguiré a donde quiera que vayas”? -Padre, los hombres piensan que lo que nos han dicho a Ti y a Mi sólo ellos lo han escuchado y que por eso nada vale, nada obliga.
- ¿Señor, dónde están mis Apóstoles? Los sacerdotes de mañana ¿No nos dirán igual que los del Calvario -“Bájate de la Cruz y creeremos en Ti”?
-Padre, no hay nadie que haga algo por Mi, nadie que lleve mi yugo suave ni mi carga liviana; nadie que quiera sin pedir a cambio como Yo les enseñé a querer.
-Padre, ¿Se atreverán a decirnos -“No te seguimos porque tus sacerdotes están todos peleados y ninguno es ejemplar”? Padre, aunque fuera cierto ¿A quién van a seguir, a mis sacerdotes o a Mi? La deuda es conmigo, no entre los hombres; si no hay valientes ¿Qué esperan para serlo? Si no hay ejemplares ¿Qué esperan para ser virtuosos los que se quejan? Si es temible el enemigo ¿No les dije que las puertas del infierno no habrían de prevalecer?
-Padre, aún así muero por ellos y para Ti, Tú lo mereces aunque ellos lo desprecien.
-Padre, ya habrá San Juanes junto a mi Madre y junto a Mi que quieran arriesgar por nosotros. Padre mío, valiente no es quien nos lo dice, sinó los que en medio de un combate desigual no dejan su puesto o se atreven entonces a pelear.
Nosotros no somos quienes para poder decir lo que Jesús nuestro Señor no dijo desde la Cruz o lo que pensaba en aquellos momentos sublimes. Pero aún así y mirándolo a sus ojos ¿No habrá pensado algo siquiera de lo que acabamos de escribir?
Santas Pascuas para todos y que Dios nos deje mirarle sin rubor.
Ave María Purísima.
+ Mons. Andrés Morello.
18 de abril del 2011, lunes santo.
viernes, 7 de enero de 2011
Saludo Navideño:DIOS CUMPLE

“El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (S. Jn.1, 14). ¿Qué es el verbo? La palabra. ¿Que es esto? La expresión de lo que pensamos. Los hombres podemos mentir, diciendo distinto de lo que pensamos, Dios nó. Dios, suma e infinita Bondad, ni miente ni puede mentir. Lo que dice, eso piensa, lo que quiere, eso hace. En Dios, su Verbo infinito, la segunda Persona de la Santísima Trinidad no es más que la expresión acabada, sincera, leal, inconmensurable y eterna de su pensamiento también eterno. ¡Fiat lux! ¡Hágase la luz! (Gen. 1, 3). La pensó y la quiso Dios y fue hecha. Así con toda la Creación. Así con nosotros, así con su designio redentor.
Lo que Dios dice es lo que dice eternamente y eso mismo lo piensa también desde toda la eternidad. ¡Hagamos! Y así lo que Dios quiere que pase, se cumple de manera fiel e inexorable.
Lo que Dios promete, en su infinita fidelidad; lo que quiere con su infinita sabiduría eso hace y eso cumple. Nadie igualará jamás a Dios en fidelidad.
Vayamos a la semejanza.
La semejanza somos nosotros, al decir del mismo Génesis (Gen.1, 26). Nos parecemos a Dios en la inteligencia y en la libertad. Pensamos, en nuestra medida, como piensa también Dios, obramos, como El, voluntariamente y por eso libremente.
Dios no hizo al hombre semejante a Si porque sí. ¡Qué absurdo en el que para todo tuvo un motivo, una razón, un designio, el que hubiera hecho al hombre sin cumplir con su Inteligencia rectora de los Ángeles, los hombres, los acontecimientos de la historia y hasta el mismo devenir del universo y la tierra que nos cobijan! Su Inteligencia nos hizo como somos, inteligentes y libres, no por un puro copiar, no para hacer gala de su omnipotencia; nos creó así para que copiáramos también su pensar, su querer y su obrar.
Un pensar que no considerase a Dios como el personaje esencial y principal de lo que existe sería en definitiva un razonamiento absurdo porque o no llega a su última conclusión o no percibe siquiera el comienzo de todos los seres, de todas las cosas y de nosotros mismos.
Un querer que no quiere lo bueno y sólo lo bueno como Dios lo dispuso al darnos libertad hace andrajos aquello que nos reviste de dignidad y grandeza entre todos los seres.
Un obrar que aleje de Dios en vez de acercarnos cada día más a Él es una quimera. A Dios llegaremos sí o sí al final de nuestros días, sea para el abrazo eterno de su amor, sea para entenderlo justo y perderlo justamente por no haberlo merecido ni correspondido. Vivir hoy sin tratar de obrar bien es ir preparando el eterno alejamiento de Dios, como quien diariamente maltratara a un amigo asentando la ruptura definitiva de esa amistad. Un amigo puede perderse pero perder a Dios es hundirnos nosotros en la confusión y en la eterna y total falta de amor.
Que esta Santa Navidad nos empuje hacia Dios, a realizar en nuestras pobres almas la humilde copia de nuestro Creador.
Cumplamos también nosotros.
Santa Navidad para todos.
Patagonia Argentina.
Navidad 2010
+ Mons. Andrés Morello.
* UN PROBLEMA DURANTE 15 DIAS EN EL SERVICIO DE INTERNET TRASLADÓ HASTA HOY ESTE SALUDO NAVIDEÑO. GRACIAS.