viernes, 15 de marzo de 2013

Basta Comparar







Basta Comparar

                        El 13 de marzo del 2012 el Cónclave de Cardenales de la Iglesia de la misa nueva elegía como sucesor de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) a Jorge Mario Bergoglio, Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, Argentina. Pasado el primer estupor causado por la elección varios Sacerdotes y fieles nos preguntaron nuestra opinión.
                        Hay cosas en las cuales la opinión no vale mucho y casi es improcedente. Un Obispo, un Sacerdote, un laico no podrían, de suyo y en circunstancias normales de la Iglesia, hacer un juicio acerca de ciertos temas y que este juicio fuera rector de la propia conducta y de las conductas ajenas.
                        No estamos ante la elección de un Pontífice de la Iglesia Católica de siempre sino de la iglesia nueva, de la misa nueva, de los nuevos sacramentos, del nuevo catecismo, del nuevo derecho canónico, de la admisión universal de todas las religiones, del abrazo fraterno con aquellos que con su lengua mataron al Salvador en palabras de San Agustín, Doctor de la Iglesia: “¿De dónde lo matasteis? Con la espada de la lengua” (San Agustín, lección sexta de maitines del Viernes Santo, homilía sobre el Salmo 63, v. 2)
                        Bergoglio (Francisco I) es un fruto de la nueva iglesia:
-Ordenado el 1969 cuando ya regía el nuevo rito de ordenaciones;
-Ordenado para la misa nueva, puesta en vigencia el primer domingo del adviento del 69, su ordenación fue el 13 de diciembre del mismo año).

                        Se es responsable de lo que se hace, de lo que se calla, de lo que se admite.
                        Entrado al noviciado jesuita en 1957 conoció la Doctrina de siempre, hasta su ordenación vivió en el ambiente de la Misa de siempre, la Misa Tradicional. Aceptó Obispado y Cardenalato de Juan  Pablo II, cargos de Benedicto XVI, consintió a sus doctrinas, a sus beatificaciones y canonizaciones, a sus ejemplos y los siguió.
                        Ser caritativo no es solamente sonreír y codearse con los que odian a Jesucristo, con los que niegan a la Santísima Trinidad o con los apartados de la grey de Cristo. Querer el bien del otro (amor de benevolencia) es procurarlo; no es amar dejar en el error sino sacarlos del mismo.
                        Dios no estableció múltiples caminos de salvación sino hubiera sido demasiada poca cosa una religión optativa para morir para fundarla “quien creyere y se bautizare será salvo, quien no creyera ni se bautizare se condenará” (Evangelio de San Marcos XVI, 16).
                        Es una herejía afirmar que Dios obra con su Gracia santificante en otras religiones; puede dar gracias actuales para convertir y ayudar a los no bautizados, pero no puede dar la Gracia Santificante más que allí en donde la encuentra sea por el Bautismo o por el estado de Gracia, la Gracia supone la Gracia.
                        Bergoglio, Ratzinger, Wojtila, Montini, son el triunfo del sentimiento sobre la razón y la Doctrina. Les enerva la Verdad y la firmeza mientras que se derraman en misericordia y ternura con los de las otras religiones, con los activistas de izquierda (el hermano de Montini peleó en la Guerra Civil española en las brigadas comunistas italianas), con sacerdotes u obispos inmorales (en la entronización de Mons. Casaretto en la Diócesis de Merlo-Moreno, Buenos Aires, Argentina, habló loas del obispo anterior sorprendido en el Caribe con una mujer; con todo el episcopado argentino afirmó que era una muestra de la misericordia divina lo sucedido con el obispo de San Miguel de Tucumán, Argentina sorprendido en un hotel con un hombre).
                        ¿Nos preguntan qué pensamos?
                        Pensamos lo que piensa la Iglesia Católica. La Iglesia no tiene más que una sola Misa verdadera, la de siempre, universalmente celebrada hasta 1969.
                        La Tradición no es algo viviente y cambiante, es algo entitativamente (en su mismo ser) inmutable e invariable, “lo que siempre y en todo lugar enseñó la Iglesia” y esto afirmado siempre en el mismo sentido y con las mismas sentencias.
                        Agrega este hombre nefasto la falta de modos, no decimos protocolo; no decimos la falta de simplicidad sinó la simplonería, vuelo rasante de un espíritu similar, abajamiento de una dignidad que no le es propia sino de la Iglesia y por ende de todos los católicos.
                        Juan Pablo II y Benedicto XVI arruinaron la Doctrina y esto seguirá.
                        Francisco I arruinará los modos y la imagen visible del Papado.
                        Más aún, la presencia en el mismo Vaticano del nuevo Papa y del Papa saliente, a los ojos del hombre simple es una lección sorda pero elocuente: Dos Papas no es ninguno.
                        El siguiente destruirá quizás la moral.
                        Nosotros no somos apocalípticos, esos tiempos están en las manos de Dios, somos simplemente miembros de las filas del Clero y del Sacerdocio, brevemente, estamos al servicio de Dios y de su Gloria, todo lo que se le oponga se nos opone. Dios primer servido.
                        No somos intérpretes de profecías pero no deja de ser sugestiva aquella frase del Apóstol San Juan en el Apocalipsis (Apoc. XIII, 12): “Y la segunda bestia ejercía todo su poder en presencia de la primera”.
                        Apocalípticos o nó los personajes, anecdóticos o nó, su conducta y su lenguaje más son dignos del dragón que del Hijo del Altísimo.
                        Aferrados a la Doctrina, a la Santa Misa y a la conducta de siempre ponemos toda nuestra fragilidad y para siempre en María Santísima quien de parte de Dios se presenta como un ejército en orden de batalla (Cantar de los cantares VI, 3) y allí mismo pedimos cobije a todo aquél que sea de Dios.

                                               Ave María Purísima.
           
                                                        + Mons. Andrés Morello.

jueves, 14 de marzo de 2013

La Docta Ignorancia


La Docta Ignorancia
O
La Cabeza de un Modernista
O
“Campanas de Europa”

1. Introducción:
                                   Quiera Dios bendecirles.
                                   El título (o los títulos de este artículo) es un título largo, aparentemente inconexo entre sus partes, curioso por lo que hace referencia a la película “Campanas de Europa” “Bells of Europe” realizada por el Centro Televisivo Vaticano, idea del Padre Germán Marani (VIS, Vatican information Service, 16 de octubre del 2012 “ Ayer por la tarde después de la sesión del Sínodo, se presentó a varios Padres Sinodales la película Bells of Europe sobre la relación entre el cristianismo, la cultura europea y el futuro del continente… Presenta una serie de entrevistas… Benedicto XVI…El Patriarca Ecuménico Bartolomé I… El Patriarca Kiril de Moscú… El Arzobispo de Canterbury… El hilo conductor es el toque de las campanas de los diferentes rincones del continente y la fusión de una única campana en la antigua fundición de Agnone”).
                                   Los tres renglones del título parecen diversos y sin relación, están en cambio íntimamente relacionados y expresan lo que queremos mostrar con estas líneas, a saber: “Cómo funciona la cabeza de un modernista”. Nótese que no decimos “la inteligencia” de un modernista ya que toda inteligencia de todo hombre funciona necesariamente igual porque el pensar como el querer pueden variar en su objeto pero no en su proceder. La inteligencia y la voluntad siempre actúan como ellas son porque no pueden alterar su naturaleza propia, aquello para lo cual fueron hechas.
                                   El modernista aplica su inteligencia para probar y justificar el error y esto es querer probar lo que no tiene prueba posible, es más, quiere probar lo que la Santa Iglesia ya condenó y esto no es sólo querer probar lo imposible sino además atrevimiento.
                                   Por último, el título rezaba “La Docta Ignorancia” aludiendo a una conocida obra de Nicolás de Cusa (1401-1464) Obispo y Cardenal que participó del Concilio de Basilea (Bale 1431-1449). Ortodoxo en Teología y sin duda de recta intención, tuvo errores en materia filosófica quizás por valorar mucho la Fe y la Teología e inversamente desconfiar de la razón y sus conclusiones. Nicolás de Cusa tuvo una filosofía sincrética (fusión de varias), cargada de conclusiones personales, finalmente escéptica (desconfiada de la razón y del saber natural). Para el de Cusa la inteligencia no puede conocer la verdad, no puede alcanzarla, no ve con certeza más allá de las imágenes, fruto de lo que siente; como no alcanza la verdad apenas conjetura (supone, opina, estima) de manera que humanamente hablando la ciencia suprema natural no pasa de ser una “docta ignorancia” ante la cual es necesaria la Fe que ilumina todo lo que conocemos.
                                   ¿Qué tiene que ver Cusa con los modernistas? No es él sinó ellos, Cusa llamó docta ignorancia a la sabiduría humana por desconfiar de la capacidad natural de la razón. Nosotros llamamos docta ignorancia a la supuesta ciencia teológica de los modernistas, decimos que son burros con birrete de teólogos, decimos que esto no puede hacerse sin forzar a la inteligencia para que piense mal y que esto no es honesto, que es inmoral y es engañoso.
                                   Dirán ustedes que nuestro juicio es implacable, que no podemos ni debemos juzgar. No hacemos más que repetir, con otras palabras, lo enseñado por S.S. San Pío X en la Encíclica Pascendi (8 de septiembre de 1907) en la que condena al modernismo; leamos al santo Papa: “Juntan con esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, asiduidad y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que han venido a ser despreciadores de toda autoridad, impacientes de todo freno, y  atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y el orgullo” (Pascendi, n. 2, página 5, ed. Roma, n. 20).
                                   Por eso decimos que el modernista no es niño equivocado sinó un enemigo de la Iglesia, tanto más peligroso al vestir hábito clerical o pontifical. Dice allí mismo San Pio X: “Tales hombres podrán extrañar verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia; pero no habrá fundamento para tal extrañeza en ninguno de aquellos que, prescindiendo de intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozcan sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijera que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya se notó, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro; en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia”. (Ídem n. 2, pág. 4).

2. Algunas Aclaraciones:
                                   No queremos dar una clase de filosofía ni decir cosas difíciles. El fin de estas líneas es poner en guardia al católico frente al peligro del modernismo, modernismo que está desfigurando la faz visible de la Iglesia y perdiendo a las almas.
                                   Aun así, debemos sentar las bases que nos hagan llegar  a la conclusión y trataremos de hacerlo con palabras sencillas, copiando un poco aquella destreza de Nuestro Señor quien explicó las cosas más sublimes para que todos pudiéramos entenderlas.
                                   Al crearnos Dios nos dio las facultades que nos permiten comportarnos como hombres y salvarnos como cristianos con la ayuda de su Gracia. Esas facultades son como los instrumentos para obrar y es así que pensamos y queremos porque somos hombres y que en eso nos distinguimos de los animales.
                                   La inteligencia es como es, como la mano tiene dedos para maniobrar así ella tiene un  procedimiento para razonar. Siempre funciona igual y en todo hombre (aún el loco tiene sana su inteligencia pero enferma su imaginación o sus órganos que le brindan imágenes falsas o artificiosas haciéndola juzgar erróneamente. La inteligencia no se enferma porque es del alma, el que se enferma es el cuerpo; sino fuera así los médicos no darían remedios a los locos sino que les darían un manual de filosofía o un buen consejo).
                                   La inteligencia, entonces, tiene un objeto propio: La Verdad, está hecha para ella, es su fin, su objeto adecuado, para eso fue creada. Esa Verdad no es más que la realidad. Conocer la Verdad es conocer lo que las cosas son, conocerlas y conocerlas tal como son. No digo sólo que conozcamos que las cosas existen, digo que además conocemos, quien más quien menos, lo que son realmente para no movernos en un mundo de opiniones o ilusiones que no permitirían ni ciencia ni certeza alguna. La opinión no va más allá del “quizás” o del “tal vez” o del “puede ser”. En este sentido nadie tomaría un remedio si “quizás” fuera mortal.
                                   Cuando conozco lo que las cosas son conozco con Verdad, es decir, bien, entonces poseo la Verdad.
                                   Mi inteligencia al conocer plasma de manera abstracta en si misma (pero verdadera y real) aquello que conoció. Más todavía, conocer algo tal como eso, es algo muy ordenado, conocerlo mal implica un desorden ya que la inteligencia no estaría cumpliendo su cometido, no hallaría su objeto, su fin, en definitiva su bien que es la Verdad, lo que las cosas son realmente.
                                   Este orden al que aludimos, orden de la inteligencia, pone al intelecto en paz, le causa la tranquilidad o la serenidad intelectual de haber hallado, de manera cierta, lo que buscaba. Si quisiéramos expresarlo gráficamente diríamos:

Inteligencia…... Tiene un objeto (fin)  =  la Verdad = lo que las cosas son, el ser de las cosas.
Alcanzar la Verdad…. Supone orden…. Este orden causa la paz del intelecto.

                                   Dicho de otra manera la inteligencia funciona de modo correcto cuando alcanza la Verdad y lo hace de manera honesta (honrada moralmente) cuando conocida esa Verdad la admite aunque contraríe su opinión, su idea original o su tesis.
                                   Entonces, el objeto de la inteligencia no es llevar la Verdad  a la  constatación de su tesis sinó al revés. Intentar encontrar los argumentos o pruebas de la tesis para que ésta enuncie Verdad y sinó descartarla como errónea. Esto supone en el sujeto honestidad y humildad.
…. Que de los argumentos no se siga Verdad… Es concluir erróneamente.
…. Forzar los argumentos…. Es ser deshonesto y mentir.

                                   La Verdad hallada se expresa en conceptos, muchas veces en definiciones que en el mejor de los casos enuncian dicha Verdad, poniendo todos los límites para que ella diga correctamente lo definido y sólo eso. Como si dijéramos el número de documento de identidad de alguien que sólo a él corresponde o su ADN personal. Esos conceptos, todo concepto, son una definición (más o menos completa) enunciada o nó.
                                   Las cosas son lo que son, eso es la realidad.
                                   La Verdad es la realidad en mi inteligencia, pensada por mi.  Ambas son reales, la cosa y la Verdad que la enuncia, pero una es concreta (la cosa) y la otra es abstracta (pensada= su concepto).

3. La “cabeza” del modernista:
                                   El modernista es un deudor del idealismo de Hegel. Para Hegel, filósofo alemán del siglo XIX, la realidad evoluciona, nó que haya cambios, va cambiando ella misma, las cosas cambian en su mismo ser que pasa como pasa la historia. Todo eso que pasa y se sucede es como la evolución de algo pensado que él bautiza con el nombre de Idea, es el devenir de esa misma Idea.
                                   Recuerdan ustedes que el Papa Pio IX promulgó el Syllabus que es como la colección de los errores modernos, errores que siempre serán tales. Vean sin embargo las afirmaciones siguientes (Card.  Joseph Ratzinger, Teoría de los Principios Teológicos, Wewel, Verlag, Munich 1982; Herder, Barcelona 1985):
° “La Verdad es una dirección… Nunca una posesión definitiva”. (pág. 72).
° “La Fe cristiana ha nacido de una convulsión histórica (la pérdida de valor de los postulados de la religión judía de la época de Cristo)” (pág. 184).
° “Queda en claro el primado de la historia (ciencia de lo que acontece) sobre la metafísica (ciencia del ser, de lo permanente)” (pág. 220).
° (Hablando de la Iglesia) “Las instituciones dependen de las fuerzas vivas que surgen espontáneamente en la comunidad” (pág. 367).
° (Vaticano II) “Fue un intento de reconciliación oficial de la Iglesia con la nueva época establecida a partir de 1789 (Revolución Francesa)” (pág. 458).
° “Esto implica que no hay punto retorno al Syllabus… Que en modo alguno puede ser la palabra última y definitiva” (pág. 469).

                                   Las afirmaciones son graves. Más graves porque eran de un Cardenal, en esos años nombrado Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio), presentado luego y todavía como gran defensor de la Fe y de la Ortodoxia Doctrinal.
                                   Para el modernista la Verdad ya no es el bien de la inteligencia “Queremos en primer lugar, reconocernos todos integrados en ese camino común que es la historia humana. Afirmar que somos peregrinos significa admitir que todavía no hemos llegado a la meta o, mejor dicho, que ésta siempre nos trasciende, constituyendo el sentido de nuestro viaje. Todo hombre de buena voluntad se siente peregrino de la verdad: Se siente en camino, porque es consciente de que la Verdad siempre lo supera” (L’Osservatore Romano, 27 de oct. Del 2011 “De Asís 1986 a Asís 2011, el significado de un cambio”, Cardenal Tarsicio Bertone, Secretario de Estado, fechado 3 de julio del 2011).
                                   Estas reuniones de Asís desde la primera en 1986 son reuniones ecuménicas en donde se juntan las religiones más estrafalarias y contradictorias. La afirmación del Cardenal Secretario de Estado es clara: “La Verdad siempre nos trasciende… Nos supera”.
                                   Es decir es tan grande o tan variable que siempre nos gana, no podemos poseerla. Es el “nadie tiene la verdad” que escuchamos cada día. Si no podemos tener la Verdad entonces nadie puede. Es la única manera de aceptar los errores ajenos y darles derecho de piso. “En todos los periodos de la historia aparecen sus nuevas dimensiones (del Evangelio) aparece en toda su novedad para responder a las necesidades del corazón y de la razón humana que puede caminar en esta verdad y encontrarse en ella”. (Benedicto XVI, Campanas de Europa, VIS, español, martes 16 de oct. del 2012, pág. 2, segundo párrafo in fine).
                                   Volvamos a nuestras “Aclaraciones”, si la inteligencia no alcanza la Verdad nunca alcanza su objeto, nunca queda ordenada a su propio bien, nunca está en paz. No puede haber paz para la inteligencia sin orden y sin definición.
                                   El modernista, por exigencia de su propia doctrina, vive entonces la inquietud íntima más profunda y radical, nunca tiene orden intelectual, nunca llega a la Verdad.
                                   Si el modernista no conoce la verdad es incapaz de penetrar la realidad, vive en medio de un río caudaloso que lo lleva sin que él lo conozca.
                                   ¿Qué le queda entonces? Sólo el sentimiento que produce lo que va viviendo.
                                   El sentimiento es algo subjetivo y transeúnte: “Como Usted decía, sobre todo en el diálogo ecuménico entre la Iglesia Católica, Ortodoxa, Protestante, esta alma tiene que encontrar una común expresión y después tiene que confrontarse con esa razón abstracta, es decir aceptar y conservar la libertad crítica de la razón con respecto a todo lo que puede hacer y ha hecho, pero practicarla, concretarla en el fundamento, en la cohesión con los grandes valores que nos ha dado el cristianismo. Sólo en esta síntesis Europa puede tener peso en el diálogo intercultural de la humanidad de hoy y de mañana, porque una razón que se ha emancipado de todas las culturas no puede entrar en un diálogo intercultural. Sólo una razón que tiene una identidad histórica y moral puede también hablar con los demás, buscar una interculturalidad en la que todos pueden entrar y encontrar una unidad fundamental de los valores que pueden abrir las vías al futuro, a un nuevo humanismo que tiene que ser nuestro objetivo. Y para nosotros este humanismo crece precisamente a partir de la gran idea del hombre a imagen y semejanza de Dios”. (Benedicto XVI, VIS, ídem, pág. 3).
                                   Si los sentimientos son subjetivos su validez como tal no nace de la cosa (la cosa se le escapa al modernista, no puede conocer la verdad que encierra). Entonces ¿De dónde saca su validez el sentimiento? Sólo es válido si es auténtico, ya que no puede ser objetivo se conforma con ser sincero.
                                   Habiendo maltratado a los conceptos y negándoles que puedan encerrar verdad hace conceptos de los sentimientos, o mejor, hace afirmaciones de lo transeúnte que no puede definirse porque está cambiando (sería como querer cercar un terreno durante un terremoto). No se atreve al concepto, los hace sentimientos. Como el modernista no puede ni quiere definir, teme a la definición. La definición compromete con la Verdad y no admite lo contrario.
                                   Hace afirmaciones de lo transeúnte y esta dispuestos a cambiarlas. Pero en esto es incoherente porque cuando no le conviene, la realidad no debe cambiar, valga como ejemplo Vaticano II que es “un bien” inamovible.
                                   Este temor voluntario, y por eso culpable, de no querer definir no lo deja ni afirmar el bien ni rechazar al mal con vehemencia. No se es vehemente de lo inestable.
                                   Resumamos entonces. Para el modernista:
° Pensar es sentir, pensar los pareceres y sentimientos (esto es absurdo);
° Subjetivizar la realidad (es como la siente), (esto es ilógico);
° Es indefinido por concepto (esto es contradictorio);
° La indefinición lo hace íntimamente inquieto y sin paz intelectual.

                                   La vehemencia le pica, le irrita y le incomoda. No soporta la seguridad de quien cree absolutamente en quien lo merece que es Dios.
                                   Está atrapado en sus ideas, entonces toda idea religiosa es valedera si es auténtica, es un “campanazo en la Verdad”, no es verdad ni “la verdad” sinó las otras campanadas (afirmaciones, religiones…) o la de él no serían nada. Basta absolutizar una religión para que las otras sean falsas. Sólo así se entiende una “bolsa común” de todas las religiones: “Mientras recorremos nuestros respectivos caminos –dijo Benedicto para terminar- saquemos fuerzas de esta experiencia y donde quiera que estemos continuemos renovados el viaje que conduce   a la Verdad, la peregrinación que lleva  a la Paz” (Benedicto XVI, VIS 28/10/2011, pág. 3 in fine).
                                   No condice esto con aquellas palabras de Nuestro Señor: “Yo soy la Verdad” (San Juan XIV, 6); “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (San Mateo XVI, 18); “Padre, santifícalos en la Verdad” (San Juan XVII, 17); “El Espíritu de la verdad que el mundo no puede recibir” (San Juan XIV, 17).
                                   Lo sobrenatural es estable, no admite “otros”, no es subjetivo ni relativo, es como es.
                                   Volvamos al principio. Para el modernista la Iglesia Católica suena “su campana” en el concierto de las religiones, dice “su verdad” aceptando que cada quien diga la suya, hace la Fe subjetiva y valedera sólo por ser auténtica, entonces valen igual todas las otras. No hay para él verdad absoluta (aunque crea esto como algo verdadero y algo absoluto).
                                   Para él esa campanada es sincera pero no puede ser absoluta.
                                   No hay Verdad absoluta y permanente a no ser lo que él dice, Vaticano II, la Libertad Religiosa, El Ecumenismo y todas sus modernidades.

                                   Entonces, forzar la inteligencia para defender argumentos sin valor no sólo es concluir en el error sinó inducir al error. Es deshonesto porque su inteligencia le grita que no valen sus argumentos, es la Verdad quien le arguye y recrimina. Es injusto consigo mismo, con sus semejantes, con la Iglesia y con Dios.
                                   No estamos delante de gentes solamente equivocadas: “Van adelante en el camino comenzado, y aún reprendidos y condenados van adelante, encubriendo su increíble audacia con la máscara de una aparente humildad. Doblan fingidamente sus cervices, pero con la obra e intención prosiguen más atrevidamente lo que emprendieron. Pues así proceden a sabiendas, tanto porque creen que la autoridad debe ser empujada y no echada por tierra, como porque les es necesario morar en el recinto de la Iglesia, a fin de cambiar insensiblemente la conciencia colectiva” (Pascendi, obra citada, pág. 24 y 25).
                                   La defensa absoluta de la Verdad supone el rechazo absoluto del error.
                                   Esa defensa merece la vehemencia que tuvo en los Santos porque sólo la Verdad tiene derechos, nunca el error, menos la mentira.
                                   Los principios de la Fe no dependen de nosotros, nuestra es sola la reverencia que le debemos, la fidelidad gustosa que nos obliga, el respeto soberano a Quien dio ser a las cosas, a Quien creó la realidad, a Quien hizo la inteligencia para que nadara en las aguas de la Verdad, a Quien nos brindó la Gracia para poder llegar al Cielo.
                                   Quiera Dios bendecirles.
                                               Ave María Purísima.

                                                       + Mons. Andrés Morello

                                              Patagonia Argentina 11 de marzo del 2013. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

La Capita de Armiño



           
Hace algunos días el Cardenal responsable del Dicasterio de las Familias afirmaba públicamente que deberían respetarse los bienes comunes de las uniones entre personas del mismo sexo. (Diríamos nosotros que deben respetarse los bienes privados, pero en cuanto privados ya que hay bienes comunes sólo en donde hay comunidad y una unión contra natura no lo es).
            Una semana después, el 11 de febrero del 2013, Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, abdicaba al puesto que ocupa, abdicación efectiva a partir del próximo 28 de febrero a las 22 horas de Roma.
            Haciendo a un lado el asombro general que causaran estos acontecimientos, a los ojos del lego, pareciera esta abdicación un efecto de las declaraciones anteriores del citado Cardenal o, al menos, la renuncia de un viejo guerrero que, aunque de avanzada, no pudo ya contener la marea impetuosa, subyacente, de otros menos moderados que él; un guerrero que aunque modernista desde siempre no quiere clérigos degenerados y desgastó su resistencia ante tantos escándalos que debió enfrentar.
            La vejez, las fuerzas disminuidas, la renuncia a continuar ocupando el puesto más alto de la humanidad, aunque fuera de hecho y no de derecho, despiertan naturalmente en todos asombro; en muchos admiración; en las almas católicas una inusual reverencia.
            La figura de un Pontífice, real o supuesto, no se juzga por su respirar cansino, por su rostro demacrado o por su andar vacilante. “Ex operibus eorum cognoscetis eos” “Por sus obras los conoceréis” (San Lucas VI, 44).
            -Me dirá Usted que juzgo al Pontífice.
            -Nó Señor, juzgo si lo es o nó, porque nadie bueno hace cosas malas y ningún pontífice puede inducir a error a la Iglesia universal.
            El elemento de discernimiento lo dio Nuestro Señor, no lo dieron los hombres. Como si dijéramos “Eres según fuiste, no según pareces”.
            Claro está que nuestra pluma no absuelve ni condena al sujeto, juicio que sólo es de Dios. Sí podemos y debemos juzgar los hechos que son los que mandan y nos dicen qué sembró el sembrador según sea el fruto que se ve dar a lo sembrado. Sembrador que por oficio y por obligación debía necesariamente sembrar buena simiente, porque si el padre en vez de pan da veneno a sus hijos es entonces padre asesino  y si la paternidad no es física sino espiritual, ya no es tutor que cuida sino malefactor que hiere, daña y destruye a aquellos que confiaron en él viendo distinto de lo que en sus almas creían.
            Ratzinger, o si prefiere, Benedicto XVI no es una víctima.
            Si nosotros echamos una mirada retrospectiva a su mandato de hecho de estos últimos años no hay ni un solo paso hacia atrás en bien de la Tradición milenaria de la Iglesia, aunque la ingenuidad, verdadera o fingida, torpe o farisaica de algún Obispo tradicionalista vea todavía en él alguien que hizo bien a la tradición: “Por el momento pensé… Que Benedicto XVI haría un gesto final en calidad de Papa a favor de nosotros… Podría añadir que él actuó con valor, porque tuvo oposición”. (Panorama Católico 15/2/2013).
            Veamos algunos hechos significativos de estos últimos años:
° Desde su elección fue presentado por la prensa mundial como un “panzer Papa”, un tanque de guerra papal que enfrentaría a la línea más liberal de la Iglesia;
° En la “misa” de exequias de Juan Pablo II, por él celebrada, el primero en comulgar fue el Hermano Roger, en la mano, protestante, no católico, jefe de la comunidad protestante francesa de Taizé y uno de los mentores, durante Vaticano II, de la misa nueva;
° Confirmó con su firma y promulgación la herejía afirmada por la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cardenal Levada, VIS 10 de julio del 2007, página 3) según la cual la Iglesia “subsiste” en la Iglesia Católica de manera plena, si bien las otras confesiones no católicas (anglicanos, luteranos, ortodoxos…) también son parte de la Iglesia, pero no plenamente;
° La misa nueva es el rito ordinario de la liturgia católica, santo y venerable… No correspondería brindar el derecho a celebrar la Misa Tradicional a aquellos que no reconocieran la misa nueva… La Misa Tradicional es sólo un rito extraordinario. (Motu proprio Summorum Pontificum);
° La repetición horrorosa de la Jornada de Asís (VIS, 28/10/2011);
° La Confirmación de la alianza nunca revocada del Antiguo Testamento;
° La presentación benigna de Juliano el Apóstata, asesino de mártires, en su primera Encíclica sobre la Caridad;
° La supresión del Limbo;
° El condón es un “principio de moralidad” en aquellos que no quieren enfermar a otro aunque estén matando la Gracia en ellos (VIS, 22/11/2010). Es lo mismo que fusilar con balas esterilizadas para que no haya riesgo de infección;
° La beatificación de Juan Pablo II;
° Su rezo en mezquitas y sinagogas;
° El anuncio escandaloso de la oficina de prensa del Vaticano del 22 de enero del 2013 acerca del nuevo Código de Derecho Canónico que brinda “la posibilidad de acoger en los sacramentos de la Iglesia Católica, aunque bajo condiciones específicas, a los cristianos no católicos” (Canon 844 del Nuevo Código, VIS, 22/01/13).
° Su real pensamiento acerca de Obispos, Sacerdotes y fieles tradicionalistas: “Tenemos que cuidarnos de minimizar estos movimientos. Sin lugar a dudas ellos representan un celo sectario que es la antítesis de la Catolicidad. No podemos resistirlos de forma suficientemente firme” (Joseph Ratzinger, Priciples of Catholic Theology, Ignatius Press, 1987, pág. 389-90);
° Levantó excomuniones inexistentes de los Obispos de la Fraternidad San Pio X manteniendo las de Mons. Lefebvre y de Mons. De Castro Mayer;
° Mantuvo conversaciones, acercamientos, entrevistas con el fin de “recibir” de nuevo en la comunión de la Iglesia a los que nunca la habían perdido pero que querían volver a la patria nunca abandonada en un real diálogo de sordos: “Dame lo que tengo, perdóname lo que no hice, desembarázame de lo que no me aplasta y así estaremos juntos, estando desunidos y creyendo lo contrario”.
           
Estas conversaciones, muertas antes de nacer, fueron un intento de deglutir a los tradicionalistas, al menos a una parte de ellos. Frustrado el intento, ya que Vaticano II es una valla insalvable e infranqueable que Roma no quiere quitar ni Benedicto XVI, quedó a la vista la necesaria fragmentación que aqueja a la Tradición en donde la coherencia se resigna delante del sentimiento y la Fe delante de un sello de autorización.
            El pontificado de hecho del saliente Benedicto XVI fue un huracán silencioso, un terremoto sigiloso que arrasó con los peñones católicos en pié.

            Su único gesto tradicional visible fue vestir la Museta Roja con Armiño “porque hacía frío”.


            No vemos nosotros en el campo sembrado más que el efecto de una mente fría en ejecución de sus determinaciones.
           
            No es una víctima, más bien es un victimario.

            Peor aún, la supuesta abdicación lo convierte  ahora en dechado de humildad, prolegómeno de alguna posterior beatificación.
            Lo nunca sucedido sucederá, abdica y se queda a vivir, enclaustrado, en un convento de clausura en el mismo estado del Vaticano de apenas 20 kilómetros cuadrados.
            Esa reclusión cercanísima hace que el monolito diamantino de la Autoridad Pontificia quede partido en dos, sujeto a la temporalidad, aquél que los siglos no pudieron conmover lo moverá el pequeño dedo del “Pontífice” (Pronunciando su propia caducidad, el papado romano declarará urbi et orbi que, habiendo terminado su misión y su papel de iniciador, se disuelve libremente en su antigua forma, para dejar el campo libre a las operaciones superiores del nuevo Pontificado de la nueva Iglesia y del nuevo sacerdocio que él mismo instituirá canónicamente antes de exhalar el último suspiro, Abate Roca-sacerdote apóstata- Glorioso centenario pp. 457 y 469) ; uno de los últimos bastiones quedará sujeto al incierto decidir de abdicaciones y presiones, no ya la monarquía vitalicia, perpetua, intangible. Jesucristo no dijo “Tu eres Pedro hasta que tú quieras” sinó simplemente “Tu eres Pedro”.
            Cuando los pontífices eran coronados con la Tiara Papal, el Cardenal Diácono le decía al nuevo Papa antes de coronarlo: “Accipe Tiaram tribus coronis ornatam, et scias te ese Patrem principum et regum, Rectorem orbis, et in terra Vicarium Salvatoris Nostri Jesu Christi, cui est honor et gloria in saecula saeculorum. Amen” “Recibe la Tiara adornada con tres coronas, para que sepas que eres Padre de príncipes y reyes, Rector del mundo y en la tierra Vicario del Salvador Nuestro Señor Jesucristo, a quien es el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”
            Padre de príncipes y reyes, no para que felicitara Presidentes abortistas o partidarios de los matrimonios homosexuales (ej. al Presidente de USA).
            Rector del mundo, no para que se complaciera con la “provechosa colaboración existente” con el Partido Comunista de Vietnam” (VIS, 22/01/13), recibiendo al Secretario General del Partido Comunista de Vietnam).
            Vicario del Salvador, no para rezar con aquellos que lo rechazan como Salvador (última reunión de Asís).

            Nosotros estamos en presencia de hombres sin Fe sobrenatural, hombres que aceptan sólo lo que su razón les autoriza, manifestación ante Dios y ante los postulados de la Fe de un orgullo desmedido y que en esa oposición se muestra necesariamente diabólico.
            El torque será mayor. La condescendencia no sirvió para hacer desaparecer lo que quedaba de católico. Lo que no pudo la sonrisa, lo intentará el puño.
           
            El combate por la Fe no es un combate simplemente humano, en este combate Dios no es ajeno, ni el Cielo, ni la Gracia. Es humano para los enemigos de Dios que no tienen ni a Dios ni al Cielo, ni la Gracia. Es combate que acaba como Dios quiso que acabe, no como ellos quieren. Lo que suceda entre medio no deja de ser anecdótico, temporal y pasajero. Siempre tendrá Dios quién sostenga su Cruz a los ojos de los hombres hasta que Él venga a cerrar los tiempos para siempre.
            Quiera Dios bendecirles.
                              +  Mons. Andrés Morello
                                            Patagonia Argentina, 20 de febrero del 2013.

miércoles, 4 de julio de 2012

Parada sobre Aceite

Parada sobre Aceite

Breviter (Brevemente)



Supuesto un rechazo de componenda con Roma a causa de “condiciones inaceptables” ¿Dónde queda parada la Fraternidad Sacerdotal San Pío X?

Queda parada en donde estaba. Con un corazón partido que siempre lo tuvo.

En el primer Capítulo General (año 1982) Mons. Lefebvre tuvo que silenciar a “uno de los antiguos”, por defender insistentemente a los más liberales; y éste es hoy uno de los “baluartes”. Éste “silenciado” de aquel momento no es alguien de mala doctrina, es bien educado y condescendiente, pero no es hombre de gobierno; junto a Mons. Lefebvre funcionaba bien, lejos le ganaba su corazón hacia quienes fueron quizás sus primeros amigos muy al comienzo de la Fraternidad.

Siempre entre los hombres hay una “gama” de firmezas aceptable y unos límites infranqueables, son estos últimos los que, franqueados, causan estragos en cualquier congregación.

Pongamos un ejemplo: Si no se atreven a decir o a concluir que la nueva misa es inválida, algún motivo deben tener para rechazarla y no celebrarla.

Todo principio teológico dogmático que concierne a un acto humano connota necesariamente un principio teológico moral. Si, por ejemplo, los “peligros para la Fe” son tales por la posible corrupción de la Fe, entonces han de ser evitados y a mayor peligro, mayor obligación de evitarlos.

Ahora bien, y dentro del ejemplo:

¿Es buena o es mala la nueva misa?

¿No se atreve a contestar?

Entonces, ¿Es dudosa, peligrosa, alejada de la teología católica de la Misa, causó daño a la Iglesia?

Si sí, entonces no la celebro (Mons. Lefebvre).

Si nó, entonces la puedo celebrar (Dom Gerard, Mons. Rifan).

Y si yo la celebrara, ¿Quedaría tranquila mi consciencia?

Si sí, entonces, es buena o indiferente la misa nueva.

Si nó, entonces, es mala o peligrosa.

-¡No es mala! Me dirá, entonces es peligrosa.

¿Puede ser peligrosa una misa? ¿Tiene derecho a serla? ¿Admite la Moral Católica decir una “misa” peligrosa? ¿No es similar a bautizar con una materia dudosa y a sabiendas (scienter)? ¿No es esto un pecado, aunque más no fuera de imprudencia, con el agravante de concernir a una acción que debería ser sagrada?

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X tiene divididas las aguas y ya desde hace muchos años porque todos no piensan igual y, así, no pueden querer lo mismo.

Mons. Lefebvre decía que el nuevo Código de Derecho Canónico no valía nada y la Casa Generalicia lo usa para que Mons. Williamson no pueda ir al próximo Capítulo General.

Me dirá: -¿A Usted qué le importa? Sí me importa cronológicamente (como quien constata un efecto) porque fui de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X antes que otros y algo de lo que hice en su momento les sirve ahora y porque formé al menos cuatro generaciones completas de Sacerdotes siendo Director del Seminario de Argentina de la Fraternidad. Pero, como dice Santo Tomás de Aquino, todos recibieron la misma formación “sortem tamen inaequalem” (sin embargo distinto el resultado). Vemos hoy reacciones opuestas entre ex alumnos que recibieron el mismo alimento. ¿Por qué? Por la acción disolvente de algunos profesores o directores de consciencia que siempre echaron agua al vino y lo mismo sucedió en los otros Seminarios.

Sí me importa como quien hace un análisis objetivo de algo que ya no le afecta pero que puede dañar a hombres íntegros y valiosos que conocí y aprecio por lo que merecen.

La única manera de conseguir una acción de conjunto es que ésta sea dirigida por un pensamiento uniforme. Si en un ejército todos piensan distinto y se gobiernan a si mismos de esa manera, entonces, cada quien hará lo que quiera y la guerra estará necesariamente perdida.

¿Qué consiguió Ratzinger?

Todavía no se tragó al pez pero acentuó la división del cardumen. Será ver ahora quiénes controlan las aguas y cuánto contribuye Roma a aumentar la división. Roma no quiere abrazar a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, quiere sofocarla como hizo hasta ahora con todos los que pactaron con ella. Si Roma cambió, como dicen varios, ¿Por qué no cambió respecto a otros dejando que la Tradición corriera libremente entre los “arreglados”?

Note Usted que no digo que Ratzinger causó la división, la división ya estaba y él supo poner el dedo en la llaga.

Unum sentire (un mismo sentir).

Unum velle (un mismo querer).

Unum agere (un mismo obrar).

Mientras quede libre el pensar si es buena o nó la misa nueva, si valen las nuevas ordenaciones, si se puede usar el nuevo Código de Derecho Canónico (yo agregaría, si puede mandar quien manda todo eso) la Fraternidad Sacerdotal San Pío X seguirá parada sobre aceite y es fácil empujarla y hacerla caer.

La duda positiva práctica (al menos probable) en materia grave es más que suficiente para juzgar mala una cosa o una acción y, consiguientemente para rechazarla por completo. Fue lo que nos enseñaron y enseñé durante años en Teología Moral (“Aquél que no tiene un juicio práctico cierto de la licitud de una acción no puede obrar, y si necesariamente debe obrar, está obligado a lo más seguro… A lo que más remueve el peligro de obrar mal, por eso el axioma -en las dudas prácticas debe elegirse el camino más seguro-” Benedicto Merkelbach, O.P., Summa Theologiae Moralis T.1, n. 215, Desclee, París 1938, P. 200) (Manuale Theologiae Moralis, J. Prümmer, T. 1, n. 329 y ss.).

No es lícito reducir a una discusión de Teología Dogmática lo que necesariamente conlleva una acción externa responsable; aquí Teología Dogmática y Teología Moral deben responder juntas de lo bueno o de lo malo, de lo erróneo o de lo verdadero.

Mientras tenga lugar un pensar o un querer liberal habrá una raíz de fragilidad o unos piés de barro en el coloso de hierro, que por lo mismo no será tal.

- ¡Usted es rigorista!

Basta con que Usted lo pruebe, digo, con argumentos, nó con dichos de otros. En ese caso, deberá Usted permitir que yo pruebe su liberalismo tanto teórico como práctico y, por lo mismo, una incapacidad radical (sufrida por muchos) de ganar esta guerra.



Ave María Purísima.

4 de julio del 2012.

+ Andrés Morello

martes, 15 de mayo de 2012

Al Pan Vino y al Vino Pan


Al Pan Vino y al Vino Pan
“Sit autem sermo vester: Est, est; non, non; ut non sub juicio decidatis”
“Que vuestro hablar sea: Si, si; no, no; para que no caigáis bajo el juicio” (Epístola del Ap. Santiago cap. 5, v. 12; San Mateo cap. 5, v. 37)
       

1. Introducción.
            Empeñar la pluma es como abrir la boca, debe uno medir lo que dice y más lo que escribe porque ambas cosas comprometen al hombre delante de Dios ya que de las dos maneras, hablando o escribiendo, se puede decir verdad o error, se puede ejercer la caridad o faltar contra ella.
            El día lunes de la octava de Pascua, en el rezo del Oficio Divino (el Breviario), al comienzo de la tercera lección de Maitines que la Santa Iglesia toma de las Homilías del Papa San Gregorio Magno se lee esta frase en la que el Santo Papa comenta el encuentro de los discípulos de Emaús con Nuestro Señor y al cual invitan a pasar a la posada, ya que atardecía y se sentía el cansancio del día y de la marcha: “Sed quia extranei a caritate non poterant hi, cum quibus Veritas gradiebatur “; “No podían ser ajenos a la caridad aquellos con quienes caminaba la Verdad”. (San Ggregorio, Hom. 23 in Evang. Maitines de Feria secunda, infra octava Paschae, lectio 3, in ppio.). La afirmación es tajante, es de un Santo y de uno de los más grandes Papas de la historia de la Iglesia: No puede faltar a la caridad quien afirma la Verdad.
            Obligados por lo dicho trataremos de escribir acerca de la realidad que nos rodea y que de alguna manera nos atañe. Será necesario escribir de otros ya que la realidad humana siempre la conforman otros, a Dios de juzgar lo inocente o lo culpable de cada quien y, naturalmente, de dar el merecido premio o castigo; pero las cosas son como son y la Verdad es como es y de eso hablaremos en las líneas que siguen.
            Queremos indicar qué sucede y qué es eso que sucede, qué tiene de malo y por qué, qué comportamiento exige de nosotros.
2. Un preámbulo necesario.
            La realidad es como es. La misma historia, hecha de realidades, es como es y sucede como sucede o sucedió, independientemente de que yo la lea de alguien mentiroso o de alguien veraz.
            Las cosas son como son, tienen su realidad y su ser propio que nosotros conocemos con nuestros sentidos. Si las cosas pudieran hablar gritarían lo que son para que los que las pudieran conocer y entender supieran de ellas. Por eso quizás dice el Génesis que Dios mostró a Adán todo lo creado para que le pusiera nombre, es decir, para que viendo conociera y entendiera, y entendiendo nombrara  a las cosas (Génesis 2, 20).
            Hay allí todo un compendio de nuestra naturaleza cognoscitiva: Conocemos por los sentidos, formamos conceptos o ideas que son en nuestro interior la expresión misma de lo que percibimos y esto lo enunciamos en los términos o palabras. Decimos lo pensado y hemos pensado lo conocido que es lo que es. Breve, la idea corresponde a la realidad y las palabras expresan esas ideas de lo real.
            Si Usted reflexiona un momento se dará cuenta sin dificultad que si las palabras se falsean ya no dicen lo que la inteligencia conoció de la realidad.
            La palabra es esclava de la idea y ésta de la realidad.
            Tergiversar las palabras, vaciarlas de contenido o cambiarlas es afirmar distinto de lo que se conoce y decir algo que no corresponde con la realidad.
            Si lo decimos más difícil: La realidad tiene la verdad del ser, la inteligencia alcanza la verdad del conocer y la palabra enuncia la verdad del decir. Todo está en que lo que es, lo que se piensa y dice de eso, digan y sean la misma realidad.
            Si no pienso la realidad como ella es me equivoco, pienso mal.
            Si digo lo que me equivoco como verdadero, digo falso.
            Si digo que esto pienso pero en realidad no digo lo que pienso, entonces miento.
            Si se que digo falso, que digo mal, pero digo eso igual, miento más todavía.
3. Un ambiente general.
            Si Adán naciera de nuevo estaría completamente mareado. ¿Por qué? Porque los hombres piensan cualquier cosa de la realidad y dicen de ella lo que quieren y nó lo que es. Basten unos ejemplos de la sociedad contemporánea: La hombría o la femineidad ya no son una realidad biológica sinó una opción; un niño que los papás que le engendraron no lo quieren no es la víctima de un asesinato inminente sinó un embarazo no querido; si la mamá fue violentada, lo cual es soberanamente injusto, es preciso condenar a muerte al que quiere nacer sin culpa de su parte y sólo mandar a la cárcel por un rato al bruto apasionado.
            ¿Qué intentamos decir? Nó que la realidad está cambiada, la realidad es lo que es y no puede cambiarse con sólo cambiarle el nombre. Un aborto será siempre el asesinato de un inocente por más leyes humanas que lo llamen “embarazo no deseado”; Sodoma recibiría hoy de Dios el mismo castigo que recibió ayer; por eso dice San Pablo enumerando ciertos pecados que impiden la entrada al Cielo y entre los cuales nombra el de los homosexuales: “No poseerán el Reino de Dios” (I Carta a los Corintios cap. 6, vs. 9 y 10).
            Los que están cambiados son los nombres, están vaciados de contenido, están forzando para tener otro concepto atrás de la palabra tratando de modificar la realidad. A esto en filosofía le llamaríamos “nominalismo”, es decir que el nombre que le damos a la cosa no representa ya a la cosa, lo que decimos ya no correspondería ni a la idea ni a la realidad.
            Va de suyo que si yo le busco un nombre a esto en moral no le cuadran más que el de engaño o mentira. Vale el adagio popular “la mona aunque se vista de seda, mona queda”.
4. Lo mismo en el ámbito religioso y entre los mismos católicos tradicionalistas.
            La Religión no puede escapar a un ambiente apestado de irreligión a no ser que le oponga una doctrina esclarecida e inamovible y una virtud aún mayor. Baste el recuerdo de la conducta y doctrina admirables de San Atanasio, fidelísimo aún en medio de las persecuciones y destierros y hasta de las excomuniones de los otros obispos.
            Este nominalismo religioso, por llamarle de alguna manera, se ha insinuado, se ha filtrado dentro de la Doctrina Católica hasta presentarse como doctrina oficial de la Iglesia visible. Rodeados de ese ambiente de un catolicismo falseado, y al amparo de báculos y de mitras, los fieles aún católicos creen ver, a veces, religión donde sólo hay apostasía.
            Pondremos un sólo ejemplo. Cuando murió Juan Pablo II, la misa de exequias fue dicha por el entonces Decano del Colegio Cardenalicio, en su momento, el Cardenal Joseph Ratzinger (hoy Benedicto XVI); al momento de dar la comunión, el primero que comulgó  fue un monje en silla de ruedas, era el Hermano Roger de la Comunidad Protestante de Taizé; el primero en comulgar fue un nó católico, un protestante bien conocido del Cardenal. En la moral católica de siempre esto se llama un “sacrilegio real” en materia gravísima, la más grave que puede darse. ¿Qué es para la iglesia nueva? ¿Es para algunos tradicionalistas algo gravísimo hecho por el Cardenal Ratzinger, o es algo que se olvida fácilmente para decir que él está a favor de la Tradición? ¿No están cambiadas las palabras? ¿No están vaciados los conceptos? ¿No es decir que es muy bueno el que hace muy mal?
            El ambiente general del mundo y de la iglesia oficial es un ambiente relativista, los contornos están desdibujados, ya lo malo no parece tan malo ni lo bueno tan importante. Todos hablan de San Pío X, este Papa grandioso ¿Habría dado la comunión al monje protestante? San Pio V ¿Qué diría de la conducta del Cardenal? No diga usted que era otra época; sí era otra Fe la de esos hombres y sabían respetarla.
5. ¿Cómo se llega a este ambiente en que todo es relativo?
            Por el derrumbe progresivo y constante de aquellas cosas que forman la estructura de la sociedad y de la religión.
            Tres cosas son las que caen bajo la picota: Los conceptos, las personas, las instituciones. Los conceptos se diluyen como ya dijimos, variando el contenido y dejando que los maestritos de la nueva fe digan lo que quieran, así la gente poco a poco va pensando completamente distinto. Las personas y las instituciones se diluyen y caen a pedazos gracias a los escándalos de ambas. El sacerdote, el religioso, eran antes hombres virtuosos que aún en medio de la inmoralidad generalizada brillaban como faros en un puerto seguro y allí podían confiarse niños y jóvenes para su formación. ¿Qué queda en pié después de los últimos escándalos conocidos? Pensará Usted que no todos son así, claro que nó, pero queda la duda o cabe la posibilidad. Los escándalos personales repetidos y multiplicados van minando las instituciones y creando o la desconfianza hacia ellas o la falsa necesidad de cambiarlas. No es el celibato lo que debe suprimirse sinó lo que debe vivirse y para eso tener y usar los medios que siempre usó la Iglesia y evitar los riesgos, los peligros, las ocasiones en las que cualquier virtud se vería puesta a prueba.
            Poco a poco va pasando y se va sintiendo en las sociedades lo que al final de las grandes guerras e invasiones, nada parece grave o no tanto.
            Recuerda esto aquellas palabras horrorosas, citadas por Cretineau Joly en “La Iglesia faz a la Revolución”, del famoso Carbonario de las Altas Ventas, Nubius, en carta a Víndice del 9 de agosto de 1838: “Popularicemos el vicio en las multitudes. Que éstas lo respiren por los cinco sentidos, que lo beban, que de él se saturen… Haced corazones viciosos y dejará de haber católicos… El mejor puñal para herir a la Iglesia es la corrupción”.
6. “Hágase su idea para sobrevivir”.
            Es la peor solución, pero sin embargo la que la gente elige. Si la correntada viene fuerte puedo seguirla, o puedo seguirla tratando de que no me ahogue, o puedo apartarme. La mayor parte de los hombres en la correntada social se deja llevar, es claro, parece más fácil disfrutar de las pasiones pensando que el buque no se hunde. Es pensar que la propia inmoralidad se desdibuja en el montón de los inmorales.
            Otros piensan que “se puede pelear desde adentro” sea en la política, sea en la vida social, sea en la religión. “Adentrotengo que admitir a los que me rodean y lo que hacen si quiero seguir quedándome adentro. Si dejo a los inmorales tarde o temprano ganan ellos porque la inmoralidad siempre es más barata y más fácil. Si es materia de religión o de moral será preciso admitir lo inadmisible o ser expulsado. Un ejemplo está sobrado: ¿Podré callar ante los sacerdotes que admiten la limitación de la natalidad? ¿O ante los sacerdotes inmorales? ¿Cuando el sacerdote que ayude a dar la comunión la de en la mano? ¿Cuándo celebre la misa nueva en el mismo altar en que se dijo la de siempre? ¿Habrá que acompañarlos a las mezquitas, a las sinagogas, a los encuentros ecuménicos o simplemente no podremos decir que todo eso está mal y que no es católico y que es odioso a los ojos de Dios?
            El pantano pudre hasta la mejor barcaza si no se la saca de él.
            Si alguien consiente a estar con ellos consiente a no hablar mal de ellos.
            Es una ilusión torpe pensar que la Misa de siempre basta por sí misma para impedir el mal. Si fuera así, cuando la única Misa era la de siempre ¿Por qué no alcanzó para impedir el modernismo o a Lutero o a Calvino? ¿Por qué si alcanzaba, la Santa Iglesia instituyó a la Sagrada Inquisición? La presencia de Cristo Nuestro Señor en el Templo bastaba para evitar y destruir a los mercaderes pero empuñó el látigo para darnos un ejemplo (San Mateo 21, 12).
7. Dos aplicaciones tomadas de la realidad.
            Metamos más el dedo en la llaga para que quede en claro la infección que aqueja a la realidad y la urgencia de limpiarla.
            a. El lenguaje de la iglesia oficial.
            b. El lenguaje y la conducta en la Tradición de la Iglesia.
           
a. El lenguaje de la iglesia oficial.
            Los que maniobraron durante Vaticano II no eran sacerdotes recién ordenados.  La discusión sobre la Libertad Religiosa en las reuniones preparatorias que se desarrollaron durante dos años antes del Vaticano II, no fue una discusión entre dos jóvenes teólogos sinó entre el Cardenal Ottaviani, Secretario del Santo Oficio, quien afirmaba la tolerancia religiosa y el Cardenal Bea quien propugnaba la Libertad Religiosa. Ambos eran ya hombres mayores. ¿Qué intentamos decir? Decimos que los que comenzaron y continuaron defendiendo la nueva doctrina opuesta a la de siempre no eran ignorantes de lo que siempre enseñó la Iglesia. No lo ignoraban sinó que simplemente pensaban y piensan distinto. Parece algo de poca monta pero las líneas siguientes mostrarán su gravedad.
            No se puede pensar distinto que la Santa Iglesia en materia de Doctrina o de Moral y ni siquiera en las Leyes Litúrgicas cuando son promulgadas con la intención de obligar a los católicos a su cumplimiento.
            Los maestros de la nueva doctrina son los profesores de los seminarios de la misa nueva, los obispos y cardenales, Benedicto XVI. Esa nueva doctrina distorsiona los conceptos cambiándolos de contenido o admite la validez de lo contrario a la vez que afirma lo de siempre. Es exactamente lo denunciado por el Papa San Pío X en la Encíclica Pascendi al hablar de la técnica de los modernistas: “Y como una táctica, a la verdad, insidiosísima, de los modernistas (así se los llama vulgarmente y con mucha razón), consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sinó dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes” (Pascendi, Encíclicas Pontificias, Editorial Guadalupe, Tomo I, pág. 782, nº 3).
            El Osservatore Romano en su edición Digital (Internet) del 27 de octubre del 2011 trae un artículo llamado “De Asis 1986 a Asis 2011, el significado de un camino”. Este artículo está firmado por el Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano y trae citaciones tanto de Juan Pablo II como de Benedicto XVI. Sabido está que estos encuentros de Asís reunieron allí, para rezar por la paz, a más de un centenar de líderes de otras tantas religiones y, en el del 2011, inclusive representantes agnósticos, es decir, que no creen en ningún dios y que enseñan que no puede creerse.
            Dice  en su artículo el Cardenal Bertone (párrafo 8), comentando a Juan Pablo II: “El relativismo o el sincretismo, en efecto, terminan destruyendo, en vez de valorizar la especificidad de la experiencia religiosa.”
            Digamos brevemente qué significan los términos para entender qué dice el Cardenal.
Relativismo: Doctrina según la cual el conocimiento humano sólo conoce relaciones sin llegar nunca a lo absoluto.
Sincretismo: Doctrina religiosa que procura conciliar religiones diferentes. (Enciclopedia ilustrada de la lengua castellana, Sopena, t. 3, 1956).
            Entonces ¿Qué dice el Cardenal? El relativismo es que toda religión vale. El relativismo al aceptar todas niega a todas, en vez de valorizar a todas, como hacemos en Asís, y eso es relativismo. Es decir afirma y niega lo contrario pero de tal manera que mucha gente no lo ve.
            Pongamos la misma doctrina expresada por Benedicto XVI en el mismo párrafo del Cardenal: “Es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que son propios de las diversas religiones. Esta fue la opción que se hizo en 1986 (1er. Encuentro de Asís con Juan Pablo II) que sigue siendo válida también hoy”
            Si bien entendemos es válida la opción de que cada quien rece según su propia religión.
            Comparemos esto con la enseñanza de S. S. Pio IX: “De esta torpísima forma de indiferentismo no dista mucho aquél sistema salido de las tinieblas, de la indiferencia acerca de las religiones, porque los hombres ajenos a la verdad y adversarios de la verdadera confesión, olvidados de la salvación, enseñando cosas contrarias entre si y no teniendo nunca una sentencia firme, no admiten ninguna diferencia entre las diversas profesiones de fe y hacen la paz indistintamente con todos y pretenden que a todos, cualquiera sea su religión, les está abierto el puerto de la Vida Eterna… Bien véis, amados hijos nuestros y Venerables Hermanos, cuanta vigilancia tenéis que emplear para que el contagio de tan cruel peste no inficione y pierda nuestras ovejas” (Encíclica Singulari quídam del 17 de marzo de 1856, ob. Cit. T. 1, pág. 124, nº 1).
            Las reuniones de Asís han sido actos de indiferentismo religioso, cada quien rezó a su manera y a su dios; y actos propiciados y patrocinados por el Vaticano. Fue la invitación expresa de que cada uno fuera a rezar con sus oraciones a su propio dios por la paz.
            El Syllabus de S. S. Pio IX condena el siguiente error: “Es efectivamente falso que la libertad civil de todos los cultos y el pleno poder otorgado a todos, de manifestar abierta y públicamente todas sus opiniones y todos sus pensamientos, precipite más fácilmente a los pueblos en la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propague la peste del indiferentismo” (Syllabus, proposición condenada nº 79, ob. Cit, pág. 168 y alocución Numquam fore del 15 de diciembre de 1856.
             Es decir que justamente la libertad de culto precipita más fácilmente a la corrupción de las costumbres y de las inteligencias y propaga la peste del indiferentismo.
            Benedicto XVI en el Mensaje a Mons. Doménico Sorrentino del 2 de septiembre del 2006, Osservatore Romano en lengua española del 15 de septiembre del 2006, en su página 6, respecto al encuentro de Asís dice: “La convergencia de personas diversas no debe dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de la verdad y la posibilidad de alcanzarla”.
            Es exactamente lo contrario a lo enseñado por S.S. Pio XI en la Encíclica Mortalium Animos del 6 de enero de 1928 en su nº 2: “(Algunos) Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello la esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes, e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, a cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión”… Nº 3: “Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables… Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sinó también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y al ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.” (Enc. Pont., ob. Cit. T. 1, pág. 1114, num. 2 y 3).
            ¿Qué buscamos decir? Que los que afirman estas doctrinas contrarias a lo que siempre enseñó la Iglesia sabían y saben bien que dicen algo contrario aunque disfrazado bajo la afirmación de una verdad que o la niegan con los hechos o torciendo los argumentos como vimos en los párrafos anteriores.
b. El lenguaje y la conducta en la Tradición de la Iglesia.
            Claro está que no queremos meter a todos en el mismo renglón, sinó hablar solamente de aquellos que defienden lo indefendible bajo una apariencia de integridad doctrinal. Si la doctrina es íntegra exige entonces el rechazo del error y del que yerra en la medida en que éste es maestro del error.
            Poco a poco los distintos grupos tradicionalistas que defienden la ortodoxia católica van siendo incluidos y anulados dentro del aparato de la iglesia oficial. Esta inclusión es posible por dos razones:
            - Cuando los modernistas de la iglesia oficial afirman cosas contrarias dichos tradicionalistas consideran solamente lo que está de acuerdo a la doctrina de siempre y no lo nuevo y lo opuesto, como si hablaran con dos personas distintas.
            Pongamos un ejemplo: “Ratzinger autorizó al misa de siempre” pero no dicen que a condición de aceptar como legítima a la nueva misa y teniendo la tradicional sólo como rito extraordinaro.
            -Porque se cree siempre en la buena intención de los demás, aunque sea manifiesta su intención contraria. Abundarían las afirmaciones de su Excia. Mons. Bernard Fellay o del Padre Franz Schmidberger acerca de las buenas intenciones de Benedicto XVI. Traigamos a colación nó las de ellos sinó una del Padre Alain Nely asistente de la Fraternidad San Pio X y otro de un periódico tradicionalista de Argentina.
            El domingo 17 de marzo del 2012 el Padre Alain Nely, de regreso de Roma y de paso por  Toulouse (Francia) afirmaba respecto a la inminencia de los posibles acuerdos: “Las puertas nos están abiertas de par en par… Será una proposición óptima… Será un gran acontecimiento para toda la Iglesia”. En cambio el Cardenal Ratzinger escribía en 1982, hace treinta  años, refiriéndose a los tradicionalistas: “Tenemos que cuidarnos de minimizar estos movimientos. Sin lugar a dudas, ellos representan un celo sectario que es la antítesis de la catolicidad. No podemos resistirlos de forma suficientemente firme” (Principes of catholic theology, Ignatius Press, 1987, pág. 389- 390).
            Por otro lado en la Lista Roma Aeterna, se cita al columnista de Panorama Católico  Sr. Marcelo González (Roma Aeterna, martes 8 de mayo del 2012, 18:43 hrs) quien, haciendo referencia a posibles reacciones dentro del clero conciliar acerca de un posible arreglo entre el Vaticano y la Fraternidad San Pio X dice (nº 1 párrafo 4): “Y de esta tarea de aguar el vino, se encargarán los capataces y administradores regionales de la bodega (monseñores y autoridades eclesiásticas), porque el gerente general, el Papa Benedicto, es evidente que quiere y necesita este vino de alta calidad para salvar la bodega. Ya se, no se apresuren, él también es uno de los responsables de haber bajado la calidad del vino, hasta casi agriarlo y hacerlo no apto para el consumo humano, pero rescatemos, aún dentro de la contradicción que es un buen hombre que siente el peso y la gravedad de la hora y asume el tremendo riesgo, incluso al punto que tal vez los capataces lo tiren dentro de la vasija y lo ahoguen”.
            Es la expresión acabada de un estado de espíritu que se llama Liberalismo y para el cual el malo siempre es bueno y bien intencionado, es como una debilidad psicológica en la cual el sentimiento gana sobre la inteligencia y la subordina.
            Benedicto XVI es un “buen hombre” que quiere el bien de la tradición. No es cuestión de bodegueros y de vinos más o menos aguados, la Doctrina y la Moral no son un artefacto de goma que puede estirarse y retorcerse hasta perder su entidad. Es juzgar algo sobrenatural y sagrado con medidas humanas y naturales.
            - Benedicto XVI ejerció en Asís el más profundo indiferentismo religioso.
            - Llama a la Gaudium et Spes de Vaticano II “una especie de anti-Syllabus” (Teoría de los ppios. Teológicos, wewel verlag, Munich 1982, Herder, Barcelona 1985, pág. 457.
            - Dice de Jesucristo: “Jesucristo pudo ser revelador precisamente porque Dios se le reveló” (Idem, ob. Cit., pág. 141). Si Dios se le reveló ¿Él era Dios?
            Otra vez, ¿Qué queremos decir? ¿Es realmente Benedicto XVI “un buen hombre que siente el peso de la hora”? ¿No es forzar las palabras y llamar oveja al lobo?
8. Afirmemos algunos principios.
            La inteligencia es como todas las cosas, tiene ella una naturaleza propia. No es un ser independiente de nosotros sinó una facultad nuestra que es lo que es y funciona en consecuencia. Todos tenemos inteligencia, en todos es igual y en todos funciona de la misma manera, con el mismo objeto y con los mismos medios. Ser más o menos inteligente es accidental, como dos autos que funcionan y que no les falta nada pero uno es más caro q            ue otro, más rápido o elegante; auto al fin.
            La inteligencia es la facultad de la verdad, con ella alcanzamos la verdad de las cosas, lo que ellas son. De alguna manera es la que nos permite vivir porque no nos bastan los sentidos. Está hecha para la verdad, porque por ella conocemos el ser de las cosas, lo que son y eso es la verdad.
            Entonces lo natural para la inteligencia es moverse en la verdad.
            Siendo así, es más fácil defender la verdad que el error ya que la verdad es connatural a mi inteligencia y a la ajena y el error es justamente antinatural. Dirá Usted que es natural “equivocarse”. Nó Señor, no es natural sinó frecuente, como el auto bueno que se rompe por el mal uso. Si nos equivocamos es o porque nos apresuramos, o porque los datos aportados  a la inteligencia no fueron correctos. Ella siempre funciona bien, depende del combustible que le dan o de la imprudencia en su uso. La imprudencia no es una falla estructural de la inteligencia sinó una virtud faltante y eso es del orden moral o el material suministrado para que ella pensara fue erróneo o falso
            Ahora bien, si yo percibo que no tengo razón pero quiero tenerla por un prejuicio o por el orgullo herido que no quiere sufrir la humillación de la derrota o del equívoco o simplemente porque soy malo y quiero llevar a los demás al error, entonces para conseguirlo debo forzar y torcer los argumentos.
            Si me equivoco es error. Nadie se equivoca a sabiendas. Si me equivoco a sabiendas entonces sé cuál es la verdad y sin embargo digo, escribo o enseño otra cosa y ya no estoy equivocado sinó mintiendo. Esto supone una perversión especial, una maldad singular, una efectiva perversión.
            No es la pasión que arrastra como el orgulloso a quien cuesta reconocer el error; es la conclusión forzada, forzosa, que contraría los términos, que no aguarda réplica ni la espera ni la quiere, que hace caso omiso de ella cuando se queda sin razones, que aprovecha que nadie le contraría.
            Apartarse de la verdad sabiendo que uno lo hace es además apartarse del Bien, y el error cuando se hace falso y engañoso escapa a la pura esfera de la inteligencia y trasciende a la voluntad de manera que la falsedad intelectual se hace mentira en la voluntad, en la lengua o en la letra.
            Volvamos al principio, al pan vino y al vino pan. No estamos en un ambiente cristiano, tratamos de no hundirnos en el pantano general, por la Gracia de Dios, pero estamos tan rodeados de pantano que nos acostumbramos a él. El ambiente inmoral o mentiroso acostumbra  a la mentira y al pecado, no hace necesariamente pecar, pero es tanto y tan repetido que ya no parece malo o tan malo.
            Es natural que esto cause, entonces, en los buenos o en los que quieren serlo, el error, o la confusión, o al menos el escepticismo y la inactividad. Me quedo encerrado, rezando, esperando al Apocalipsis y que nadie más se salve. ¿Quién salvará a los que no tienen ayuda de nadie? Eso no es ser cristiano sinó víctima de una personalidad pesimista, es lo más opuesto al querer de los Papas de siempre.
            En la Encíclica Sapientiae Christianae del 10 de enero de 1890 dice el Papa León XIII: “Cuando la necesidad apremia, no sólo deben guardar incólume la Fe los que mandan, sinó  que cada uno está obligado a propagar su Fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2, cuestión 3, art. 2, ad 2). Ceder el puesto al enemigo o callar cuando por todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombres cobardes, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Uno y otro es vergonzoso e injurioso a Dios; uno y otro contrario a la salvación del individuo y de la sociedad; provechoso únicamente para los enemigos del nombre cristiano porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos… Fuera de que el cristiano ha nacido para la lucha, y cuanto ésta es más encarnizada, tanto con el auxilio de Dios es más segura la victoria. Confiad Yo vencí al mundo (San Juan 16, 33). Y no oponga nadie que Jesucristo, conservador y defensor de la Iglesia, de ningún modo necesita el auxilio humano; porque, nó por falta de fuerza, sinó por la grandeza de su bondad, quiere que pongamos alguna cooperación para obtener y alcanzar los frutos de salvación que Él nos ha granjeado” (Enc. Pont. Ob. Cit., t. 1, pág. 400, num. 12y 13).
            El Ambiente general desdibuja al crimen y a los criminales, al error y a sus maestros, al engaño y a los mentirosos.
            Leamos al Padre Faber, aquél santo religioso del Oratorio  de San Felipe Neri: “El colmo de la deslealtad a Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, la cosa más abominable que haya a los ojos de Dios en este mundo maligno. ¡Pero qué poco comprendemos su odiosidad excesiva!... La miramos y estamos tranquilos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella, y no tenemos miedo. La vemos tocar las cosas sagradas, y no tenemos sentido de sacrilegio… Por no ser severa, nuestra caridad deja de ser veraz, y por no ser veraz deja de convencer… Donde no hay odio a la herejía no hay santidad”.
            Completemos la idea citando al gran teólogo dominico R.P. Fray Reginaldo Garrigou Lagrange: “El respeto de todas las religiones sean lo falsas o perversas que sean no es más que la orgullosa negación del respeto debido a la Verdad. Para amar sinceramente lo verdadero y el bien, es necesario no tener ninguna simpatía hacia el error y el mal. Para amar verdaderamente al pecador y contribuir a su salvación es preciso detestar al mal que está en él.” (Dios, su Ser, su Naturaleza, pág. 757).
            Finalmente aquél texto esclarecido de Menéndez y Pelayo en su Historia de los Heterodoxos: “La llamada tolerancia, es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas, de escepticismo o de Fe nula. El que nada cree ni espera en nada ni se afana y acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sinó de una debilidad o eunuquismo de entendimiento… No conozco en el mundo moderno papel más triste que el de esos teólogos conciliadores (mucho más triste cuando su persona queda autorizada y realzada por la mitra y el roquete), que cuando más empeñada arde la lucha entre Cristo y las potestades del infierno, en vez de ponerse resueltamente al lado de Cristo se colocan en medio, con la pretensión imposible de sosegar los dos bandos contrarios, de casar lo blanco con lo negro y de llegar a una avenencia imposible con la revolución, que, anticristiana por su índole, acaba por mofarse de tales auxiliares después de haber aprovechado y mal pagado sus servicios.”
           
            No creamos ni llamemos buenos a los que respetan a todas las religiones que no puede hacerse sin negar a Jesucristo.
            No creamos ni llamemos honrado al que nos dice que es bueno el que nos invita a un redil en donde todos han abdicado por tener que callar.
            No deja de ser mentiroso el que llama Cristo a Cristo y religión a la de todos los dioses. No deja de ser mentiroso el reza en latín pero llama bien intencionado al que excomulgó a los que defendían la Fe. San Pablo les decía: “Errantes y que llevan al error” (Segunda Carta a San Timoteo, 3, 13-14).

            Quiera Dios bendecirles y salvarles del veneno que se insinúa como elixir de bondades.
                                              Patagonia Argentina, 8 de mayo del 2012.
                                              Fiesta de Nuestra Señora de Luján.

                                                            + Mons. Andrés Morello.